El Diario de Gualeguay
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Domingo, 21 de enero de 2018
SEGUNDA SECCIÓN • PSICOLOGÍA
domingo, 24 de diciembre de 2017
La ansiedad y el pánico
La ansiedad es una respuesta emocional normal, similar al miedo, que se desencadena a partir de la percepción de una amenaza. La misma implica un estado de alarma que nos alerta sobre un posible peligro, teniendo como función proteger nuestra supervivencia al poner en marcha mecanismos para prevenir la amenaza o disminuir sus consecuencias.
Cuando se dispara la respuesta de ansiedad se desarrollan sensaciones corporales características como palpitaciones, molestias gástricas, sudoración, inquietud, etc. El hecho de que exista o no una amenaza real es indistinto para que la respuesta de ansiedad se desencadene, lo que es indispensable es que la persona crea que está frente a un peligro. Se habla de ansiedad patológica cuando resulta exagerada o inapropiada en relación con los estímulos que la desencadenan, deteriorando entonces la calidad de vida de quien la padece. No obstante, la ansiedad no resulta peligrosa en sí misma y, si bien los síntomas corporales pueden ser muy desagradables, son inofensivos: nadie ha muerto o se ha vuelto loco a causa de la ansiedad. El organismo está preparado biológicamente para responder con una serie de cambios frente a situaciones amenazantes, para así protegernos del peligro. Existen tres respuestas básicas: huir, luchar o paralizarse, siendo las más típicas las dos primeras. Para poder huir o luchar contra un peligro el cuerpo no debe estar en un estado de reposo, de modo que se produce una activación del sistema nervioso simpático que prepara al organismo para dar respuesta a la situación. En esos casos se necesita una redistribución de la sangre hacia los grandes músculos (ya que necesitan más energía), lo que da por resultado la sensación de hormigueo en los miembros superiores e inferiores. Asimismo, se necesita más oxígeno ya que este se utilizará durante el escape o la lucha, es por este motivo que se produce la sensación de falta de aire, de ahogo, aunque los pulmones están funcionando bien y de hecho tengan aire en abundancia. Este último estado se conoce como “hiperventilación”, la que muchas veces se acompaña con sensación de mareos y náuseas, y malestar torácico, por lo que los pacientes suelen interpretarlas como señal de un desmayo inminente o de un infarto. En íntima conexión con lo antedicho se encuentran las reacciones cardíacas, el corazón se acelera con la finalidad de conducir hacia los músculos las sustancias necesarias, produciéndose así sensaciones de palpitaciones y taquicardia. Por otro lado, el cuerpo se protege de la temperatura que subiría con la descarga física por medio de la sudoración que también tendría el objeto de tornar la piel más resbaladiza para facilitar la huida. Una vez pasado el peligro se activa el sistema nervioso parasimpático y el organismo pasa a un estado de reposo que suele sentirse como agotamiento.

Una crisis de pánico es la aparición repentina de miedo o malestar intenso, que se acompaña de por lo menos cuatro de los siguientes síntomas: 1. Palpitaciones o taquicardia 2. Sudoración 3. Temblores o sacudidas 4. Sensación de ahogo 5. Sensación de atragantarse 6. Opresión o malestar en el pecho 7. Náuseas o molestias abdominales 8. Inestabilidad, mareo o sensación de desmayo 9. Sensación de irrealidad o de estar separado del propio cuerpo 10.Miedo a perder el control o volverse loco 11.Miedo a morir 12.Hormigueos 13.Escalofríos o sofocaciones La máxima intensidad generalmente se manifiesta dentro de los primeros diez minutos, si bien el malestar puede continuar, en algunos casos, por horas. Las crisis de pánico se presentan en muchos trastornos psiquiátricos y clínicos, y su aparición es necesaria pero no suficiente para diagnosticar un Trastorno de Pánico.
Continuaremos.
Bibliografía Instituto de Terapias Cognitivas.