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San Roque, Gualeguay y las pestes

Dice la historia que en el año 1867 Gualeguay fue azotada por la epidemia de cólera, que se había extendido por la contaminación de los ríos a lo largo del litoral.

Dice la historia que en el año 1867 Gualeguay fue azotada por la epidemia de cólera, que se había extendido por la contaminación de los ríos a lo largo del litoral: mucho había tenido que ver el genocidio de lo que se suele llamar “Guerra del Paraguay” ya que la enfermedad había llegado a Buenos Aires en los barcos que arribaban desde la costa del Brasil, donde la peste era endémica: los brasileños en efecto participaron de esa triste guerra junto a los argentinos contra el Paraguay. Por entonces los vecinos de Gualeguay desplegaron sus súplicas a San Roque y luego sus gratitudes a este santo a quien la Iglesia invoca como patrono en tiempo de pestes.

En los templos de la zona edificados a fines de siglo XIX y a principio del siglo XX, existen imágenes sagradas de este santo como consecuencia de esas circunstancias tan dolorosas. En el bello retablo de la Iglesia San Antonio hay una bella imagen del santo (con su perro), también en los templos de San José de Gualeguay, de San José, de Galarza y de Enrique Carbó.

Y ¿quién era San Roque? San Roque era hijo del gobernador de Montpelier (Francia), lugar donde nació en 1378; a la edad de 20 años quedó huérfano de ambos padres. Durante la epidemia de peste que se desató por aquella época en Italia, el santo-como terciario franciscano- se dedicó a asistir a los enfermos y consiguió curar a muchos más tan sólo con hacer sobre ellos la señal de la cruz. Estando en Piacenza, trabajando en uno de los hospitales, el santo contrajo la mortal enfermedad. Como no quiso ser una carga para ningún hospital, decidió trasladarse a las fueras de la ciudad, instalándose en una caverna. Sin embargo, un perro lo alimentó milagrosamente, y el amo del animal acabó por descubrir a San Roque brindándole cuidados y atención. Cuando recobró las fuerzas, el santo volvió a la ciudad donde curó milagrosamente a muchas personas y numerosas cabezas de ganado. Retornó a Montepellier, pero su tío no lo reconoció y lo dejó en el abandono. San Roque fue arrestado porque fue confundido erróneamente por un espía, permaneciendo en la cárcel por cinco años, donde finalmente falleció un 16 de agosto.

La popularidad y extensión del culto a San Roque fue verdaderamente extraordinaria. En su tumba se obraron muchos milagros, y son miles los que lo han invocado contra las pestes. En este domingo 16 damos gracias por las pestes de las que nos hemos librado (quizá sin saberlo) y rogamos por quienes padecen a causa de la pandemia comprometiéndonos, una vez más, a cuidarnos y a cuidar a los demás. Dentro de unos días esto sólo será un recuerdo, pero uno de esos acontecimientos del pasado que no hay que olvidar.

Además, y recordando a los gualeyos que tanto rezaron en el lejano 1867, trataremos de cuidarnos de las otras pandemias: la del egoísmo y la de las familias sin amor, la de los frágiles abandonados y las plazas sin niño por el invierno demográfico; las de las mesas sin pan y las almas sin educación, ni catecismo. Siempre necesitaremos de Roque de Montpellier.

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