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Borges y el recuerdo de los muertos

Hace unos días, el diario La Nación dio a conocer un texto que Jorge Luis Borges escribió en el año 1985, unos pocos meses antes de su muerte: “Silvano Acosta”. En este relato, el gran escritor hace referencia al pasado de su abuelo paterno evocando particulares circunstancias, que aquí referencio brevemente. Resulta que luego del asesinato de Urquiza las tropas rebeldes de López Jordán sitiaron la ciudad de Paraná y al respecto dice Borges: “Para levantar el sitio, el gobierno envió al regimiento número dos de infantería de línea. Faltaban plazas y una leva recogió algunos vagos en las tabernas y en las casas malas del Bajo. Acosta fue apresado en esa redada, entonces común. (…) A la semana desertó del cuartel y se pasó a los montoneros. Tal vez pensó que la disciplina entre gauchos sería menos severa que en las filas de un ejército regular. Tal vez quería desquitarse de haber sido arrastrado a la guerra. Prosiguió la campaña y un Destacamento del Dos trajo prisioneros. Alguien reconoció al pobre Acosta. Era un desertor y un traidor. El coronel Francisco Borges, mi abuelo, firmó la sentencia de muerte con la buena caligrafía de la época. Cuatro tiradores la ejecutaron. Yo nací treinta años después. Un vago sentimiento de culpa me ata a ese muerto. Sé que le debo una reparación, que no le llegará”.

Pienso modestamente: al parecer Borges pasó toda su vida pensando en su abuelo y en el anónimo difunto fallecido cerca del “río marrón”; al final no quiso que a don Acosta se lo llevara esa especie de segunda muerte que es el olvido. En estas horas, un periodista se preguntaba: “¿Qué habrá impulsado a Borges a evocar esos fantasmas en su última primavera porteña? ¿Qué cuentas ajenas intentaba saldar al revivir aquella muerte ordenada por su abuelo a orillas del Paraná? ¿Qué piadoso pensamiento hacia aquel traidor lo llevaba a dictar esa página en las tibias habitaciones de su departamento de la calle Maipú, que pronto dejaría para siempre?” Para quienes recordamos a los abuelos entre el arado de los campos entrerrianos o entre los prolijos papeles de la “teneduría de libros” nos cuesta de antemano imaginar al padre de un propio progenitor tramando una cruel pena de muerte.

Probablemente, para el niño y el joven Borges haya sido traumático recomponer el recuerdo de ese abuelo, entre la luz de la epopeya y la sombre de la sangre derramada. Ha dicho recientemente en el diario “La Nación” el periodista Pablo Gianera: “Borges que, desde ya, optó por el destino del hombre de letras, de épica sedente, concebía a su abuelo como emblema nostálgico del coraje, especialmente en el momento en que fue solo en busca de su muerte, cercado por la metralla. Lo dice en “Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges (1833-1874)”, poema de El hacedor (1960): “Está en lo cotidiano, en la batalla/ Alto lo dejo en su épico universo/ y casi no tocado por el verso”. Quizá la memoria del escritor no lograba sintetizar el icono del coraje con el de la ejecución aquella.

En relación con esa idea, hay quienes hablan del “síndrome del superviviente” que parece ser-entre otras cosas- una especie de complejo de culpa por haber sobrevivido a muertes injustas (lo padecen por ejemplos los sobrevivientes de campos de concentraciones o los niños que se enteraron que tienen hermanitos abortados). Pero también, por otro lado, hay quienes cargan con culpas ajenas-por amor- en una actitud de expiación. En este último sentido, la tradición hebrea del tiempo del destierro en Babilonia (en el siglo VI A.C.) intuyó que un misterioso y sufrido profeta cargaría sobre sí los pecados de la multitud. Dice Is 53, 5 “Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados”. Quizá en todos los “hijos de Eva” subyace la tragedia de Caín matando a Abel y el benéfico deseo de expiar la sangre injustamente derramada que “clama al cielo”. (Gen 4) Quizá todos llevamos la angustia de un abuelo llamado Caín, o el recuerdo de Silvano Acosta. Quizá todos llevamos también el impulso de cargar, por amor, castigos ajenos y de sacar del anonimato a las pobres almas olvidadas.