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Historia de una foto: El barco de cemento

Leandro Albani es Periodista en La tinta y Sudestada. Además es escritor y entre sus libros se encuentran: ISIS; El ejército del terror; Kurdistán; Crónicas insurgentes; Mujeres de Kurdistán; No fue un motín; entre otros.

Leandro nació en Pergamino, Buenos Aires y desde hace mas de diez años escribe distintas historias en su Blog “Literatura desde el camino”.

En esta oportunidad, escribió sobre el barco de cemento ubicado en la unión de los arroyos Victoria y La Batea, en nuestra provincia y fue acompañado por el activista ambiental local Ramón Velázquez en las fotografías.

A continuación les compartimos el relato:

El barco de cemento, con 60 metros de eslora, y que se encuentra en la unión de los arroyos Victoria y La Batea, fue trasladado a ese lugar desde el Riachuelo, en La Boca. Era 1965 y su dueño, Nicolás Sfeir, se encargó de remolcarlo todo ese trayecto con el objetivo de instalar en su interior una procesadora de pescados.

La procesadora de pescados funcionó por un tiempo, pero cerró porque eran tiempos de escasez de sábalo, pescado que utilizado para obtener harina y aceite.

“Hubo una creciente –recuerda Reinaldo-, y el barco quedó arriba de la tierra. Pasó el tiempo y se fue a pique al río. Por eso ahora se ve solamente la popa. Cuando estuve la primera vez, hace más de veinte años, estaba casi todo afuera del agua”.

La escasa información sobre este tipo de barcos señala que fueron utilizados en la Primera Guerra Mundial, debido a la escasez de acero. Estos barcos tenían las líneas similares a los buques de acero, pero requerían de cascos de un espesor mucho mayor para tener su misma resistencia.

Ahora, con el paso del tiempo surcando el cemento, poco queda: dos malacates que resisten la erosión y un mástil de acero que funcionaba como guinche.

Eso queda de un buque que nadie sabe si fue traído a Argentina desde Europa o fue construido en el país, en épocas de invenciones y bonanzas.

Reinaldo dice que el río está socavando cada vez más el barco y que en algunos años no quedará nada. Porque el agua va rodeando a ese mastodonte de cemento, lo lame, parece que lo acaricia, pero en realidad lo va llevando al fondo de la propia historia del Paraná.