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El ministerio de la soledad y los servidores de la comunión

Dios no es soledad, Dios es un misterio de comunión y lo que Dios vive desde toda la eternidad, la entrega mutua de las Tres Divinas personas, eso es lo que manifestó en su Hijo hacia el mundo.

“Se ha dicho, en forma bella y profunda, que nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia, que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo” (San Juan Pablo II en Méjico, enero de 1978).

Pero en este tiempo de sociedades ultra modernas sucede la tremenda paradoja del aislamiento como una especie de enfermedad social. En Japón-por ejemplo- la soledad masificada y la tasa decreciente de natalidad llevaron al primer ministro a nombrar a un ministro de la Soledad (un invento en verdad inglés de 2018). El diagnóstico es preocupante. La tasa de suicidios es de las más altas del mundo: en la cultura heredera de la ética samurái, la muerte voluntaria no es solo una “liberación”, sino -para muchos- una forma elegante y purificadora del honor ante alguna falla o fracaso, en una sociedad confuciana orientada por el grupo, antes que la individualidad. El problema extra es que en 2020 se suicidaron 750 personas más que en 2019 (el pico fue en 2005 con 34.427 suicidas). Unas 30.000 personas al año mueren solas en su casa.

A veces, nadie las reclama, salvo vecinos que perciben algo. Y según el psiquiatra Saito Tamaki, en Japón habría 2 millones de hikikomoris, jóvenes deprimidos que se dan de baja encerrándose en su cuarto, mantenidos por sus padres y conectados al mundo digitalmente. Esos ermitaños posmodernos -según Tamaki- pasarían un promedio de 13 años encerrados. Y de no mediar una intervención estatal, podrían en el futuro alcanzar la cifra de 10 millones. Los números exactos se desconocen. En una sociedad regida por la vergüenza antes que la culpa, el fenómeno es negado por los padres: demostraría su fracaso en la crianza. Aunque las causas no son tanto familiares, como escolares: la altísima presión en el estudio, la competencia y el bullying generan en el menos “apto” o el distinto la estrategia del caracol y una profunda depresión. La contención familiar y vecinal -son ya la prehistoria en el Japón donde un estudio de una consultora inmobiliaria arrojó que en 2018, de ese tercio de la población que vive sola, el 75% nunca o rara vez se comunica con vecinos-. (Tomado del diario “Página doce”).

Hoy dicen los científicos que nuestro cerebro necesita de la comunidad, que nuestras neuronas no están preparadas para el aislamiento, sino para la experiencia del encuentro con el otro. La pandemia nos enseñó que nadie se salva solo, que nos “salvamos en racimo” como se suele decir bellamente y que hay dar más alegría en dar que en recibir como lo decía el Profeta Crucificado de Nazaret. Y como no hay contradicción entre fe y ciencia es urgente entonces también anunciar la Verdad de la Trinidad que es misterio de “entrega” y el signo más evidente de esa entrega que es el Hijo Entregado-Desfigurado-Transfigurado.

Sólo el que se sabe amado-incondicionalmente amado con la certeza de que alguien se entregó por él- podrá amar y estará libre de sus esclavitudes, será libre para amar, para entregarse como se entrega el Hijo Amado: y será feliz con el gozo que no termina. Sólo quien vive en comunidad está realmente vivo: porque vivir es convivir, es amar y saberse amado. Pero por más que los estados organicen “el ministerio de la soledad”, será necesario siempre que existan cristianos y gente de buena voluntad que sean servidores de la comunión…y que lo hagan gratis