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El canto y la envidia (Supuesto texto bíblico)

Me llamo Sara, llevo el nombre de la esposa de Abraham, mi padre en la fe. Yo estuve con ella cuando aquella noche salimos de Egipto: se llamaba Miriam, era hermana del gran caudillo Moisés, aquel hebreo hermano nuestro que había sido rescatado de las aguas. Él había tenido la providencial oportunidad de criarse en el ambiente cortesano porque la hija del Faraón lo rescató en la canasta de mimbre donde navegaba a la deriva por el Nilo, condenado a muerte.

En efecto, el monarca había declarado la guerra a mi pueblo por miedo a que se hiciera demasiado fuerte: las muchachas nos salvamos porque él sólo quería exterminar a los varoncitos. Yo, Sara, vi como había crecido la personalidad de Moisés cuando aquella noche el Ángel exterminador pasó por Egipto, preservó a los hijos de Jacob y pudimos así salir camino del Mar Rojo y luego del desierto de la liberación y del aprendizaje. Yo vi a Miriam, la profetisa, cantando y danzando al ritmo de los tamboriles, ese canto que ha resonado en toda nuestra peregrinación por el desierto: “«Canten al Señor, que se ha cubierto de gloria: él hundió en el mar los caballos y los carros”. (Ex 15, 20-21).

Ella presidía nuestra alabanza, ella tenía alma de dirigente como su hermano. Su espíritu profético la había vuelto más bella que todas las muchachas de nuestro pueblo; su rostro era una flor transfigurada de gozo por la alegría de los pobres liberados.

Pero en determinado momento, en el desierto, cuando el camino se volvió más difícil, ella empezó a protestar contra Moisés pues no estaba de acuerdo con el matrimonio de ese gran líder. (Siempre cuesta aceptar a los extranjeros porque el corazón propende a la “expulsión” de lo distinto). Además, tanto Miriam como Aarón-el otro hermano- sintieron envidia por su hermano porque hablaba cara a cara con Dios y lo sé porque escuché cómo hablaron mal de él. Decían: «¿Acaso el Señor ha hablado únicamente por medio de Moisés? (…) ¿No habló también por medio de nosotros?”. (Ver Num 12). Yo, Sara, vi cómo un día el bello rostro de Miriam se ensombreció por la envidia y la inútil competencia. Miriam, la que había estado tan a la altura de las circunstancias cuando cantaba y danzaba en la salida de Egipto, cayó luego en la bajeza de la lucha desleal por el poder, pues ya no le bastó la experiencia de haber sido preservada en Egipto y liberada en el Mar Rojo. No le bastó quizá saberse amada por Dios o quizá transfirió hacia su hermano la frustración de haber sido esclava en Egipto. Quizá ella desconfió de todo pensando que la liberación que habían vivido era la mera coincidencia entre el liderazgo de su hermano y la consabida bajante del Mar Rojo y pensó que era casual y no providencial.

Quizá se preguntó si su hermano era un profeta o un mero oportunista...de los tantos que suelen tener la política y las revoluciones. Ella-recuerdo - quedó por un tiempo enferma de lepra: es que la envidia quita la belleza y deja a los sujetos en aislamiento social bajo la sospecha de contaminar a la comunidad. La que había nacido para cantar alabanzas a Dios-Liberador y construir con eso a su Pueblo, terminó exigiendo canciones para sí misma por haber recibido el don gratuito de intimar en la carpa del encuentro con la Divinidad.

Moisés, que “era el hombre más sufrido y humilde”, intercedió por su hermana: él tenía la humildad de los grandes; ya había pacificado su corazón para suplicar al cielo el don de la salud sin “pasar facturas”. Y nosotros la esperamos siete días hasta que ella concluyó su aislamiento preventivo. ¡Y seguimos la marcha! Yo, Sara, nacida en Egipto, estoy ahora a las puertas de la tierra prometida: quizá nunca ingresemos a ella; ni Moisés, ni Miriam ni yo. Pero tengo la certeza de los aprendizajes del desierto: De Dios aprendí la misericordia, de Moisés aprendí la humildad en el servicio del liderazgo y de Miriam aprendí a cantar y profetizar… y a estar atenta a mis mezquindades. Puedo descansar.

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