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La república no está al servicio de pujas partidarias

En política los eventos no se controlan, se conducen. Precisamente, lo que ocurre en el Frente de Todos es una crisis de conducción.

Crisis que fue expuesta abruptamente por el duro cachetazo que recibió en las PASO. ¿Quién es el conductor de esta coalición en ejercicio? ¿El Cristinismo o el Albertismo? ¿El progresismo o las estructuras más duras del peronismo tradicional? ¿La heterodoxia económica o la ortodoxia que dentro de la misma agrupación le adjudican al Ministro Guzmán?. Juan Domingo Perón decía que “los peronistas somos como los gatos, cuando parece que nos estamos peleando, en realidad nos estamos reproduciendo”.

¿Pero cuántos peronistas hay en el Gobierno? Más bien, parecen un conglomerado de proyectos socialdemócratas, progresistas, kirchneristas y vestigios de un peronismo tradicional que no se pueden poner de acuerdo. La interna a cielo abierto que desplegó caóticamente el Frente de Todos en estos días está terminando de erosionar la legitimidad presidencial de Alberto Fernández. Si es a propósito o no, sólo el tiempo lo dirá.

Lo sustancial en esta cuestión, que nos debe competer como sociedad civil, es no tanto la interna del oficialismo en sí, sino su incapacidad de respetar el contrato democrático consagrado en la soberanía popular. Las expresiones de la Diputada Vallejos exhiben como ciertos sectores de esta coalición, pertenecientes al Cristinismo más duro, no respetan la investidura presidencial. Se autoperciben dueños exclusivos del poder político, inclusive más allá de las elecciones del pueblo. Vallejos trató de “ocupa” a Fernández.

Es decir, que el poder que lo ubicó en su cargo no emana de la voluntad popular, sino de la discrecionalidad de Fernández de Kirchner. Una cosa es el armado político-electoral, usualmente diagramado a dedo, y otro asunto es cuando son escogidos y se desempeñan ya como funcionarios. En este punto la legitimidad presidencial no se dirime en internas propias mediante la voluntad de un cuadro político hiperpersonalista. Ahora son administradores del Estado Nacional, las cuentas se las deben rendir al pueblo porque la legitimidad deriva de él. No se pueden manejar en una lógica de unidad básica barrial. La república no está al servicio de sus pujas partidarias. Deben respetarla y no hacerle daño.

Las diferencias son muy comunes en los gobiernos de coalición. El tema está en cuidar las formas. En esta actualidad distópica, el oficialismo no dirimió sus internas en las urnas bajo las formas que amerita la república. Por el contrario, decidió exhibir sus fracturas pasados los comicios legislativos, a partir de quejas, declaraciones cruzadas, filtraciones de audios de WhatsApp y cartas públicas.

El secreto a voces es que el Gobierno Nacional ya dio por perdidas las elecciones de noviembre. Todo lo que sucede ahora apunta a disputar internamente el liderazgo político de cara al 2023. Precisamente, es esta cuestión la que lleva al Frente de Todos a esta crisis de conducción. Crisis que se lleva por delante al país dado que son la gestión en funciones. En este contexto, es impresionante que aparezcan referentes, tanto del régimen político como de la sociedad civil, a contener un tejido social acorralado por la incertidumbre que genera toda esta situación del oficialismo. Es clave la racionalidad, tanto en los administradores del Estado como en la ciudadanía.

La renovación del gabinete se tornó necesaria para el Frente de Todos. Expone un proyecto de país que ya se había agotado. La llegada de nuevos funcionarios apunta a reconstruir una conducción que está en crisis o, al menos, en disputa.

Finalmente, cabe mencionar que la vorágine institucional del oficialismo al llevar adelante su interna bajo estas formas es de una irresponsabilidad absoluta.

Julián Lazo Stegeman