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Miércoles, 17 de octubre de 2018
COLUMNAS • MÑOR. J. LOZANO
domingo, 05 de agosto de 2018
Una decisión crucial
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
El miércoles que viene será la votación en la Cámara de Senadores del Proyecto de Ley que tiene media sanción de Diputados, acerca del aborto. Aún así no faltan en estos días quienes plantean cuestiones de reglamentación respecto de las modificaciones no consensuadas.

Es importante estar atentos a lo que pueda resolverse. Pero esto no implica una espera pasiva mientras “otros” deciden. Es importante participar de todas las convocatorias a las diversas manifestaciones que ayuden a expresar el rechazo al aborto sostenido por algunos. Todavía después de las exposiciones de médicos, abogados, docentes… hay quienes ven el aborto con las mismas consecuencias que cortarse las uñas, operarse de apendicitis o quitarse una muela. Lo que existe en el vientre materno no es un algo o cúmulo amorfo de células. Tiene su propio ADN, su propio corazón.

Me han dolido mucho las mentiras acerca de las estadísticas y la manipulación que han hecho de los pobres.
Hay que llamar a las cosas por lo que son y no por lo que me gustaría que sean. Como si la fiebre de una persona pudiera ser distinta si dibujo el termómetro con la temperatura ideal. La salud pública tiene serios déficits para la población en general y las mujeres embarazadas en particular. Hay muchas más mujeres que por año mueren a causa de no ser atendidas adecuadamente, que por abortos clandestinos.

La encuesta dada conocer en estos días realizada en la Villa 31 de Buenos Aires, da por tierra con el invento de que los pobres están a favor del aborto. Lo que quieren es educar y alimentar dignamente a sus hijos, no borrarlos del mapa.

A veces me pregunto si nos están tomando el pelo. No dudo que hay gente convencida de este camino. Pero unos cuantos falsifican datos y presentan una realidad inexistente. Incluso funcionarios nacionales han presentado cifras diversas a las informaciones oficiales que las producidas en sus mismos organismos.
A las mentiras ya nos habituamos hace tiempo. Desde que tenemos menos pobres que Alemania a que un porro no hace nada. Cuando se instala la mentira se expande la sospecha.

¿Nos habrán mentido también con las cifras del narcotráfico? ¿Será cierto el cuidado del acuífero Guaraní? ¿Los que están a favor o en contra de la ley de Glaciares dirán la verdad? ¿Hasta dónde puede llegar la sospecha?

La Real Academia dice que sospechar implica conjeturar sobre apariencias y de aquí se desprenden la poca seguridad y la desconfianza. Una sociedad que instala la sospecha como lente a través del cual interpretar la realidad se debilita en construcción y proyecciones.

Monseñor Enrique Ángel Angelelli –quien ejerciera su ministerio episcopal en La Rioja del 68 al 76-- murió un 4 de agosto de 1976 en un accidente vial que, al ser investigado por la Justicia, determinó su carácter de accidente provocado. En los primeros días de junio de este año se conoció la autorización del papa Francisco del decreto que reconoce el martirio ocurrido en La Rioja y padecido por monseñor Enrique Angelelli, los sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longueville, y el laico Wenceslao Pedernera. “Un hombre de Dios que entregó todo su amor a su pueblo", dijo sobre el obispo Enrique en esa ocasión el saliente obispo de La Rioja y designado arzobispo de Mendoza, mi hermano Marcelo Colombo. Casi por sorpresa nos tomó el 30 de julio la publicación de un editorial en el diario La Nación que manifestaba su objeción a la beatificación de Angelelli. Tomo como propias las palabras de la carta-respuesta de Colombo: “Enrique Angelelli, pastor de tierra adentro, molestó y molesta a los poderosos. Su palabra sencilla y sincera, nacida del Evangelio, preocupaba y preocupa a quienes quieren disciplinar a la Iglesia de Jesucristo para que responda a sus intereses y tranquilice sus conciencias, de quienes entonces pretendieron acallar la voz del pastor y ahora ensucian su memoria y buscan paralizar las energías de una Iglesia en salida, dispuesta a caminar con paso firme, sin negar sus errores y fragilidades, para llegar a todos los hombres y mujeres, especialmente los más pobres y excluidos”.

El 7 de agosto celebramos a San Cayetano, el santo del pan y del trabajo. En el Santuario de Liniers en Buenos Aires y en tantas Capillas del País, hermanos nuestros peregrinan para que sus manos no estén ociosas o abiertas para recibir dádivas, sino ocupadas en el trabajo. Recemos por ellos.