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Menos cómplices y más fraternos

Cuando Pablo de Tarso llegó a Jerusalén- unos 20 años después de su conversión luego de transitar largos caminos de la misión-, fue llevado ante el “Sanedrín”, que era una especie de corte suprema de aquella ciudad. Allí fue acusado injustamente de estar contra las leyes de Moisés.

Pero resulta que en ese tribunal existía una “interna feroz”, como se dice hoy día: por un lado estaban los fariseos que creían en la resurrección de los muertos y, por otro, los saduceos que no creían en esa verdad.

Pablo era un hombre muy astuto y tenía santa audacia y sentido del humor. ¿Qué hizo entonces? Dividió a sus enemigos, como lo indica el texto: “Pablo, sabiendo que había dos partidos, el de los saduceos y el de los fariseos, exclamó en medio del Sanedrín: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos, y ahora me están juzgando a causa de nuestra esperanza en la resurrección de los muertos». Y sucedió lo que el Apóstol esperaba: “Se produjo un griterío, y algunos escribas del partido de los fariseos se pusieron de pie y protestaron enérgicamente: «Nosotros no encontramos nada de malo en este hombre. ¿Y si le hubiera hablado algún espíritu o un ángel...?». Como la disputa se hacía cada vez más violenta, el tribuno, temiendo por la integridad de Pablo, mandó descender a los soldados para que lo sacaran de allí y lo llevaran de nuevo a la fortaleza”. En realidad, aquel tribunal llamado Sanedrín en ese momento no basaba su unidad en el bien y la verdad, sino en la complicidad. ¡Sí! Una cosa es la complicidad entendida como la falsa unidad de ciertas personas que se asocian para hacer el mal y otra es la verdadera unidad de los que se hermanan para llevar adelante la verdad y el bien. Una cosa es la complicidad y otra la fraternidad.

Este domingo celebraremos la gran fiesta de la unidad: la Venida del Espíritu Santo que es la Persona Amor de la Trinidad que une al Padre con el Hijo y que une a los hermanos entre sí. Una ciudad, una patria necesita grandes fundamentos para la unidad: razones meditadas en comunidad, celebradas, narradas y llevadas adelante. Cuanto más grandes, más verdaderas y bellas son esas razones, más fuerte es la unidad. Nuestro pueblo argentino necesita re descubrir la maravilla de la “amistad social” que es la más bella razón de la unidad de una comunidad nacional y, al mismo tiempo, precisa desactivar las complicidades…y para eso hacen falta hombres y mujeres que como Pablo de Tarso sepan debilitar con santa astucia los contubernios que dañan la unidad.

Dice el papa Francisco: “La caridad social nos hace amar el bien común y nos lleva a buscar efectivamente el bien de todas las personas, en la dimensión social que las une”. Necesitamos que el Soplo Divino y nuestra libertad creativa nos hagan más amigos en la comunidad nacional y menos cómplices en nuestras mezquindades. Y en este tiempo de “crisis de civilización” necesitamos además dejarnos interpelar por aquellos que como Pablo (con audacia y picardía) ponen en evidencia nuestras más o menos sutiles asociaciones ilícitas.