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Adoración o idolatría

El sabio escritor ruso Fiodor Dostoievski decía: "El hombre no puede vivir sin arrodillarse. Si rechaza a Dios, se arrodilla ante un ídolo.

No hay ateos, sino idólatras”. Es que el ser humano está siempre en busca de absolutos: tanto la inteligencia como la voluntad y las emociones son dinámicas y tienden a ir creciendo hacia el Absoluto. Cuando no se cree en Dios, entonces se absolutizan (se divinizan) otras realidades.

En primer lugar, si mi “yo” no tiene límites y se transforma en un absoluto resulta que me divinizo a mí mismo y me considero el centro del universo. Al respecto: “El pecado es la idolatría de uno mismo”, decía un místico de la antigüedad. Por ejemplo, si mi raza, mi partido político, mi clase social no tienen límites se transforman también en un absoluto: entonces en nombre de esa divinización idolátrica me doy permiso para manipular e incluso para matar. (Es la triste historia de las grandes matanzas del siglo XX). Asimismo, si el mercado y las finanzas no tienen límites, entonces pasan también a ser un absoluto divinizado y en su nombre pueden morir de hambre multitudes, como fruto amargo de la especulación y los sobreprecios y, también, pueden desaparecer los bosques de la casa común que es el planeta.

No hay ateos sino idólatras. Por eso, cuando los edificios más significativos de las ciudades dejaron de ser los templos y las universidades, las nuevas “casas de la liturgia atea” fueron los palacios de los príncipes absolutistas, las casas de gobierno o de legislación dependientes de las burguesías, los bancos y los estadios deportivos. Los piadosos israelitas se postran ante el Dios que sacó al pueblo de Egipto, los musulmanes en las mezquitas ante Alá y los católicos lo hacemos ante la Santa Hostia. Pero, si por momentos pareciera desaparecer ese gesto tan significativo en este tiempo de tendencia atea, sin embargo, hay multitudes que se postran para festejar un gol o para aclamar a la banda preferida de rock.

Corroboramos así que la necesidad de rituales que expresen lo inefable no desaparece; la tendencia a expresar corporalmente lo que maravilla no declina. La permanente conversión de los que creemos en Jesús nos lleva a cuestionar todo lo que tienda a absolutizarse porque lo único absoluto es el amor, pero el Amor Crucificado. El que invitó a Moisés a sacarse las sandalias ante el Fuego Divino es el mismo que lo envió a llevar adelante la liberación de los hermanos esclavizados.

Es cierto que el hombre no puede vivir sin arrodillarse: o nos arrodillamos ante el verdadero Dios o nos postramos ante los “pequeños dioses de turno”, sobre todo ante los que tienen que ver con el dinero egoísta, el placer auto-referencial y el poder más o menos despótico.