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Crisis de civilización

Desde hace unas décadas se viene hablando de crisis de civilización y, últimamente, se dice también que quizá ella sea la antesala de la desaparición de la especie humana.

Esta conjetura no se deriva de la mera crisis de un país, de un continente o de una cultura, sino del conjunto de todo eso que llamamos civilización. A su vez, un período de crisis nos pone en estado de emergencia: emergencia educativa, ecológica, económica (entre hambre, deuda externa-eterna e inflación), emergencia en la familia y, por ende, en su capacidad para transmitir valores… Podemos afirmar que en la tradición profética del Antiguo Pueblo de Dios existieron tres etapas frente al deterioro de la cultura religiosa y civil: la amenaza previa al exilio, la invitación al consuelo, la exhortación a la reconstrucción.

Por tres instancias distintas y complementarias transitó la profecía en Israel. En un momento se necesitó la amenaza para prevenir, luego el consuelo para sanar las heridas de la catástrofe y la valentía para rehacer. (La gran catástrofe del Pueblo Hebreo fue la destrucción de Jerusalén y el destierro al comienzo del siglo VI (A C)). San Agustín de Hipona, en el norte de África, sufrió también la crisis y la decadencia del imperio romano de occidente en el siglo V de nuestra era: Tres fueron los factores de ese declive de la gran civilización de la Latinidad: la decadencia de la moral en las familias y en los dirigentes, las invasiones de los bárbaros con interminables guerras y la devaluación de la moneda que trajo grandes deterioros al comercio y modificó, por tanto, las condiciones del trabajo.

Este santo entonces, profundo conocedor de su cultura y del Evangelio, penitente y converso fruto de la oración de su Madre Mónica y de la predicación de San Ambrosio de Milán, vivió con mucho dolor la crisis de la civilización a la que pertenecía.

Pero - desde el silencio personal y eclesial- tomando lo mejor del mundo latino al que pertenecía y la fuerza del humanismo cristiano, supo ser profundamente creativo ante la adversidad hasta tal punto que fue uno de los grandes gestores del nuevo tiempo que vino con el auge de las universidades europeas y de los nuevos reinos medievales del viejo mundo.

Como los viejos profetas de Israel, también San Agustín fue hombre del llamado a la conversión, dispensador de verdaderos consuelos, constructor de nuevos tiempos. Nosotros, discípulos misioneros de este nuevo milenio, estamos llamados a ser profetas que anticipen otra civilización: la del “amor y la verdad”, decía Juan Pablo II, el santo.

Para la emergencia educativa tendremos que cultivar la verdad, la firmeza y la ternura. Para la emergencia ecológica, la frugalidad y la solidaridad intergeneracional. Para la emergencia económica, la búsqueda de la justicia y la fraternidad. Para la emergencia familiar, el arte de los buenos vínculos entre varón y mujer y entre las generaciones.

Para la crisis de valores, una gozosa disciplina que nos dé la percepción de lo bueno y lo bello. ¡Ya puedo empezar a ser un profeta de la reconstrucción como Ageo, Zacarías o como el querido Agustín! ¡Ya debo comenzar a ser servidor de la nueva civilización! No veré la nueva civilización, pero seré “raíz enterrada que algún día ha de brotar”.

Pbro. Jorge H. Leiva