El Diario de Gualeguay
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Sábado, 23 de septiembre de 2017
DEPORTES
domingo, 16 de julio de 2017
Riquelme, un lobo solitario
A dos años y medio de su retiro vistiendo la camiseta de Argentinos Juniors, Riquelme planteó sus críticas a la conversión del fútbol en una empresa y a todos los escenarios complementarios que giran alrededor de los jugadores. Los protagonistas como rehenes del negocio. El juego silvestre y de potrero que ya no podrá recuperarse colectivamente. Un lobo solitario en búsqueda de su propia satisfacción.
Cuando Juan Román Riquelme se decide a dar una entrevista, esa entrevista suele no pasar desapercibida. La razón es muy simple: el hombre que colgó la pilcha de jugador en diciembre de 2014, piensa, elabora y recién después dice. Algo no muy frecuente en las filas del fútbol argentino.

El sábado 8 de julio en el suplemento deportivo "Enganche" que edita Página/12, Riquelme, entre otras observaciones hizo foco en los factores no centrales pero hoy amplificados que rodean al fútbol. Y comentó: ”Al fútbol lo han convertido en una empresa. Se habla del nutricionista, del profe, de este, del otro, del representante, del dirigente. Antes no se hablaba de nada. O jugabas bien o jugabas mal. Y no hay otra. Entiendo que esto es un trabajo o que es un negocio, pero si jugas bien vas a ganar. No me van a vender otro cuento, porque el fútbol no es una empresa, es un juego hermoso en el que hay que jugar mejor que el contrario. Si lo entendemos así, vamos a andar bien”.

Riquelme, como cualquiera de nosotros, ve lo que puede ver y a veces lo que quiere ver. El fútbol, como él plantea en la entrevista, sigue siendo un juego, a pesar de todo. Un juego reconvertido en una empresa de voracidad y recursos económicos incalculables a escala planetaria. Por eso Lionel Messi, por ejemplo, renovó su vínculo con el Barcelona hasta junio de 2021 asegurándose una retribución anual de 40 millones de euros, mientras que la cláusula de rescisión es de 250 millones de euros (4900 millones de pesos). Y también encuadrado en esa lógica, Riquelme fue transferido por Boca en el 2002 al Barcelona en la suma de 22 millones de dólares.

Que el fútbol es una empresa ya forma parte de la naturaleza del fútbol. En esa naturaleza despojada de flores y primaveras y regida por los valores y los disvalores siempre maquillados y renovados del capitalismo, el jugador se transformó en un protagonista más. El central, el más valioso, pero de ninguna manera el único ni el mejor considerado.

El impresionante e invaluable negocio del fútbol lo fue rodeando y asfixiando con la prepotencia del hecho consumado. Y lo rodeó y asfixió de tal manera que hasta lo terminó constituyendo en un objeto de consumo de las sociedades modernas. Todo lo que diga y haga un jugador se consume en las vidrieras más luminosas o más oscuras. Y a mayor consumo, mayores posibilidades de reventa y capitalización. Como un objeto.

Bajo el imperio de estas coordenadas, el juego se manifestó como un rehén aplicado del negocio. Y por supuesto los jugadores y el ambiente del fútbol son también rehenes del negocio globalizado. Riquelme observa esta realidad imposible de reconfigurar. En esa realidad florecieron en las últimas décadas todos los escenarios, funciones y espacios complementarios del fútbol. Los que formaron parte de la cofradía que lo acompañó durante su brillante carrera profesional: los representantes, los intermediarios, los profe, los periodistas, los dirigentes, los fisioterapeutas, los entrenadores, los amigos, los enemigos y los que siempre se perfilan como personajes determinados e influyentes cuando se cocina algo importante.

A los jugadores, como piezas vitales, los convencieron que no son piezas vitales. Esa abstracción real que es el sistema (el establishment del fútbol), los convenció sin encontrar mayores resistencias. Allí aparece entonces el reclamo de Riquelme a sus 39 años diciendo que “el fútbol no es una empresa”. Y reivindicando el juego sin ataduras. El juego resignado o perdido por los rincones, en definitiva.

Ese juego casi silvestre y de potrero que revindica Riquelme no va a poder recuperarse colectivamente. Quedó por el camino, demolido por el tren de la historia. El pudo interpretar en su momento ese rol en la fase de un elegido que no pedía permisos. Como una individualidad autorizada. Como un outsider del fútbol. O como un lobo solitario en búsqueda de su propia satisfacción.

“O jugás bien o jugás mal, no hay otra, no me van a vender otro cuento”, sintetiza Riquelme intentando despejar las dudas ajenas. Es cierto. Los “cuentos” abundan. Y los que se confunden o viven confundidos, también.