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Dilema de los botánicos para elegir el árbol representativo

La provincia del cardenal llama a votar por el árbol indígena que más nos gusta o que resulte simbólico de nuestro territorio del dilema de los botánicos

Para nosotros, el sombra de toro es el árbol entrerriano más llamativo, más propio y raro a la vez. ¿Quién imaginaría el rombo de sus hojas, si no lo viera ahí, en las banquinas, contra los alambrados o mezclado con otras especies en el monte?

Bueno, si lo pensamos mejor tal vez prefiramos al ceibo o seibo por sus flores que en estos días alumbran de tan rojas, y si bien ya es la flor nacional de los argentinos, compartida con los orientales, toda alabanza es poca para este árbol generoso en sus racimos. No dudamos, claro, que corre con ventajas, y qué lindo ¿no?

En verdad es el ñandubay el que encarna todo un símbolo de la entrerrianía, si da imagen de resistencia, de rebeldía, de monte espinudo, de lucha federal, y su nombre carga toda la poesía de nuestras lenguas antiguas y vigentes. Ah, sí, ñandubay por lejos.

Aunque admitimos que el sauce… Con sus ramas mecidas en el arroyo es el sauce el que nos remite al paisaje tan nuestro, tan por Juan L. Ortiz. Y bueno, nos quedamos con esa frescura del sauce, nos inclinamos más por las costas que por las tierras altas del espinal. Ya está: que sea el sauce, pero…

El rey y el pueblo

Si nos detenemos un cachito, qué diremos entonces del algarrobo, rey del monte por derecho propio. Frutos como regalos que dan de comer a tantos animales y nos embriagan, madera sin par, sombra envidiable, ¡y qué porte! ¡Ah, lo que es el algarrobo! Pachamama abriendo sus alas para empollarnos a sus hijos, a sus hijas.

Ahora: no negaremos que muchos hablan de los quebrachales del norte y aquí el quebracho blanco abunda también, y entrega sus castañuelas en verano estirando el espíritu de las navidades, de modo que el quebracho blanco merece nuestra atención, capaz lo elegimos, nos gusta su presencia, su altura, sus brazos tendidos como si fueran del sauce llorón. ¿Algarrobo o quebracho? ¿Sombra de toro, ceibo, sauce, ñandubay? Por ahí andamos, medio indecisos es cierto.

Pero ¿no es el tala el más abundante y fiero no por feo sino por noble y fuerte? ¿Y no nos da el tala esa frutita crocante para morder? Bueno: el tala, popular como pocos, qué vamos a decir, sembrado por las aves bajo los alambrados. O el coronillo, claro, allí donde desova la mariposa emblemática de los argentinos, la Bandera argentina (Morpho catenarius). Pero raro: el coronillo no está entre las opciones presentadas. Claro, se entiende, si nos dan mil opciones de árboles nos iremos por las ramas.

Los amarillos

Ahora: admitamos que, si de árboles populares se trata, el espinillo saca ventaja porque además de abundante y empecinado da unas flores increíbles, como pompones amarillísimos acompañados de un perfume que sólo el espinillo y de ahí su otro nombre: aromito. Entonces, ¿es el espinillo el árbol nuestro? Qué belleza, y qué desagravio si por tantos años menospreciamos esta especie precisamente por ser aborigen y crecer en cada rincón. En estos días ya tiene el frutito verdeando, y es cierto que el ceibo corre con una a favor porque florece justo ahora, cuando votamos.

Sin embargo, ¿no compite el espinillo con el chañar, en presencia, en resistencia, en popular? ¿Qué decir de los chañarales nuestros, con esos tallos descascarados como diciendo todos los verdes, y de sus flores amarillas tan delicadas que nos disputan las abejas, y su fruto tan pero tan generoso en mieles? Chañar, árbol entrerriano, qué lindo suena, y qué lazo con toda la región porque los chañarales llegan hasta los confines del cono sur del Abya yala (América).

¿Y por qué no ese humildísimo arbolito de las islas nuevas llamado aliso, que precede al sauce, se presenta en comunidad, anuncia nuevas superficies y abre el camino al monte? Podría ser, claro, el aliso, y lo elegiríamos porque no hace ruido, está como en la última silla de la asamblea y no se le da por competir en antigüedad ni en madera ni en volumen: sólo nos acompaña y se marcha rápido. Linda alegoría, y qué sorpresa si elegimos al extremo opuesto del algarrobo, que es número fijo.

Así podemos nombrar otros diez: azota caballo, canelón, curupí o lecherón, guayabo, ingá, cada cual con sus condiciones muy particulares, sus bellezas y atractivos, cada cual con sus lindezas en sus hojas, su fronda, sus flores… laureles, mata ojo, molle, palo víbora, sangre de drago, talita, tembetarí o teta de perra, ubajay, virajú, timbó, viraró… hasta ahí las opciones que ofrecen el Consejo General de Educación y el Jardín Botánico de Oro Verde, de la UNER. ¿Y las palmeras? ¿Y el ombú? ¿Y el palán palán? ¿Y el sarandí? ¿Y el ñangapirí?

Los no árboles

Si en algún territorio forma bosques el ombú es en Entre Ríos; si en algún lugar podemos disfrutar de selvas de palmeras es aquí; si un arbolito presenta credenciales de indio en Paraná es el palán palán; si alguien se adueña de las orillas es el sarandí; y quién regala frutas sabrosas a puñados como el ñangapirí (pitanga). Pero ocurre que estas especies no dan con el estatus de árbol. Son hierbas, algunas de ellas gigantes. Las palmeras son más altas que casi todos los árboles pero no son árboles, los ombúes son más anchos que todos los árboles pero no lo son, el palán palán se las aguanta como nadie y qué decir del sarandí en el agua. Pero no.

La verdad, los botánicos podrían haber hecho la vista gorda, hay que decirlo, pero quizá no quisieron pasar el papelón de que eligiéramos como árbol entrerriano a una especie que no es árbol. Y es que la palma caranday o la yatay o la pindó tenían chances, cómo no, y ni hablar del ombú, en estos días cargados de racimos, y hasta el palán palán, símbolo de la resistencia y la austeridad.

Bueno, al final en esta columna nos quedamos con el espinal y con la selva en galería, y esperamos que sean nuestros lectores y nuestras lectoras quienes elijan una especie entre tantas. Nosotros tenemos algunos in péctore, como dijo un presidente cierta vez.

Señalar una especie no significa menospreciar las otras, nada de eso. Tomar una representativa equivale a hablar de la flora, ni más ni menos.

Árboles, aves, peces, mariposas, hierbas, mamíferos que nos precedieron en miles de años en este suelo: todos ellos tejen un mundo que revive detrás de una especie representativa, y nosotros somos con ellos, no estamos afuera ni enfrente sino junto a las demás manifestaciones de la vida.

Desde el 15 de septiembre y hasta el 15 de noviembre estamos eligiendo el árbol entrerriano. Quedan dos semanitas nomás, hay que buscar en las redes y participar.

La actividad es organizada por el Consejo General de Educación y la Facultad de Ciencias Agropecuarias, para promover el conocimiento de las especies representativas de nuestra provincia. La iniciativa es desarrollada a través del Programa de Educación Ambiental y el Jardín Botánico Oro Verde, con el objetivo de que los entrerrianos nos familiaricemos con la flora e identifiquemos especies representativas de cada una de las ecorregiones de nuestra provincia. Hay páginas en las que uno puede ver y leer, está bueno. Por supuesto, de una mirada no revertiremos la distancia habitual de nuestras comunidades urbanas, principalmente, con la flora nativa. Pero podemos hacer el intento de acercarnos, cómo no.

Los interesados podrán optar entre 28 especies arbóreas que fueron seleccionadas por docentes de las cátedras de Botánica Sistemática y Espacios Verdes. La votación es abierta al público.

Para participar debemos buscar “elección del árbol entrerriano” en la red, allí debemos llegar algunos casilleros y al final encontraremos el listado completo de los 28 candidatos por abecedario, entonces pondremos un clic en uno de los círculos.

Conviene leer tranquilo para no confundir talita con tala, y es cierto que los algarrobos, al ser dos, pueden competir entre ellos y facilitar la elección de un tercero; ¿o haremos un sistema tipo ley de lema, por colectoras? Quizá convendría una segunda vuelta ¿no? Entre los tres o cuatro más elegidos, que más o menos podemos suponer porque hay algunos que son menos conocidos.

Pronto conoceremos entonces qué árbol acompañará al cardenal, elegido hace poco entre las aves, para representar en este caso a nuestros montes. Buena iniciativa como excusa para hablar del entorno, de la biodiversidad. Conocer nos permite amar, amar nos permite cuidar. Y qué bueno porque, cualquiera de los árboles que sea elegido expresará al monte, si como decimos de antiguo, “naide es más que naide”.

28 candidatos

A través del siguiente listado se puede acceder a fichas elaboradas por el Consejo General de Educación, donde se detallan las características de los diferentes ejemplares: Achatocarpus praecox variedad bicornutus (virajú, palo mataco, ibiráhú); Aspidosperma quebracho blanco (quebracho blanco); Celtis pallida (churqui tala, tala chiquito); Celtis tala (tala); Croton urucurana (sangre de drago); Enterolobium contortisiliquum (timbó colorado); Erythrina crista galli – variedad Crista galli (seibo); Eugenia myrcianthes (ubajay); Geoffroea decorticans (chañar); Inga uraguensis (ingá, ingá colorado); Jodina rhombifolia (sombra de toro, quebrachillo); Luehea divaricata (azota caballo); Myrcianthes cisplatensis (guayabo colorado, arrayán); Myrsine laetevirens (canelón, canelón morotí); Nectandra angustifolia (laurel, laurel blanco); Ocotea acutifolia (laurel, laurel de las islas); Pouteria salicifolia (mata ojo); Prosopis affinis (ñandubay); Prosopis alba (algarrobo blanco); Prosopis nigra (algarrobo negro); Ruprechtia laxiflora (viraró); Salix humboldtiana (sauce criollo); Sapium haematospermum (curupí, lecherón, pega pega); Schinus longifolius (molle, incienso, trementina); Tabernaemontana catharinensis (palo víbora); Tessaria integrifolia (aliso del rio); Vachellia caven o Acacia caven (aromito, espinillo, churqui); Zanthoxylum fagara (tembetarí colorado).