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Lunes, 10 de diciembre de 2018
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domingo, 01 de diciembre de 2013
Un collage de Carlos José (Pepe) Quintana
No conocía su obra. Cuando entrevisté al plástico Lisandro Ziperovich apareció su pista: “Y está Pepe Quintana, quien tiene una sensibilidad bien tripera, de las que a mí me gustan”. Volví a consultarlo: “Hay miles de hermosos mundos sucediendo entre las tijeras de Pepe y lo que vio. Atesoro las pocas, pero enormes charlas de arte con él. Mi respeto y admiración”.
Mi entrada al universo Quintana fue de la mano de su hija mayor: Eugenia. Llegó a casa con el recuerdo de su padre, sabiendo de sus ideas, traía una carpeta con originales. Pepe hacía collage, técnicas mixtas: en sus obras es posible encontrar figuras recortadas y fondos pintados con tintas de distintos colores, es posible ver que algunas de ellas están concebidas interviniendo una fotografía, macerada para que sea y no sea aquello que fue. Sus trabajos van desde composiciones muy oscuras, propias de una paleta de gamas bajas, hasta otras de gran luz y colores en llamas. Salvo algunos cuadros en que la idea central es explícita, se puede, a partir de las obras, componer infinidad de historias, de ideas: hay presencias claras, es figurativo, y trazos fantásticos, es surrealista, a veces el aire de su quehacer es explícitamente barroco. Se puede escribir una novela después de mirar cada cuadro.

Señales básicas del artista: nació en Gualeguay el 23 de noviembre de 1959. Falleció el 31 de agosto de 2011. En 1977 entró a la Escuela Provincial de Artes Plásticas de Gualeguay. En 1982 asistió al taller de dibujo de la Escuela de Artes Carlos Castagnino de Mar del Plata. Su formación y técnica de collage es autodidacta. Artistas admirados: Picasso y Modigliani. Leyó mucho, estudió, “era una de esas personas que se nutren todo el tiempo”, recordó Eugenia.

En el principio del relato aparece otro pintor de Gualeguay: “Raúl Gastaldi era su amigo. Recuerdo que él había vendido algunos de sus cuadros y nos quería dar la plata para que nosotros enmarcáramos los cuadros de papá. Queríamos hacer una exposición grande”.

Quintana defendió su postura frente al arte con férrea decisión, una parada ética, ideológica, Eugenia dice: “Él no concebía que no se pudiera vivir del arte, que las personas no pudieran entender que el arte no sólo es un trabajo, sino que es una forma de vida que se debe respetar. Mi papá para hacer una obra podía estar una semana sin dormir, trabajaba de noche. Podía trabajar durante el día, y lo hacía, pero prefería la tranquilidad de la noche”. ¿Respetar a fondo el mandato de la sangre o trabajar, como tantos (me incluyo), disfrazados en otros oficios, viviendo dentro del simulacro?, Quintana eligió su historia, es bueno que el hombre elija: “La idea establecida es que ser artista es un trabajo para alguien que tiene plata, que no tiene que trabajar para vivir. Él vivió como pudo del arte, y vivió exclusivamente para el arte. Cuando recién se casó con mi vieja, sí, trabajó en un frigorífico de pescado en Mar del Plata, o esporádicamente, cuando ya no tenía un mango, pintaba alguna casa. Pero tenía claro que su laburo era este, su pintura”. Escuchando a Eugenia recordé a Marisa, la hija de Cachete González cuando me contó que su papá pagó con obra la leche para sus hijos: “Para un artista el valor de una obra no tiene que ver con lo económico, lo ves en Raúl y en papi, si no tenía para comer y vos tenías un almacén, él te daba un cuadro, te pagaba con el cuadro, y había gente que lo recibía”. Así como Pepe defendió su parada en la esquina de sus convicciones, la familia tiene muy claro el valor de los trabajos que dejó el artista: “Mi papá siempre quiso vivir del arte y no pudo, y si él no pudo, nosotros no vamos a mal regalarlo o a pretender hacernos ricos. Nos dejó algo para mostrar, porque para eso se hace el arte, para mostrarlo, para compartirlo, no para tirarlo”.

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