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Pascua: campanas, ruidos y silencios

Días pasados, hemos bendecido parte de la estructura que sostiene una de las campanas del bello campanario de la parroquia San Antonio

Días pasados, en la celebración del Buen Pastor, hemos bendecido parte de la estructura que sostiene una de las campanas del bello campanario de la parroquia San Antonio y los buenos muchachos de la parroquia colocaron de nuevo una de ellas. Por otro lado, la oración de la Iglesia nos decía que la campana es signo de la voz del buen Pastor, quien congrega al redil disperso.

Hagamos un poco de historia: “Las campanas, ya conocidas de los pueblos egipcios y asiáticos en forma de campanillas y usadas también por los griegos y los romanos, fueron adoptadas por la Iglesia católica para convocar a los fieles, por lo menos, desde el siglo V. Por su parte, los romanos les dieron el nombre de “tintinábula”, mientras que los cristianos las llamaron “signum” porque servían para señalar o avisar la hora de las reuniones. Aunque, ya en el siglo VII, si no antes, se nombraron «campanas», como consta por escritores de la época. En aquellos primeros siglos, debieron ser esas campanas de reducido tamaño, según parece por las que han llegado hasta nosotros y por ciertas referencias de los historiadores. Pero fueron aumentando de tamaño sucesivamente, hasta que en el siglo XIII, se fundieron de grandes dimensiones, verdaderamente colosales. La materia prima de las campanas ha sido casi siempre el bronce, aunque admitiendo diferentes aleaciones según las épocas y las naciones. También se ha usado el hierro y, para campanillas, el oro y la plata”, según dice la Wiki en el buscador.

Las campanas de nuestras iglesias son bellas: su sonido parece volar por el cielo de la ciudad y caer suave, como suave una llovizna después de las sequías de enero.

Con frecuencia, revuela sobre nuestras ciudades modernas el estruendo de la música con elevados decibeles como, por ejemplo, en la pasada semana santa. Si bien, es sabido que “el bien no hace ruido y el ruido no hace bien”, según decía Vicente de Paul, a veces tenemos esa lluvia ácida de los ruidos que planean amenazantes sobre nuestras ciudades. ¿Por qué podemos hablar de lluvia ácida del ruido? Porque el ruido es más que contaminación auditiva: es agresión auditiva porque nuestro cerebro se siente agredido cuando percibe sonidos desagradables, como cuando el hombre en las cavernas oía el rugido de la tempestad, la marea o el terremoto.

Hoy más que nunca estamos sedientos de silencios y de sonidos armónicos, sinfónicos y no invasivos (aunque quizá no lo admitamos). Porque el silencio es el palacio de la sabiduría, decía un sabio de la antigüedad; y hoy estamos sedientos de nuevas sabidurías que nos permitan adaptarnos a los nuevos tiempos, ya que nuestra era no sólo es un tiempo de cambio, sino sobre todo, un cambio de tiempo.