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La pandemia y el Capitán Beto

Los peregrinos saben a dónde se dirigen, en cambio, los errantes, los vagabundos, no saben adónde van, pero andan y caminan. Uno en las calles, en las aldeas los puede confundir, pero el corazón de ellos es muy distinto. Mientras que el peregrino gusta del camino, transita como preparando la llegada a la meta; el errante no sabe adónde va y, por lo tanto, para él, el camino es un fin en sí mismo y el sendero no tiene expectativa de un destino.

Nombremos también a los aislados, quienes se caracterizan porque sufren la incomunicación, la claustrofobia y “el infierno de lo siempre igual”. Pareciera que la gente de nuestro tiempo está marcada por esas dos realidades: por un lado, la de una la vida errante del que no sabe adónde va ni dónde está y, por otro lado, la experiencia del aislamiento de los que no saben ni pueden comunicarse. Lo cierto es que en la actualidad estamos días enteros como en una nave espacial viendo la realidad por la ventana o por unas cámaras…, estamos sin brújula, sin órbita, es decir, exorbitados y “desastrados”.

En relación con esta idea, recordemos que en el cancionero popular argentino existe una canción de los años 70, que parece una descripción mítico-simbólica de la situación actual.

Se llama “El anillo del Capitán Beto” y es de Luis Alberto Spinetta. Dice la canción: “Ahí va el Capitán Beto por el espacio/ Con su nave de fibra hecha en Haedo/ Ayer colectivero/ Hoy amo entre los amos del aire/ Ya lleva 15 años en su periplo/ Su equipo es tan precario como su destino/ Sin embargo, un anillo extraño ahuyenta sus peligros en el cosmos/ Ahí va el Capitán Beto por el espacio/ La foto de Carlitos sobre el comando/ Y un banderín de River Plate/ Y la triste estampita de un santo/ ¿Dónde está el lugar al que todos llaman cielo?/ Si nadie viene hasta aquí a cebarme unos amargos, como en mi viejo umbral/ ¿Por qué habré venido hasta aquí, si no puedo más de soledad?/ Su anillo lo inmuniza en los peligros/ Pero no lo protege de la tristeza/Surcando la galaxia del Hombre/ Ahí va el Capitán Beto, el errante/ ¿Dónde habrá una ciudad en la que alguien silbe un tango?/ ¿Dónde están, dónde están los camiones de basura, mi vieja y el café? Si esto sigue así como así, ni una triste sombra quedará/ Ahí va el Capitán Beto por el espacio/Regando los malvones de su cabina/ Sin brújula y sin radio/ Jamás podrá volver a la Tierra/ Tardaron muchos años hasta encontrarlo/ El anillo de Beto llevaba inscripto un signo del alma”.

Para el Flaco Spinetta, Beto es un errante solitario. Por más fortaleza que le dé el anillo, él tiene la tristeza de estar lejos de sus vínculos, incluso de los más prosaicos como son el camión de la basura, el café y la madre. Beto se quedó sin brújula y, por lo tanto, no tiene norte y no sabe adónde va. Está cargado de seguridades, protegido por su anillo portentoso, pero herido irremediablemente de aislamiento y desorientación.

Quizá la pandemia nos ha puesto a todos dentro de una “nave de fibra hecha en Haedo”… Tal vez, esta situación de emergencia nos invita a actuar como los monjes de la soledad, quienes están comunicados con todo el mundo, aunque estén solos; están separados, pero no aislados; lejos de todo, pero cerca de todo. Porque siempre hay posibilidades de volver a una Ciudad querida donde alguien “silbe un tango” y “cebe unos amargos”; permanentemente podemos librarnos del temor a que no quede de cada uno ni siquiera “una triste sombra”.

Para los católicos, lo que predicó Jesús de Nazaret y el don del Espíritu que Él envió nos ponen en una verdadera ciudad que se llama Reino y en un verdadero “periplo” que se llama “seguimiento”; nos pone en una verdadera comunión que se llama Iglesia, con una verdadera mesa que es la “Fracción del Pan”…aunque es de noche y no existen anillos mágicos.

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