Psicología |

La Posmodernidad es la época de la crisis del ser humano.

Les resumo una apasionante reflexión entre varios filósofos y docentes acerca de los cambios espirituales en este siglo:

La leyenda antropocéntrica del progreso indefinido del hombre mediante su razón como caballo de batalla, ha llegado a su fin. Las guerras mundiales, las crisis del capitalismo, la ineficiencia de las alternativas al mencionado sistema y el desmoronamiento de la idea tradicional de sociedad han generado consecuencias tangibles en la actitud del hombre frente a la realidad. El mundo posmoderno es el mundo de la secularización extrema, del arte, de la ciencia, de la moral. (la «secularización» es una manera de hablar de la decadencia de las prácticas y creencias religiosas que se observa en las sociedades modernas, también significa la autonomía de la sociedad en general y de sus instituciones (enseñanza, sanidad, asistencia social, etc.) frente a las instituciones religiosas que, tradicionalmente, habían tenido mucho más peso ). De la dispersión del lenguaje a niveles desmedidos; del fin de la emancipación social (Pico, 1988). El siglo XX ha develado las peores facetas de la cosmovisión del mundo que elaboraron las grandes revoluciones sociales que socavaron el demonizado sistema eclesiástico de la Edad Media. El mundo moderno capitalista, el de la emancipación del hombre, el del desplazamiento de la autoridad divina, el de la celebración de la razón como elemento de acción humana primordial, el mundo de los avances continuos en materia de producción y tecnología, ese mundo íntegramente manejado por el hombre y el mercado, ha visto resquebrajar sus cimientos a través de una serie continua de crisis. En este sentido, Nicolás Casullo distingue seis elementos críticos que marcaron a fuego la cosmovisión de la época. Crisis del sistema capitalista (entendida como) una crisis de reformulación (…). La Crisis del llamado Estado de Bienestar (…) del Estado que interviene en la sociedad decidida y categóricamente, tratando de ordenar lo social (…). (La) Crisis del proyecto político e ideológico alternativo al sistema capitalista. Crisis teórica, ideológica, pragmática de los proyectos socialistas, comunistas, nacionalistas (…). La crisis de los sujetos sociales históricos (…) La crisis de la sociedad de trabajo (…) La crisis de las formas burguesas de lo político y la política…” De estos seis elementos, se desprenden las bases que configuran la cosmovisión contemporánea del mundo. El Estado que protege, que otorga beneficios, que da trabajo y que ordena lo social y político frente a situaciones de inestabilidad, se derrumba. Primera cuestión: ya no existe un protector supraindividual que regule los conflictos sociales. El “capital de inversión industrial” retrocede frente al “capital especulativo financiero”, formándose el germen de las políticas neoliberales, en las cuales la desigualdad estructural es condición necesaria de la organización política, social y económica. El sentido del concepto sociedad de trabajo se ve difuso ante el desarrollo tecnológico. Así el ser humano es cada vez más equiparado a la idea de un elemento más en la oficina, que a su vez ve retroceder sus oportunidades frente al avance tecnológico que reemplaza operarios por placas madre. La clase obrera no logra la imposición de un nuevo modelo de vida; la caída de la URSS y la decadencia del socialismo como modelo plausible de reemplazar al capitalismo, dan por tierra con la formación de modelos alternativos. La sensación, entonces, es que las deficiencias antes mencionadas responden a un modelo de realidad que parece no tener una alternativa fuerte que propicie un futuro diferente. Por último, la pérdida de capacidad de acción de la burguesía como actor político, sumado la crisis de representación y persuasión menoscaban la legitimidad y confianza en los dispositivos de acción política tradicionales. La consecuencia lógica de este proceso cargado de “crisis” es la pérdida de confianza en el sistema, sumado a la incertidumbre de “qué va a pasar” o “qué nueva crisis se puede dar”. Al mismo tiempo, la reacción más común parece ser la apatía y la resignación, ya que pocas son las esperanzas puestas en el futuro. Los grandes discursos han dado lugar a la palabrería insignificante. Walter Benjamín ya lo vislumbraba cuando preguntaba “¿Acaso dicen hoy los moribundos palabras perdurables que se transmiten como un anillo de generación en generación?” en referencia a la experiencia bárbara y empobrecedora de la Guerra y la realidad vacía de misterio en general Ya no se encuentra en la palabra del político, del ideólogo, del líder religioso, la capacidad de persuasión, la carga de valor en materia de capacidad de cambio, la capacidad de penetrar en lo profundo de la conciencia social y generar un consenso que lleve al hombre a intentar cambiar su destino. El arte como señala Joseph Pico, también es víctima de esta pérdida de mensaje al no haber ya surgimientos novedosos en lo que a corrientes estilísticas se refiere. La excesiva caducidad y repetido surgimiento de nuevos objetos, que muchas veces son idénticos, resulta en la perdida de significancia de los grandes cambios (Pico, 1988). La sensación postmoderna es que ya nada nuevo puede cambiar al mundo, quizás porque ya no se pueda dilucidar lo realmente nuevo debido a que, como plantea Benjamín, lo “nuevo” se traduce en la “siempre misma reproducción de intercambio de valores” La historia como un camino común hacia el progreso también ha perdido su valor significante. Socavados los grandes discursos, se abre el camino de la sociedad mass mediática, en la cual las imágenes y concepciones del mundo son movilizadas por los medios de comunicación. Se hace imposible, de esta manera, entender a la historia como un camino común a toda la humanidad, ya que es imposible establecer una realidad en común. Durante la Edad Media existía una “certeza”, para bien o para mal: al final del camino de la vida terrenal aguardaban el paraíso o la hoguera del infierno. Todo dependía de los actos realizados en vida. Con las revoluciones sociales que llevaron al hombre a re significarse como ser autónomo y libre de mandatos divinos, el destino o el objetivo de la vida pasaba por el camino común que recorría cada ser humano en dirección al progreso, y la plenitud del ser se lograba en vida. Hemos visto en este primer punto que la posmodernidad está marcada por el fin de la idea de progreso, una serie de crisis que desmoronaron algunos cimientos de la estructura moderna, el fin de los grandes discursos, y la ebullición massmediatica... La certeza que alguna vez fue Dios y luego el ser humano racional y perseguidor de un progreso común, ahora, se podría decir, no tiene forma, yendo más lejos, no hay una certeza. Hay vacío, hay incertidumbre. La cascada mediática de valores y mensajes tienden a reproducir millones de reglas, de objetivos, de ideales. Esto genera un doble filo: cuando los mensajes se suceden uno a otro, cuando los objetivos cambian tan abruptamente, ya no queda algo en que creer. Nicolás Casullo: El debate modernidad-Post modernidad. Walter Benjamin: Lectura de la Modernidad Hernán Montecinos: La sociedad posmoderna y las enfermedades de la angustia

Dejá tu comentario