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PECADOS CAPITALES: LA GULA.

Por la Licenciada Ana María Zanini

La inclusión de la gula en la lista de pecados capitales se estableció por primera vez en conventos y monasterios, porque era precisamente aquí donde se podía observar cómo los monjes y monjas eran particularmente propensos a caer en este pecado y sus tentaciones. Desde su voto de castidad, pobreza y obediencia, sacrificaron los placeres de la sexualidad, la riqueza y el poder por la compensación de sucumbir al placer de la alegría y la buena comida.

De hecho, en la vida monástica de los primeros siglos, la gula era más importante que la lujuria y resultó aún más difícil de superar, dado que está relacionada con la satisfacción de una necesidad natural; la necesidad de alimentarse era aún más esencial que la necesidad sexual. La gula fantaseaba en ermitaños y monjes de los primeros siglos de la era cristiana, más que la sexualidad. De hecho, la gula es considerada un pecado «capital», ya que conduce a otros pecados como la codicia, el egoísmo, la envidia, etc. De acuerdo con el Diccionario de Teología Católica, la gula es el placer de comer sin tener la necesidad fisiológica de hacerlo y es porque es claramente diferente al hambre. Por eso Santo Tomás de Aquino escribió: «Hay dos especies de apetito: uno es el apetito natural, donde no hay ni virtud ni vicio; pero hay otro apetito, el apetito sensible, y es en los deseos de este apetito que nace el vicio de la gula

Pero no iba a ser hasta la Edad Media cuando conoceríamos el verdadero concepto de la gula, y todo ello siempre con una mezcla de sensaciones contradictorias. Durante esta época, la gula era considerada casi una idolatría de los paganos, como si de una divinidad se tratase, en la que la adoración al estómago era el auténtico epicentro de su “catecismo”. Tener (o padecer) gula implicaba flaqueza humana e imperfección espiritual, pero también tener poder, energía e incluso resistencia física. Mucho sabe de esto Gargantúa, personaje principal de la obra del mismo nombre del gran escritor François Rabelais, cuando daba cuenta de los manjares “hasta colgarle la barriga” (sic); pero, a partir del siglo XVI, la gula empezó a perder partidarios, ya que se anteponían otros valores como el goce y la mundanidad. Para un cortesano renacentista, pues, lo censurable pasaba por el exceso, pero no por la satisfacción personal.

Pero toda corriente tiene su principio y su final, y ésta llegaría a comienzos de la Edad Moderna. Aquí aparecerían los primeros escritos sobre la salud, en los que se daban pautas a seguir para el correcto funcionamiento del cuerpo, basadas en la dieta y en la buena nutrición. Este modelo fue, naturalmente, rechazado por el clero, pues seguía predicando el anatema de la gula, si bien en la práctica se erigió como un modelo ambiguo de la glotonería. La propia biología humana y el instinto de supervivencia hunden precisamente sus raíces en este trastorno; ¿es la gula una necesidad o un exceso? ¿Cómo se puede poner límite al placer cuando éste sólo proviene de una actividad necesaria?

Los seres humanos tenemos una fuerte tendencia a apagar nuestros malestares emocionales y no a solucionar sus causas, aunque el costo sea doloroso: por ejemplo, engordar. Dice Platón al referirse a “los falsos placeres” como aquellas conductas destinadas a calmar un dolor, como puede ser un vacío o una tristeza y que cuando falta, eso que lo calma, hace nacer la angustia, distinto a los verdaderos placeres que enriquecen el espíritu y no dejan angustia cuando están ausentes las conductas que los generan.

Debemos considerar al hambre como un hecho instintivo y que, por lo tanto, no requiere aprendizaje previo y está regido por una necesidad, común al hombre y a los animales.

En los trastornos alimentarios, la conducta es la punta de un iceberg por debajo de la cual detectamos la presencia de tres discursos: el cultural, el científico y el familiar. Toda la estructuración del psiquismo, la afectividad, las relaciones intersubjetivas estarán teñidas por las primeras experiencias de placer- displacer en las primeras partículas de leche que ingresan en la boca y el tipo de emoción que lo acompaña en el vínculo con el otro ser. Junto al alimento incorporamos discursos acerca de lo que es bueno y lo que es malo para nuestro esquema corporal. Nuestra primera pulsión es la voracidad, esta fuerza será regulada o no de acuerdo a los mensajes que nos son enviados desde el exterior. Podemos decir que el psiquismo humano, ante la angustia, producto de conflictos que escapan a la conciencia, recurre a mecanismos que le permitan defenderse o librarse de ella, mecanismos que, a su vez, dependen de la historia evolutiva de cada uno de nosotros y que, en el caso de la obesidad, están íntimamente relacionados con el incremento de conductas orales.

La obesidad, la bulimia y, como reacción contra éstas, la anorexia conforman el cuadro de los trastornos de la alimentación: Sobre todo, por la intensa culpa que genera en estas personas el deseo de comer, en el caso de las anoréxicas puede llevarlas a morir en esta lucha interna. Como siempre, el lenguaje popular ayuda en la indagación; el verbo “engolosinar” permite vislumbrar una variante encubierta de la gula. A veces, por ejemplo, se advierte que un artista está engolosinado con un tema: siempre que muestre esa peculiar mezcla de obsesión con deleite, por supuesto el elemento común del que tanto hablamos es el narcisismo, ese objeto que quiero consumir o engolosinar-me tiene algo puesto de mi deseo exagerado.