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Dando pasos hacia la resiliencia post-COVID

1ª Entrega

Para comprender como el cerebro es capaz de generar resiliencia, como capacidad de fortalecimiento o adaptación positiva frente a la adversidad, es necesario entender el camino por el que se llega a la vulnerabilidad o quiebre.

La investigación de los mecanismos cerebrales que intervienen, cuando una persona se enfrenta estímulos de amenaza con posibilidad de dañar el organismo, ha mostrado altos grados de conservación en los mamíferos, lo que probablemente sea reflejo de las ventajas evolutivas de un circuito de procesamiento de amenazas que funciona eficientemente. Sin embargo, la investigación en esta área ha sido decepcionante como fuente de tratamientos novedosos. Ellos sostienen que este estado de cosas es el resultado de la manera en que el miedo y la ansiedad han sido concebidos, y ofrecen un nuevo marco para abordar el problema.

¿De qué manera el cerebro se readapta ante el estrés crónico o estado de amenaza persistente? Un reciente estudio publicado en The Journal of Neurocience demuestra el proceso que se produce por efectos ambientales como afectivos, psicosociales o del comportamiento. El cerebro es un órgano vulnerable que puede dañarse por estrés tóxico, pero también posee plasticidad adaptativa y poder de resiliencia.

El estrés, es un estado exigente, acompañado de emociones negativas. Es más bien un proceso continuo: el cuerpo y el cerebro se adaptan a las experiencias diarias, estresantes o no; cuando se vuelve tóxico, es capaz de dañar la salud física y psíquica. Por eso se ha diferenciado el “estrés bueno” del “estrés malo”. El proceso activo de adaptación y mantenimiento de la estabilidad, mediante la producción de cortisol, promueve dicha adaptación. Si las perturbaciones en el medio ambiente son intensas, el punto de ajuste del equilibrio debe ser modificado a una “nueva normalidad”, lo que puede ser costoso para el organismo. Es el precio que paga el cuerpo, por adaptarse a situaciones psicosociales o físicas, adversas. Este concepto implica que el cerebro, como centro de respuesta a la experiencia, integra información interna y externa, dando forma a las respuestas, tanto orgánicas, como de las conductas.

Como el cerebro posee, a la vez, vulnerabilidad y resiliencia, acumula las experiencias a lo largo de la vida; los trastornos psiquiátricos, adictivos y neurológicos, suelen ser desencadenados o agravados por los factores estresantes de la vida. El uso excesivo de la adaptación, y/o la desregulación entre los mediadores, conducen a una sobrecarga y aceleran los procesos patológicos como las enfermedades cardiovasculares, la diabetes y los trastornos afectivos. Un estímulo nuevo, inesperado o amenazante, que se presenta en forma aguda, ya sea interno, como los pensamientos, o externo al organismo, desencadena respuestas cerebrales apropiadas para dicho estímulo. Además de la codificación sensorial, hay una respuesta afectiva que cataloga al estímulo como sobresaliente, relevante, positivo o, a veces, amenazante.

“¿Cuál es el sueño de los que están despiertos? La esperanza”.
Carlomagno