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Lunes, 06 de julio de 2020
COLUMNAS • MÑOR. J. LOZANO
domingo, 26 de enero de 2020
Un domingo para todos los días
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
Solemos decir, y con verdad, que cada día es el día de la madre o del padre, aunque los conmemoremos de manera especial un domingo al año. De ese modo reconocemos su importancia permanente en nuestra vida, la familia, la sociedad. Mediante canciones, poemas, saludos, expresamos la gratitud ante la maravilla del amor que nos brindan en el origen de la vida y en el cuidado que reparten durante toda la existencia.

Hoy en el mundo se celebra “el Domingo de la Palabra de Dios”, una iniciativa que el papa Francisco nos encomienda a todos para centrar nuestra atención en el gran valor que la Palabra de Dios ocupa en la vida cotidiana. La celebración fue instituida y comunicada el 30 de septiembre del 2019, fecha en la cual se cumplieron 1600 años de la muerte de San Jerónimo, un gran estudioso de la Sagrada Escritura y el primer traductor de los textos originales al latín, haciéndolos de este modo accesibles y comprensibles por el pueblo común.
Nuestra fe se ilumina en el diálogo con Dios. No seguimos una corriente filosófica (antigua o nueva) o una revelación privada. Dios habla en la Historia. Así como le habló al pueblo de Israel en su acontecer histórico, Dios es Palabra que se comunica, que entra en comunión con nosotros, también en nuestro camino personal, familiar, social.

Es fascinante reconocer que la Biblia contiene la revelación de Dios a su pueblo. ¡Son textos inspirados por el Espíritu Santo!

El Papa Francisco instituyó este día para que el pueblo crezca en cercanía con la Palabra de Dios, tanto en la oración personal como comunitaria. La Biblia no es un libro más entre otros para quedar guardado en algún lugar de la casa, o que se archiva después de la catequesis de iniciación. Como enseña la Carta a los Hebreos, “la Palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que espada de doble filo; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hb 4, 12-13). Cuando vivo la fe de manera cómoda, sin cuestionarme nada, “sintiéndome bien”, estoy ante un síntoma de que me está faltando apertura del corazón a la Palabra de Dios, un signo negativo que muestra falta de conversión. Los Evangelios nos desinstalan, nos movilizan para dar respuestas audaces a los planteos cuestionadores del mundo.

En cada comunidad debemos aprovechar para profundizar en el conocimiento y divulgación de las Sagradas Escrituras, pues en ellas encontramos a Cristo verdaderamente. Su presencia salvífica, fuente de gracia, no queda únicamente en el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

La misa tiene dos momentos: la celebración de la Palabra y la Eucaristía, íntimamente unidas entre sí. Ambas se desarrollan en dos mesas ubicadas de modo cercano: el ambón y el altar para tomar el alimento que nos prepara el Señor.

Hay comunidades en distintos lugares del mundo, y también en nuestro país, en las cuales el sacerdote puede llegar de manera esporádica para celebrar la misa. Los demás domingos que no hay misa, la comunidad no se reúne a rezar. El pueblo podría ser alimentado en la mesa de la Palabra, que tiene fuerza propia. Sin embargo, un esquema de atención pastoral centrado en el sacerdote que reza la misa ante la mirada pasiva de los fieles nos ha llevado a depender de los ministros consagrados para alimentar la fe.

En las comunidades que visito como obispo estoy pidiendo a los fieles que se reúnan a rezar en torno a la Palabra de Dios, pudiendo alguno de los ministros extraordinarios designados a tal fin alentar a un momento de oración comunitaria, alabar y bendecir a Dios, y recibir el Cuerpo de Cristo en la Sagrada Comunión.

La Palabra de Dios no es alimento de segunda. No acudir a Ella es promover comunidades famélicas al borde de la desnutrición espiritual.

En el evangelio de San Mateo que leemos este domingo se nos muestra a Jesús que comienza su ministerio en la región de Galilea, lejos del centro religioso que era Jerusalén. Incluso esa zona era considerada tierra de paganos e impuros. Esta actitud del Señor de comenzar en las periferias de aquel tiempo nos enseña a saber descubrir su presencia donde muchos miran perdición.

Jesús está llamando a los primeros apóstoles, que estaban limpiando las redes: “Yo los haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejándolo todo, lo siguieron”. Hoy Jesús vuelve a pasar por tu vida. ¿Cuál es tu respuesta?


Esta semana nos vimos movilizados por las noticias que se fueron sucediendo acerca de los hechos de violencia que llevaron a la muerte joven en Villa Gesell. Notas cuestionadoras de conductas sociales y otras que daban vergüenza por la superficialidad e impertinencia de algunas preguntas. Conocimos historias semejantes acontecidas con otros jóvenes en situaciones parecidas. Vivimos en una sociedad enferma de violencia, aunque nos cueste reconocerlo. Las reacciones espasmódicas de las diversas autoridades que adoptan medidas transitorias pueden ayudar temporariamente. Pero nos debemos un debate serio respecto de la nocturnidad, el consumo de alcohol y drogas, los derechos de los jóvenes y los negocios montados en torno a la "diversión", sin dejar de lado la corrupción que sumerge en el desamparo. Como expresa la letra de una canción: “yo sé que hay caballos que se mueren potros sin galopar”. Nuestra oración por Fernando, su familia, sus amigos y los jóvenes.