El Diario de Gualeguay
Desde 1901 al servicio de la región
54 3444 412846
Lunes, 17 de junio de 2019
SUPLEMENTOS • GUALEYOS
“Quien vive, ve mucho..., quien viaja, ve más...”
sábado, 13 de abril de 2019
Cristina Arias y sus hijos: Colombia, tierra de la sabrosura 1ª parte
“Colombia era un destino anhelado... Inicialmente, nos sentíamos atraídos por conocer sus playas, mar de aguas turquesas y poder pasear por la ciudad de Cartagena de Indias, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Esa idea inicial fue cambiando a medida que leíamos y mirábamos videos, y fuimos conociendo que antes de viajar, teníamos mucho para preseleccionar y definir finalmente el recorrido que haríamos en 14 días
Así, los tres, Yami, Agus (mis hijos) y yo este año pudimos hacer realidad este anhelo, y trataré de compartir ahora algunas vivencias, con el deseo que les sea útil a quienes, como nosotros, disfrutan viajando y conociendo al menos un poco otras culturas, sus protagonistas, sus comidas, lugares, y, también, leyendo o mirando fotos de quienes lo hacen, porque es una forma de ampliar los horizontes (yo soy de esas, jaja).

Dividimos el tiempo de que disponíamos en dos partes: la primera para el interior del país, y los últimos días para “descansar” (ya verán por qué las comillas) en playas.
Así, el día 4/3 volamos con destino Medellín “la ciudad de la eterna primavera”, capital del departamento de Antioquía; primer punto de contacto con tierra colombina. Nos alojamos en la comuna llamada El Poblado, que si bien se le dicen barrio, en realidad es la comuna más grande en la que está dividido Medellín. Se lo recomienda por su bohemia, oferta gastronómica, zonas para pasear seguros de noche, siendo el Parque Lleras, epicentro de la movida nocturna. Todos estos motivos son por los cuales volveríamos a elegir hospedarnos en esa zona.

La primera noche la disfrutamos degustando un ceviche increíble con unas cervezas locales, mientras escuchábamos cantar en vivo... Eso sí, hay que tener un poco de cuidado con los precios para evitar sorpresas indeseadas. Elegimos un hostel, bien ubicado que nos permitió movernos a pié por la zona.

Al día siguiente, el tiempo amenazaba lluvia, pero teníamos previsto nuestro primer desafío (al menos para mí): Subir los más de 700 escalones de el Peñol de Guatapé, o La Piedra del Peñol, una formación gigante rocosa de granito de 200 metros, ubicada a 2.130 mts. sobre el nivel del mar. Decidimos correr el riesgo, y partimos los tres en una Duster con Carolina, nuestra guía. A Caro le contamos lo que significa para nosotros, los entrerrianos TOMAR MATE, las diferencias entre distintas provincias, pero no logramos que le gustara... ¡Pobre, se bancó dos!, pero con un poco más de confianza, no quiso saber más nada.

La zona hasta llegar a nuestro primer destino es hermosa..., verde..., muchas quintas de floricultores. Se hace por allí una vez al año la Feria de las Flores, un evento tradicional y masivo que se celebra una vez al año; en agosto. En el camino, paramos para sacarnos fotos con una “Chiva”, especie de colectivo multicolor adornado como los viejos colectivos porteños. Lo usan justamente por los agricultores para moverse con sus productos de pueblo en pueblo. Ese día no sólo íbamos a subir el peñol. Hay una réplica del pueblo viejo llamado también El Peñol, municipio de Antioquía que debió ser inundado en 1978 con motivo de la construcción de una represa. Así, mas de 6000 ha de tierra cultivable se transformaron en un lago; el pueblo fue absolutamente derrumbado y mudado a pocos km. Este es un sitio muy pintoresco, y allí estuvimos un rato mirando artesanías. Se destacan los bolsos de fibra de palma y sombreros. Bueno, algo de compras también hicimos; son muy originales y de muy buena calidad.

Finalmente, llegamos al pié de la piedra. ¡Impresionante! Nuestra guía nos contó que esos campos pertenecieron a una familia, al morir el dueño, ninguno de los hijos la quería. Hasta que uno de los herederos dijo: “Bueno, si nadie la quiere..., ¡me quedo yo con esa tierra y esa piedra! Tardó una semana en llegar a la cima. Hoy, se cobra entrada, siendo una de las atracciones del país. Nuestro ascenso no fue fácil pero sí divertido; yo paraba y me preguntaba “¿quién me mandó venir acá?”, hasta que finalmente llegamos. La vista desde la cima es fantástica, y no estuvo exenta de extras, como la situación que tuvimos con dos francesas que se habían quedado eternizadas en el rincón que queríamos para “¡la foto!” Acá Yami apeló a su inglés y algo les dijo; otros la aplaudieron. Después de casi 15 minutos de espera, pudimos hacernos de ese rinconcito y sacarnos la elegida de entre cien mil fotos allá arriba.”
(continuará)