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ESPACIO DE PSICOLOGIA: en nombre de la ciencia.

Tres idénticos desconocidos es un film documental que he visto varias veces y me lleva a relatárselos el hecho de la conmoción que me produce esta historia real

“Dirigido por Tim Wardle se basa en la historia real de los trillizos Robert Shafran, Eddy Galland y David Kellman nacidos en Long Island, Estado de Nueva York, en los Estados Unidos de América, quienes al nacer en 1961, fueron entregados en adopción, por la Oficina Estatal de Adopciones, a tres familias distintas, las cuales desconocían la existencia de los otros dos niños, para realizar el horrible y secreto experimento, ideado por el psiquiatra Neubaur de determinar si pesaría más sobre sus caracteres y conformación personal su vínculo de sangre o los respectivos entornos familiares y socioambientales, en los cuales crecerían.”

La película comienza con el relato de uno de ellos, Robert, que dice que a los 19 años y en ocasión de ingresar al campus de la Universidad un joven llamado Michel Domitz lo confunde con otro compañero de habitación llamado Eddy quien cambia de facultad. Casualidad o destino, el parecido entre Robert y su anterior compañero era asombroso y, en cuanto descubrió que habían nacido el mismo día y que los dos habían sido adoptados, comenzaron sus investigaciones para ponerles en contacto.

"Una vez nos juntamos, había una alegría que nunca había experimentado en mi vida y que duró mucho tiempo”, recuerda Robert, que compartía con sus hermanos la pasión por la pasta italiana y las mismas películas. Los tres tenían las mismas marcas de nacimiento, el mismo pelo rizado, el mismo coeficiente intelectual e incluso compartían técnicas de lucha –ambos practicaban la lucha grecorromana en la universidad-. Los trillizos estudiaron juntos marketing internacional y compartían piso en un apartamento de Nueva York. Sus padres, presos de gran emoción relatan y se muestra en el film a los tres jóvenes con una felicidad inmensa, como si fueran chiquillos que no quieren separarse un instante, hasta duermen los tres en una misma cama. Pero, luego comienzan a investigar qué es lo que había ocurrido para que nunca supieran una familia de la otra aun viviendo en un radio de 160 km.

Los hermanos, nacidos en Nueva York en 1961, fueron separados por la agencia de adopción Louise Wise Services. Sus familias adoptivas no tenían ni idea de que cada hijo que llevaban a casa había nacido como trillizos, y junto con otros niños de embarazos múltiples que fueron separados y enviados con diferentes familias, fueron incluidos en secreto en un estudio de un año de duración realizado por el psiquiatra Neubaur. La investigación era un proyecto para averiguar de qué manera

influye la genética y la crianza en el desarrollo de las personas cuando crecen en ambientes socioeconómicos distintos. Para eso, Neubauer y su equipo, llevaron a cabo un seguimiento periódico de los niños a través de los años y nunca revelaron a las familias el verdadero objetivo de la investigación. El especialista, que murió en el 2008, dejó incluso la información del estudio guardada en los archivos de la Universidad de Yale, con el acceso restringido hasta el año 2065.

“Sus ojos eran mis ojos, los míos eran los suyos”. Era, dicen los testigos, como si el mundo hubiera desaparecido para ellos, como si se estuvieran viendo en el espejo. En un suburbio de Nueva York, David Kellman se enteró por su mejor amigo: su abuela había visto la foto de dos chicos separados al nacer que se habían reencontrado de casualidad en la universidad de Sullivan, eran iguales a él. Cuando volvió a su casa, su madre lo esperaba con la nota en la mano. Llamaron en ese mismo momento al diario y consiguieron el teléfono de Eddy. “Hola –dijo–. Me llamo David, nací el 12 de julio de 1961 y creo que hay otros dos como yo”.

Solo los padres adoptivos de los trillizos cuestionaron lo que había ocurrido en medio de la alegría del reencuentro; nadie nunca les había dicho que sus hijos tenían hermanos. Cuando exigieron respuestas a la agencia, les dijeron que los bebés habían sido separados por su bien, ya que consideraron que era demasiado difícil que alguien quisiera adoptarlos a todos.

La primera vez que se encontraron eran “como cachorritos jugando”. Se movían igual, comparaban gestos y gustos para descubrirse asombrosamente parecidos: fumaban Marlboro, amaban la lucha libre y la comida china, les atraían las chicas un poco más grandes, cruzaban las piernas de la misma manera, hasta tenían, cada uno, una hermana adoptiva de la misma edad, 20 años. “Todo era nuevo, todo era celebración. Y entonces, aparecieron en las tapas de las revistas Time y People, en las de todos los diarios del mundo y en los programas de televisión más vistos de la época vestidos igual y contestando a la par. “Vimos en que éramos iguales, y lo enfatizamos. Queríamos ser iguales, como si nos enamoráramos de nosotros mismos”, reflexiona Bobby. El vínculo era tan fuerte y tan rápido que desafiaba la enorme disparidad de contextos en los que habían crecido. Los Shafran eran una familia acomodada: el padre de Bobby era médico y su madre, abogada. Los Galland vivían en un vecindario de clase media: el padre de Eddy era un maestro estricto y la madre, un ama de casa tradicional. Los Kellman era una familia obrera de inmigrantes. Se mudan los tres a un departamento en el Soho.Comenzaban los años ochenta y los hermanos eran felices. También emprendieron juntos la misión de dar con su madre biológica. Cuando la conocieron, en un bar, se encontraron con un pasado triste: los había tenido cuando era muy chica, y parecía tener problemas con el alcohol. Pero aquella era la punta del ovillo del drama que estaba a punto de desatarse. Bobby dejó la sociedad, y sus hermanos se sintieron traicionados. Los tres se habían casado, empezaron a distanciarse, y Eddy tenía trastornos de humor, le diagnosticaron un trastorno maníaco depresivo. David y Bobby lo acompañaron a internarse en un psiquiátrico. El 16 de junio de 1995, al escuchar la desesperación de

David al otro lado del teléfono Bobby ni siquiera necesitó que hablara. Sabía que Eddy se había suicidado. Su muerte los devastó, él era el que “iluminaba a todos con su sonrisa y los unía”. Había sido en su casa donde se vieron por primera vez. Y había sido aquel reencuentro lo único en su singular historia que era obra del azar: todo lo demás era parte de un macabro experimento científico.

Comprobaron que formaban parte de un estudio que califican como «cruel» y que comparan con los que llevaban a cabo los nazis... «No sé por qué decidieron hacer esto, no puedo verlo como algo humano. No puedes jugar con las vidas humanas. Teníamos que estar juntos y nos separaron por motivos científicos», asegura uno de los trillizos. «Un día le dije a mi madre que no me gustaba que esas personas fueran a hacerme preguntas», recuerda Shafran, en referencia al equipo de psicoanalistas que le hacían año a año un seguimiento, según publica la BBC. Cómo vemos, éste triste caso patentiza que a pesar de todos los esfuerzos de la Bioética aún se siguen violando los derechos de los seres humanos en nombre de la ciencia.

De alli que la famosa frase de Robert Oppenheimer, considerado el padre de la bomba atómica, de que: "El científico sólo es responsable ante la ciencia", deba ser puesta en interrogación una y mil veces