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Crisis en los jóvenes y la madre que llora

El día 21 de septiembre, al comenzar la primavera, hemos celebrado el día de la juventud.

A raíz de esto, recuerdo que un tiempo atrás, el papa ha escrito, en una exhortación apostólica, un texto fuerte con el siguiente título: “Jóvenes de un mundo en crisis”, del cual les comparto el siguiente fragmento: «Muchos jóvenes viven en contextos de guerra y padecen la violencia en una innumerable variedad de formas: secuestros, extorsiones, crimen organizado, trata de seres humanos, esclavitud y explotación sexual, estupros de guerra, etc.

A otros jóvenes, a causa de su fe, les cuesta encontrar un lugar en sus sociedades y son víctimas de diversos tipos de persecuciones, e incluso la muerte. Son muchos los jóvenes que, por constricción o falta de alternativas, viven perpetrando delitos y violencias: niños soldados, bandas armadas y criminales, tráfico de droga, terrorismo, etc.

Esta violencia trunca muchas vidas jóvenes. Abusos y adicciones, así como violencia y comportamientos negativos son algunas de las razones que llevan a los jóvenes a la cárcel, con una especial incidencia en algunos grupos étnicos y sociales». Todo esto demuestra que muchos jóvenes son ideologizados, utilizados y aprovechados como carne de cañón o como fuerza de choque para destruir, amedrentar o ridiculizar a otros.

De esta manera, muchos son convertidos en seres individualistas, enemigos y desconfiados de todos, y así se vuelven presa fácil de ofertas deshumanizantes y de los planes destructivos que elaboran grupos políticos o poderes económicos. Todavía son «más numerosos en el mundo los jóvenes que padecen formas de marginación y exclusión social por razones religiosas, étnicas o económicas. Recordamos la difícil situación de adolescentes y jóvenes que quedan embarazadas y la plaga del aborto, así como la difusión del VIH, las varias formas de adicción (drogas, juegos de azar, pornografía, etc.) y la situación de los niños y jóvenes de la calle, que no tienen casa ni familia ni recursos económicos».

Cuando, además, son mujeres, estas situaciones de marginación se vuelven doblemente dolorosas y difíciles. Ante esta lamentable situación y cruda realidad, roguemos al Señor para que no seamos una Iglesia que no llora frente a estos dramas de sus hijos jóvenes. Nunca nos acostumbremos, porque quien no sabe llorar no es madre. Nosotros queremos llorar para que la sociedad también sea más madre, para que en vez de matar aprenda a parir, para que sea promesa de vida (…) Hasta ahí el texto del papa. Seguramente, quienes leen esto no son jóvenes, pero tienen la misión de conservar la juventud en el corazón para dejar a las nuevas generaciones el más bonito de los tesoros que es la fe católica y la riquísima sabiduría de nuestros antepasados. Quizá, algunos de ustedes, queridos lectores, tengan aquella nostalgia de Rubén Darío por la “juventud, divino tesoro” ya perdido: “Juventud, divino tesoro,/¡ya te vas para no volver!/Cuando quiero llorar, no lloro…/y a veces lloro sin querer…”.

Sin embargo, nos viene bien recordar lo que el profeta escribía a los hebreos desterrados: Isaías 40, 30- 31 “Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan en el Señor tendrán nuevas fuerzas…caminarán, y no se fatigarán”. Renovemos, entonces, el propósito de aprender a “parir en vez de matar” para ser permanentemente padres de una nueva juventud.