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LA AVARICIA- Por Ana María Zanini

"La bebida apaga la sed, la comida satisface el hambre, Pero el dinero no apaga jamás la avaricia"

"Madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado, pues de puro enamorado, de continuo anda amarillo; que pues, doblón o sencillo, hace todo cuanto quiero, poderoso caballero es don Dinero”. (Quevedo)

El Pecado al que aludiré hoy es la Avaricia. Actitud humana exacerbada a través de los tiempos y casi tomada como virtud en nuestro mundo civilizado, donde el SER es suplantado por el TENER, me pregunto: ¿para qué sirve acumular bienes y no utilizarlos cuando la gran mayoría de las personas necesita esos bienes y se encuentra abandonada a la buena de Dios? La cuestión parece ser vivir sin sensaciones de carencia, sin sentir ese horror al vacío que se produce estando colmados de bienes, pero aburridos. Las sociedades capitalistas desarrolladas necesitamos, como nunca antes, entretenimiento (anestesia del tiempo) y bienes de consumo que, ante el vacío sentido, pero no asumido y la angustia por ello. nos den la ilusión de satisfacción inmediata de felicidad, libertad, independencia y seguridad que creemos haber perdido, y la ilusión de poder saciar esos impulsos con solo comprarlos.

La avaricia, del verbo latino avere, que significa “desear algo con ansia”, implica padecer un afán desordenado de poseer y adquirir riquezas y/o bienes para atesorarlos.

La avaricia, en la antigüedad, era vista como un vicio en sociedades en las que el ahorro era una virtud. Lo característico del avaro es que esteriliza el dinero, que en lugar de estar en movimiento queda paralizado. Así convierte un elemento fluido y útil en algo totalmente inservible.

Hay una pieza teatral china titulada "Esclavo de las riquezas que atesora", en la cual se caricaturiza a un viejo que, en el trance de morir, aconseja a su hijo que no gaste en el ataúd: -"Hijo mío: conozco que se acerca mi última hora. Dime: ¿qué especie de ataúd me vas a poner?"

El hijo: -"Si tengo la desgracia de perder a mi padre lo compraré el mejor ataúd de abeto que encuentre".

El avaro: -"No hagas tal locura, la madera de abeto es demasiado cara. El que está muerto no distingue si la madera del ataúd es de abeto o es sauce. Detrás de la casa hay un dornajo (artesa que sirve para dar de comer a los cerdos o lavar cosas) es viejo y no puede ser más a propósito para el objeto".

El hijo: -"¿Qué decís? Ese cajón tiene más ancho que largo y no vais a caber en él, siendo, como sois, demasiado alto de estatura".

El avaro: -"Pues bien, si el cajón es demasiado corto, ningún trabajo cuesta acortar también el cuerpo. Toma un hacha y divídeme en dos. Colocarás las dos mitades una sobre la otra y estaré allí divinamente. Quiero recomendarte otra cosa importantísima: no emplees aquella excelente hacha para ejecutar esa operación, sino ve y pide prestada la del vecino".

Una obra alusiva al tema es “El Avaro” del escritor Moliere, es una comedia en prosa en 5 actos, en los cuales el personaje de Harpagón encarna este pecado. La historia se sitúa en París en el siglo XVII, en el hogar de una familia acomodada, donde, sin embargo, los hijos sufren privaciones económicas y afectivas, a causa de la mezquindad de su padre. Harpagón está enamorado de Mariana y pretende casarse con ella a pesar de que su propio hijo se constituye en su rival, ya que también está enamorado de la joven. Harpagón ama el dinero por sí mismo, lo ama por encima de sus propios hijos, por él confunde los valores amorosos con los económicos .Cuando se enamora, pretende comprar el afecto de su amada, lo cual lo llevará a la encrucijada de tener que elegir entre el amor y el dinero, y de alguna manera Moliere asocia avaricia a locura en el personaje que elige quedarse con su dinero suponiendo que, de una vez y para siempre, evitará toda angustia y toda carencia.

La historia del rey Midas es un mito sobre la avaricia: cuando aún era un niño, una adivina le había predicho que conseguiría poseer una gran riqueza. En su madurez consiguió convertirse en un rico y poderoso rey, pero nunca se conformaba, y siempre deseaba más.

Un día Sileno, un amigo del dios Dionisio, fuertemente afectado por los efectos del vino, terminó quedándose dormido en el impresionante jardín de rosas propiedad del rey Midas. Dionisio, muy agradecido por cuidar a Sileno le ofreció concederle un deseo. La codicia de Midas le poseyó entonces por completo, confesando a Dionisio su deseo: “Que todo lo que toque se convierta en oro”. Simplemente con esa petición, el deseo se convirtió instantáneamente en realidad. Tocó una rama partida en el suelo, y esta se convirtió en oro; cogió una piedra con su mano y esta se convirtió en oro, tomó una manzana del árbol, y esta se convirtió en oro.

Pero la felicidad del rey no duró mucho tiempo. En cuanto llegó el momento de celebrar con un manjar el deseo concedido por Dionisio, tomó pan, y este se transformó en forma de oro en su boca, intentó entonces beber un poco de agua, pero esta se solidificó con el brillante color del oro. Buscó consuelo en su jardín,

pero cuando tomó una de las rosas, comprobó que perdía el aroma y la tersura para volverse también de oro. Al verlo llorar, su pequeña hija Zoe –cuyo nombre significa “vida”– corrió hacia él y lo abrazó. Midas contempló con horror cómo la niña se convertía en estatua de oro.

Desesperado, partió en busca de Dionisio y le rogó que revirtiese el deseo que le había concedido. Le relató cómo, en principio, había disfrutado de su don, pero pronto había descubierto que le quitaba la posibilidad de gozar de los placeres simples, como comer y beber; después, lo había imposibilitado de disfrutar de la naturaleza y, finalmente, lo había privado del principal sujeto de su afecto, su hija Zoé. La avaricia le había quitado la vida.

El dios le indicó que debía bañarse en una fuente mágica, Midas recorrió el largo y difícil camino hacia allí y se precipitó a las heladas aguas. Mientras nadaba hacia la otra orilla, la corriente se teñía con el polvo áureo que aún la caracteriza. El rey regresó a su hogar con el único deseo de recuperar sus afectos y el gozo de la vida, después de haber aprendido el alto precio de la avaricia.

Antes del nacimiento del dinero como valor de intercambio estandarizado existían sociedades, modelos económicos y sociales en donde el sentido comunitario prevalecía sobre los intereses individuales. La función del dinero como objeto de intercambio, antes lo cumplían otros objetos, por ejemplo, los granos de cacao, y antes de la era monetaria, o en las sociedades primitivas, las mujeres o los esclavos cumplían esta función de intercambio.

El capitalista fácilmente deviene en avaro. Su meta es vender lo más posible y desprenderse del dinero lo menos posible, es decir, acumular, es decir convertir al dinero en la mercancía por excelencia. del capitalismo, que no es meramente un sistema económico, sino que ha sido un elemento clave en la configuración psicosocial del mismo hombre. Gran parte de las vilezas cometidas por el ser humano tienen un común denominador: un afán desmedido por colocar los intereses individuales por encima de cualquier obstáculo: recursos naturales, especies animales o seres humanos. Estos intereses se agrupan en uno de los pecados capitales: la avaricia. Diremos que, de alguna manera toda nuestra sociedad, nuestros vínculos, formas de pensar y de soñar están dinamizadas por estas relaciones económicas actuales. Si se mide la felicidad y éxito de acuerdo a la capacidad de consumo, de posesión o riqueza se fomenta espiritualmente la avaricia. Pero son innegables dos consecuencias directas: una de ellas, como diría el filósofo Fernando Savater, es que “dar al dinero más importancia de la que tiene, convirtiéndolo en un fin en sí mismo es lo que distingue la avaricia del ahorro. Así, el avaro pierde de vista toda relación humana porque no reconoce que en cada intercambio reside algo muy profundo: la sociabilidad.” La otra, como diría Juvenal, es mucho más evidente, a la vez que dolorosa: “Es una gran locura el vivir pobre para morir rico”.

El próximo domingo hablaremos de la lujuria