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Pascua y arte del buen morir

El señor cura entró a terapia intensiva para asistir a un enfermo grave que estaba en medio de todo el ritual de prevención del Covid-19.

Luego de rezar y celebrar con los textos propios de la Iglesia católica, empezó a recitar una breve letanía invocando a los santos. Cuando invocó a San José, en cuanto patrono de la buena muerte, una de los agentes de salud que estaban cerca le hizo una seña para que no hablara tan fuerte, porque el enfermo podía oír el término “muerte”. Es decir que, para esa persona (con buena intención sin duda), era necesario no recordarle al enfermo el carácter “mortal de la vida humana”…no sea que se asustara.

Decía unas semanas atrás, el periodista Sergio Sinay en la revista “La Nación”: “Rodeado de discípulos en su lecho de muerte, Platón recibía de estos una insistente pregunta. ¿Qué consejo póstumo podía dejarles? La respuesta del filósofo fue: “Practiquen el morir”. Corría el año 347 antes de Cristo y desde entonces los humanos nos hemos dedicado a enterrar a la mayor profundidad posible aquel consejo. El siglo veintiuno nos encontró como consumados negadores de la muerte, actitud en la cual la soberbia científica y tecnológica tiene una gran responsabilidad. (…)

En la Edad Media había algo llamado Ars Moriendi, que en latín significa el arte de morir, y eran instrucciones para morir bien. Eso significaba ordenar tu casa, pedirles disculpas a tus seres queridos, confesar tus pecados a Dios, escribir tu testamento”. Agrego yo: “pagar las deudas”. Por un lado, hay quienes se alivian cuando una persona muere de repente sin darse cuenta y dicen: “Qué linda muerte, no sufrió nada, ni cuenta se dio”. Pero, sin embargo, la tradición dos veces milenaria del Pueblo Cristiano ha rezado diciendo “líbrame de una muerte inesperada” porque siempre es mejor presentir la muerte para cultivar el “arte de morir” y dejar la casa más ordenada. Por otro lado, la lucha por recobrar la salud (muy angustiante y necesaria en este tiempo de pandemia) no debe fomentar ilusiones de inmortalidad: vivir de espaldas a la muerte es tener una existencia inauténtica, decía un filósofo del siglo XX. Decía también el periodista que estoy citando: “Durante el siglo veinte, los avances de la medicina hicieron que tanto las agonías como el tiempo de vida se estiraran y que, en cierto modo, la llegada de la Parca se pudiera negociar.

Y empezó a rondar la idea de una posible inmortalidad, la creencia de que los humanos podríamos derrotar a las enfermedades y al natural deterioro que ocasiona el hecho de vivir, hasta alcanzar edades varias veces centenarias o, quizás, edades infinitas. Pero, como ya se sabía en la época de Platón, la soberbia humana suele terminar en dolorosas derrotas que nos recuerdan nuestros límites, nuestras imposibilidades y nuestra mortalidad. Para mayor humillación, el mensaje puede llegar en la forma invisible y ubicua de una cápsula de material genético llamado virus”.

Ante lo inevitable de la muerte, imaginemos nuestras últimas horas con gente alrededor que se refiere a nuestra agonía rememorando la Pascua de la Resurrección y hablando de la esperanza de la eternidad, del perdón de los pecados y de los banquetes que no tienen fin. ¡Una maravilla! De todos modos, quizá alguien alrededor, reprenderá a nuestros seres queridos creyentes porque hablan de la muerte cerca del moribundo.

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