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Barquito de papel

Algunos, en nuestra ya lejana juventud, cantábamos con Joan Manuel Serrat, el catalán: "Barquito de papel"

Barquito de papel, ¿En qué extraño arenal han varado/ Tu sonrisa y mi pasado/ Vestidos de colegial?/ Cuando el canal era un río/ Cuando el estanque era el mar y navegar/ Era jugar con el viento/ Era una sonrisa a tiempo…”.

Días pasados escuché a un señor del alrededor de 60 años que daba este testimonio: “Somos la última generación que respetamos a los mayores, la que recibió escobazos correctivos sin que ello nos traumara. No tuvimos seguros médicos, gozábamos de 3 meses de vacaciones, tomábamos cualquier agua y sabíamos que no podíamos ser mantenidos por mucho tiempo por papá y mamá”.

Cuando, más tarde, le di a conocer este testimonio a una feligresa de nuestra diócesis, ella agregó: “Somos los últimos que nos casamos, apostando a toda la vida, que criamos a nuestros hijos lavando pañales, que cocinamos comida caliente al almuerzo y la cena, que formamos parte de instituciones eclesiales, clubes y cooperadoras, que fuimos caminando a la escuela y dejamos hacer lo mismo a nuestros hijos, que leímos libros, diarios y revistas en papel, que escribimos y recibimos carta por correo, que dormíamos 8 hs. seguidas y si sonaba el teléfono, era una mala noticia (en el caso del cura era por “extrema unción segura”, según el cuento de Landriscina), que fuimos a misa cada Domingo, dimos gracias, alabamos y pedimos perdón. Y eso nos hizo lo que somos”.

Por mi parte, agrego: Nos parecía normal obedecer mandatos que luego incorporábamos y también reformulábamos: confiábamos en las consignas que nos daba la familia, la Iglesia y la escuela y nos tomábamos tiempo luego para analizarlas y personalizarlas. No tuvimos Wifi, pero hacíamos los barriletes y los carting con rulemanes y con nuestras propias manos, aunque solíamos tenerlas roñosas de tanto jugar a la “payanca” (con el tiempo pudimos saber que de ese modo crecía nuestra motricidad fina). Somos los últimos que viajábamos en acoplados de camiones para ir a encuentros de jóvenes y andábamos mucho “a dedo”, hacíamos campamentos juveniles sin necesidad de pagar seguros de vida.

Mientras que para aprender la canción preferida pasábamos por ciertas incertidumbres, ya que no teníamos la inmediatez de Internet, sin embargo, la dilación aumentaba el deseo y el gozo de encontrar lo buscado.

A su vez, pudimos disentir en temas de religión y política sin que ello generara “grietas”. Para los que estamos en torno a los 60 años, no hubo tanta necesidad de gabinetes psicopedagógicos, pues, de repente, teníamos habilidades para la matemática, la música y cierto grado de comprensión de textos.

También sufríamos el “bullying”, pero sólo el tiempo que duraba un recreo porque no lo “acarreábamos” en el celular, que ahora nos “persigue” casi todo el día. Sin lugar a dudas, sería muy hermoso, para los que estamos en torno a los 60, que las nuevas generaciones nos cuenten cómo hicieron para adaptarse a este nuevo mundo que les ha tocado vivir, cómo elaboraron esa especie de “nuevo humanismo digital” que todo lo invade.

Confío en que tendremos una generación de místicos, poetas, sabios que nos narrarán lo que ha significado este cambio de estilo de vida. Ellos nos dirán cómo superaron el desafío de las grietas, las “noticias falsas” (que ahora se llaman “fake news”), la ecología, las nuevas formas de vivir la afectividad y la crisis demográfica. Confío también en que los hijos del siglo XXI podrán elaborar las dificultades propias de este tiempo para libar, como abejas de las antiguas y las nuevas flores, la dulzura de una nueva miel. Entonces, nuestro viejo barco de papel llegará a buen puerto.