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Lo nuevo ¿es lo mejor?

En la Francia del Siglo XX existió un pensador llamado Gustave Thibon (1903- 2001), quien fue un filósofo y autor francés, impulsor del debate filosófico sobre la verdadera esencia de la libertad humana a la luz de los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial.

Nominado al premio Nobel en Literatura cuatro veces, en el año 2000 recibió el Gran Premio de Filosofía de la Academia Francesa.

En su juventud, lloró la muerte de su madre a causa de la gripe española (quizá la pandemia más próxima a nosotros en el tiempo ). Gracias a la enseñanza de dos grandes filósofos católicos se convirtió al cristianismo y tuvo como discípula luego a Simone Weil, una célebre pensadora judía convertida también a la fe católica.

Anota Thibon algo que podemos comprobar en carne propia: “Cada época tiene sus tonterías pseudo revolucionarias, sus innovaciones nacidas muertas que causan el asombro y la risa de la época siguiente”. La fe en el progreso es para él una de esas tonterías. Sobre todo, cuando no se explican los alcances del progreso y, más todavía, cuando caemos en su enfermedad infantil: el progresismo. En otro libro, Thibon había ya apuntado en la misma dirección: “Este es el gran dogma moderno, tan indiscutido, al menos en ciertas mentes, como infundado. Consiste en afirmar que el hoy vale más que el ayer y que el mañana valdrá necesariamente más que el hoy. De tal modo que a principios de siglo los propietarios de algunos cafés los denominaban indiferentemente ‘café del Progreso’ o ‘café del Porvenir’. De aquí la valoración desmesurada de la idea de cambio, como si bastara cambiar las cosas para obtener su mejoramiento”. Detengámonos en esa frase “tonterías pseudo revolucionaria”: en nuestro tiempo de la “modernidad” se cree muchas veces -con mayor rigor que los dogmas- que todo lo nuevo sólo por ser nuevo es un avance amparado, muchas veces, por una experiencia indiscutible que se llama “moda”.

De esta manera, lo que solemos llamar progreso pasa a ser una especie de “paraíso terrenal indiscutible” y utopía garantizada por ciertas elites. En este mismo sentido -agreguemos- la propaganda crea la ilusión de la libertad porque no hay restricciones para pensar lo que es nuevo, lo que supuestamente es bueno por ser nuevo.

A esta altura de este pobre y escueto razonamiento que agrego al célebre francés, ya nos estamos dando cuenta de que en ese “progreso” los que ganan son los dueños de las finanzas y esto sucede porque, simplemente, en el “dogma del progreso” los que “facturan” son los más capaces de hacer buena propaganda a toda costa sin escrúpulo alguno. En el progreso como en la guerra, la primera de las víctimas es la verdad. Hiram Johnson, senador estadounidense, afirmó en 1917 que “La primera víctima de una guerra es la verdad” y cuando muere la verdad, se lucra injustamente con la mentira. Junto con el término progreso solemos utilizar el término “moderno”: ¿En qué sentido? Aquí algunos ejemplos: hablamos de modernizarnos cuando nos actualizamos y compramos una computadora adecuada, entonces, estamos a la moda. Pero también hablamos de modernidad para hacer referencia al tiempo de los últimos siglos, es decir, el del deterioro de las familias y de las instituciones, el del capitalismo salvaje o las socializaciones despersonalizantes, el del ateísmo que negando a Dios termina negando la dignidad de las personas.

Siguiendo el razonamiento de Thibón hemos de decir que también hay que tener cuidado con ciertos “dogmas” que hablan de la “modernización”, porque no siempre lo nuevo es lo mejor, por el contrario, a veces, las evoluciones son involuciones. Providencialmente y, si la casa comunitaria de la tierra no colapsa por el calentamiento global, una nueva generación con piedad nos hará el favor de asombrarse y de reírse de nuestros “progreso” y de nuestra modernidad, como quien se ríe de las caídas infantiles.