El Diario de Gualeguay
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Lunes, 10 de diciembre de 2018
COLUMNAS • OTROS
Parte 1
domingo, 24 de noviembre de 2013
Deolindo Romero le saca lustre a su historia
No hay un relato único de los lugares, los barrios, las ciudades. Existe el puramente geográfico, la senda de los bustos y los bronces que registra la historia grande, y existe la escritura de la novela en la que los habitantes de cada tierra y momento se erigen en personajes de la vida cotidiana. Haciendo sus vidas construyen la historia de las calles, la historia íntima, pequeña, que a veces se instala en el relato popular, esos relatos y retratos, verdad y ficción que van de la mano, en que muchos hombres y mujeres que ya no están, vuelven cada vez a la vida, por ejemplo, en los alrededores de un churrasquero. Todas las ciudades tienen su “gente”: personas señaladas por el trajinar de los días, que hicieron historia simplemente viviendo y contando los detalles de su pasado. Esos sucedidos son los que van formando una segunda línea del relato histórico, como una línea de sombra de la historia mayor, donde es posible encontrar la sustancia de basamento del quehacer emocional de la “ge
A poco de llegar a Gualeguay tuve la suerte de conocer a Deolindo Romero, mi vecino. Intercambiamos nuestros papeles escritos, y básicamente hablamos. En la charla dejaba entrever relatos de personas y anécdotas muchas veces relacionadas con su vida. Aparentaba tener memoria viva, y no me equivoqué. Estuve varios meses diciéndome: tenés que hablar con Deolindo. Al fin llegó el momento, el relator bajó de su bicicleta y tomó la palabra: “Gualeguay fue fundada en 1783 por Tomás Rocamora.

También fundó Concepción del Uruguay y Gualeguaychú. Este hombre trajo indios del norte cuando se disolvieron las misiones. Eran de dieciséis tribus pequeñas de artesanos, principalmente para trabajar en la construcción de la iglesia rancho que estuvo en el centro de la plaza Constitución. Yo nací en lo que inicialmente fue un asentamiento indígena a orillas del Gualeguay. Los Romero vivíamos al lado del río. El asentamiento estaba al fondo, al sur del Hipódromo actual, una zona de arroyos y lagunas. Mi padre nació en 1920, él era tercera generación de esos pobladores originarios. Me acuerdo que no entendía qué hablaban los hermanos de mi abuela, Martín y Eufemio, una mezcla de lenguas: quichua, guaraní y no sé qué más. En 1867 debido a la peste, se hizo un cementerio para el lugar. Yo conocí las cruces, jugaba en el cementerio viejo. Soy nacido en 1942. El asentamiento existió hasta el 52. Estábamos en el centro de las tierras blancas, de las que contó el Chacho Manauta”.

Le pido a Deolindo que cuente sobre el asentamiento: “Se vivía de manera primitiva, cada cual hacía su rancho en cualquier lugar, ahí no había alambrados. Los Romero eran unas diez familias, más o menos. Había otras familias: Torres, Peña, Miño, González, había morochos y gringos: Patterson. Era como un barrio. Cerca había un paso por donde se llevaba la hacienda, y a veces pasaba que se soltaba algún animal bravo entre el rancherío y había que cuidar a los gurises. Después empezó la dispersión, muchos se fueron cansados de las crecientes”.

¿Cómo se ganaban el pan sus habitantes?: “Eran hacheros, poceros, pescadores, cuidadores de caballos. Mi papá fue lechero, después hachero junto a sus hermanos, y terminó de carrero. Las circunstancias lo llevaron al carro, era analfabeto y radical, no era peronista, y como no tenía el carnet, eso era el año 50, se tuvo que comprar un carrito para poder trabajar. Mi mamá era Emiliana Arellano (1913-2003), ella era de una familia acomodada en decadencia, sus padres habían perdido todo en el juego, y esa gente que no tenía nada se iba a vivir a las tierras blancas. Así se encontró con mi papá: Ignacio Romero (1920-2005)”.

En el relato aparece su primera pista para la memoria: “El primer recuerdo que tengo es de cuando tenía dos años. En 1944 vino una creciente. Los soldados nos llevaron a una cancha de fútbol, donde ahora es el barrio 25 de Mayo, y nos dieron comida. El regimiento 3 de Caballería se fue en el 45”.
Pregunto por la escuela: “Empecé la escuela en el 50, me venía de allá todos los días a la segunda escuela Marcos Sastre, cuando estaba en la calle Carmen Gadea. La primera estuvo en Correa y Quintana. Tuve la suerte de hacer la primaria ahí, a medida que pasaba los grados se agregaban grados, cuando entré había hasta tercero. Mi papá intentó aprender a leer y escribir en la primera Marcos Sastre, apenas si lo logró. A la clase entraba todo el que quería aprender, mayores y chicos. Mi papá y yo tuvimos una misma maestra: Luisa Garagarza, que vivió más de cien años.

Desde cuarto grado tuve que ir a trabajar, era costumbre, pero igual la terminé. A los talleres se entraba a los doce años. Cuando fui a la escuela conocí la luz eléctrica, quedé asombrado, y donde me llevé un susto fue en el baño, yo no conocía, allá eran chozitas, la primera vez que entré justo uno tiró la cadena, del susto llegué hasta el patio. Yo tuve que aprender todo desde abajo, para mí pasar la calle ancha era ir alto, si yo venía del monte, igual con las primeras veces que vi autos. Empecé a conocer el centro en el carro de mi papá”.

La escuela abrió a Deolindo un mundo nuevo, y también lo llevó a la asistencia pública: “La primera vez que me fueron a dar una vacuna, yo me escapé con la aguja prendida del pecho, yo no conocía nada, estaba nervioso, primero en un brazo, en otro, y cuando tocó el pecho, me escapé. Cerraron la puerta, me agarraron, yo estaba loco. Al segundo año superé eso yo solo. En casa pedí ir a darme la vacuna: yo voy a ir, y cuando llegó el momento tenía todos los nervios, pero en la cabeza sabía que me tenía que controlar. Y lo hice”.

Continúa en parte 2