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"Diente de León", libro de Alejandra Cordero

"Una puerta de entrada a la memoria de la infancia". Comentario del libro de Alejandra Cordero, "Diente de León", por Tuky Carboni

La novela de Alejandra Cordero se llama DIENTE DE LEÓN y es una puerta de entrada a la memoria de la infancia. Una infancia vivida en plenitud por una niña con ojos abiertos al asombro, a los regalos de ternura y afecto que recibimos y atesoramos en la memoria del corazón; pero también a su contraparte: la desorientación que nos agobia cuando no entendemos ciertas actitudes de los demás niños o de los mayores que han olvidado su infancia.

La primera novela de Alejandra está relatada en primera persona, como un monólogo rico, como un relato que escuchamos cuando aún no sabíamos leer y dependíamos de los mayores para entrar al cielo abierto de los libros de cuentos. La riqueza del lenguaje (que, tal vez, trajo como un don celeste la propia Alejandra), es cuidadosa, precisa y meticulosamente medida, como para que las primeras experiencias registradas desplieguen todos los matices de su esplendor, sin perder ese sabor de inocencia que casi todos los niños tienen. Y digo casi, porque hay niños que ya en esa edad tan temprana, han absorbido los prejuicios que algunas clases sociales transmiten, mediante comportamientos o palabras claves, a los pequeños de su entorno; ellos los asimilan primero e incorporan luego como propios. Aunque su círculo familiar esté convencido de que representa una gran ventaja para el niño, es una forma de marchitar tempranamente el asombro natural y la alegría cordial de sentirse entre sus pares.

Me emocionó, especialmente, esas estampas que saltan desde el alma de la protagonista con una enorme gratitud cuando tiene la alegría de encontrarse con niños aun no manipulados por adultos. O la escena en que toma consciencia de su sexo, cuando los chicos que viajan en un auto rojo, gritan algo que no llega a entender, pero intuye como descalificación o burla. También cuando comprueba la energía natural de la tierra, casi acariciada por sus mayores, para que broten frutos o flores.

La novela DIENTE DE LEÓN está llena de ejemplos que los mayores transmiten, tal vez sin proponérselo, a los infantes; a veces creen que los pequeños son incapaces de filtrar esas informaciones; sin embargo, las absorben como una esponja, porque el tegumento de su alma es tan delicado y sensible que está pronto para detectar cualquier circunstancia o conversación que salga de los límites de lo cotidiano.

A medida que transcurre la lectura, el lenguaje, de manera casi imperceptible, va escalando mayor estatura en la riqueza expresiva, acompañando el crecimiento interpretativo de la protagonista. Esas primeras experiencias de desencuentro o, mejor dicho, esa insuficiencia para que interpreten lo que queremos expresar, desconciertan a los niños sensitivos; no les queda claro si son ellos los que no se hacen comprender o si el mundo de los demás tiene códigos que no conocen. Entonces, como el propósito es expresarse y no se consigue, genera cierto grado de frustración. Sin embargo, ya maduros, comprenderemos que esas frustraciones vividas son el primer peldaño que lleva a entrar a un mundo en el cual seremos varias veces mal interpretados.

Así, como la protagonista va descubriendo las propiedades del reino vegetal, las heridas secretas también van sanando, a medida que son puestas en perspectivas más amplias. Conozco y apruebo el camino que esa niña ha emprendido. El dolor que se transforma en palabras de alto potencial emocional, es un ungüento que, si no hace cicatrizar las llagas, por lo menos, se viven desde una sensación de cierta paz interior; porque, aunque no hayamos comprendido del todo, hemos hecho el esfuerzo.

He disfrutado esta lectura y comparto más de lo que este comentario puede contener. Celebro la madurez que aprende a aceptar que, como dice Herman Hess: “cada uno de nosotros es un ensayo único y precioso de la naturaleza.” Y, estoy segurísima de que el cuestionado sombrero amarillo le quedaba maravillosamente a la niña- adolescente que sabe soplar los panaderos