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Mamerto Esquiú, Fraile obispo en los altares

Días pasados pasó un poco desapercibida para muchos medios la celebración de la beatificación del obispo de Córdoba del siglo XIX, Mamerto Esquiú.

Sin embargo, este acontecimiento tiene que ver no sólo con los creyentes de nuestra nación, sino también con todos los hombres de buena voluntad.

Decía el cardenal Villalba, delegado del papa para la celebración de la beatificación en Catamarca: “Mamerto Esquiú nació el 11 de mayo de 1826 aquí, en esta localidad de Piedra Blanca, en la provincia de Catamarca. Su familia era religiosa y trabajadora”. “Ingresó a la Orden Franciscana de Hermanos Menores (O.F.M.) donde profesó los votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia y se ordenó sacerdote a los 22 años, el 18 de octubre de 1848. Se esmeró en la enseñanza y en la predicación”, añadió. “Desde joven enseñó Filosofía y Teología y también fue maestro de niños.

Como sacerdote se dedicó al sacramento de la penitencia y a la dirección espiritual. En 1862 se trasladó al Convento franciscano de Tarija en Bolivia, en búsqueda de una vida religiosa más regular y retirada, dedicándose a la enseñanza de la Teología. En 1864 se traslada a Sucre, capital de Bolivia, a pedido del arzobispo del lugar, para enseñar en el Seminario”, recordó. “En 1872 viajó como misionero a Perú y Ecuador. Y al año siguiente regresa a Tarija. En 1876 viajó a Roma y a Tierra Santa.

En Roma, Esquiú se encuentra con el General de la Orden Franciscana, que dispone que regrese a Catamarca para trabajar por el restablecimiento de la vida común en los conventos. Así, después de 16 años de estar ausente, regresa a Catamarca en 1878”, indicó, y profundizó: “En 1880 es nombrado obispo de Córdoba. En su segundo año como obispo, fue a La Rioja, que pertenecía a su diócesis, a visitar a sus fieles y administrar los sacramentos. Y en el viaje de regreso a su sede episcopal de Córdoba, murió el 10 de enero de 1883, en la posta catamarqueña de El Suncho. Tenía 56 años de edad”.

En los manuales de historia de unos años atrás se hablaba de él como del “orador de la Constitución”, ya que luego de la organización nacional, con su brillante oratoria, no dejó de exhortar a gobernantes y gobernados para que adhirieran a las nuevas leyes de la patria. Estas fueron, en efecto, sus palabras: ‘Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay Patria, no hay verdadera libertad; existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra y males de que Dios libre eternamente a la República Argentina; y concediéndonos vivir en paz, y en orden sobre la tierra, nos dé a todos gozar en el cielo de la bienaventuranza en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, por quien y para quien viven todas las cosas. Amén’.”

Mediante esta exhortación, corroboramos que Esquiú fue un digno representante de la cultura católica hispano criolla respaldada por una sabiduría dos veces milenaria: sería una pena que, en este tiempo, no se oyera la voz de Iglesia con su “doctrina social” en favor de la justicia, la fraternidad, el bien común y la amistad social.

De esta manera, lo afirmaba también el Cardenal Villalba: “El beato Mamerto Esquiú es reconocido como uno de las grandes figuras de nuestro país por su patriotismo ejemplar. Iluminó el orden temporal con la luz del Evangelio, defendiendo y promoviendo la dignidad humana, la paz y la justicia”. En este tiempo de elecciones legislativas nos vendrá muy bien volver a oír lo de nuestro fraile santo: ‘Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay Patria, no hay verdadera libertad”.