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Jueves, 20 de junio de 2019
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viernes, 10 de mayo de 2019
La felicidad, al banquillo: un libro, un test y algunas reflexiones buscan descubrirla
El doctor en psiquiatría y sexología Enrique De Rosa Alabaster se adentra en las profundidades de este ideal a alcanzar.
La idea del bienestar, de la felicidad, ha estado presente desde la Grecia clásica en Atenas hasta la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica de la Corona Británica, el 4 de julio de 1776. La Constitución de Japón lleva la misma tríada: derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Igual el Vietnam de Ho Chi Minh en su declaración de independencia. Existen antecedentes en el Reino Unido y en Francia, pero no a tan alto nivel como una declaración de independencia. La idea del derecho a la búsqueda de la felicidad aparece también en tratados y propuestas. Pero este concepto que aparece como lejano, casi naif y teórico, era considerado un derecho inalienable de los seres humanos ya en el siglo XVIII. ¿Tenemos hoy en nuestro medio ese derecho inalienable?

Esto se pregunta el doctor en psiquiatría y sexología Enrique De Rosa Alabaster en su último libro, Derecho a la felicidad. Un camino directo hacia el bienestar (Aguilar), mientras también aborda la enorme cuestión de si la felicidad es una posibilidad o es un ideal a no alcanzar. Compartimos aquí algunos fragmentos de sus reflexiones.

De qué hablamos cuando hablamos de felicidad
Varios escritores, filósofos y místicos han dado su definición de felicidad, pero vamos a encontrar aspectos comunes que variarán, como el cuento del elefante y el rey y los sabios ciegos, en el que cada uno describe una parcialidad y a partir de eso saca sus propias conclusiones. Sería contrario a la idea del libro abordar teorías porque, si hay un consenso, es que la felicidad no se trata de un proceso que puede ser elaborado intelectualmente sino vivenciado y, como tal, inevitablemente ir en forma directa y sin intermediarios por ese camino. Lo interesante es que en la medida en que nuestra concepción de la vida va evolucionando, el concepto de felicidad va mutando como un paralelo a la definición de salud, cuya primera definición era poco más que la ausencia de enfermedad.

En 1946 la OMS estableció en el preámbulo de su constitución, sancionada en la ciudad de Nueva York entre el 19 de junio y el 22 de julio de ese año, que “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Si bien ha habido otras extensiones del concepto (como la salud laboral, por ejemplo, o la idea de completo bienestar, con lo que queda abierto que “estar sano” va abarcando más áreas), quizá el aspecto más interesante sea que, por la perspectiva que adquirió el concepto de salud, bien podría ser sinónimo de felicidad, si lo pensamos sobre la base de lo positivo, de lo que hay y todo lo que se puede construir a partir de esto. No es solo por la ausencia de malestar. La felicidad, al igual que la salud, debe ser un concepto que se debe buscar sostener desde aquello que podemos hacer para incrementar un estado de bienestar y no evitar caer. Ese es el cambio de paradigma.

¿Ser o estar?
¿La felicidad está ligada al verbo ser o al verbo estar? Estar contento o feliz remitiría a una respuesta más ligada a lo inmediato y relativa al placer provocado por algo presente, casi por una respuesta condicionada. El estar sería por definición un estado pasajero, lo cual en sí mismo no sería un inconveniente: uno de los muchos intentos por definir a la felicidad como la acumulación y el eventual recuerdo de esos momentos. Pero si la felicidad es asumida como su exteriorización, ¿puede estar en ese estado al ser de manera sostenida?

Por el contrario, ser feliz puede tratarse de una disposición consciente en la cual uno adopte una convicción clara respecto a la vida y a lo que esta es. Y situados en ese lugar, se puede evaluar la vida desde otro lado. En ese sentido van desde la psicología del optimismo, y todas las propuestas de usar la filosofía, y la psicología de manera práctica.

Al decir del psicólogo Martin Seligman, la felicidad es una disposición de ánimo que se puede aprender. Pero podríamos agregar entrenar, alcanzar como estado del ser y en el que el primer concepto sea abandonar las expectativas de ser validado externamente. Quizás la felicidad sea una adaptación. Casi como si se tratara de una adaptación postural frente a la vida, que uno sigue entrenando a pesar de todo, y en la cual la verificación pase más por las sensaciones que por las comprobaciones mentales.

En esa instancia todo puede entrar en el estado de flujo, de armonía sin necesidad de definiciones, que se verifican cuando toda decisión es la correcta ya que ha estado en consonancia con la realidad. Pero al mismo tiempo no hay que verificarla con nadie sino con uno mismo. Cuando desaparecen los “está bien” y los “está mal”, la búsqueda de aprobación (de pasar la prueba), la necesidad de explicar o someterse a ella no entra en colisión con el mundo sino que está en armonía con todo el medio, apartando lo que debe ser apartado, quedándose con las pocas cosas prioritarias que permiten que esa energía fluya.

De allí surge la posible respuesta de que la felicidad es una energía que verificamos de manera física, libidinal, mental. Una energía con la que todo parece estar en paz y armonía. Esa tal vez sea la definición de felicidad: una energía que nos permite existir, vivir y no sobrevivir.