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La sexualidad adulta en la cuarentena

Por: Licenciada Ana María Zanini

“Los meses de cuarentena nos atraviesan. Solteros, convivientes y parejas a distancia buscan estrategias para sobrellevar el bajón y contenerse emocional y sexualmente.”

“El covid-19 ha invadido casi todos los aspectos de nuestras vidas. Por lo tanto, no es de extrañar que también se haya infiltrado en nuestras habitaciones, para bien o para mal.”

“Muchas personas informan sobre desafíos en sus vidas y relaciones sexuales, según los primeros hallazgos del estudio Sexo y Relaciones en Tiempos de Covid-19 en curso (Universidad de Indiana) en general ha disminuido el deseo. “

“La pandemia en sí es una situación novedosa que nos atraviesa a todos; es disruptivo y genera temores, incertidumbres y aumento de la ansiedad, al estar en un estado de alerta y amenaza permanente. El aumento del estrés provoca la disminución del deseo y un aumento de la ansiedad, lo que también baja las ganas de tener relaciones sexuales, lo que lleva -a su vez- a la disminución del placer. Por lo que se forma un círculo vicioso: al disminuir el placer, aumenta más la tensión”.

(Extractos de periódicos).

El ser humano está moldeado, atravesado por el contexto Psicobiosocial al que pertenece por lo tanto en el momento actual, con la amenaza del virus COVID 19 es inevitable sentirnos afectados. Y, de todas las cuestiones normalmente conflictivas de nuestra vida: amor, muerte, soledad, pasión bajo el peso de una situación inédita como ésta tomaremos la sexualidad y los avatares en el confinamiento.

Con la epidemia del Sida (virus HIV) en los años 80/90 se presentaban situaciones en las prácticas de la sexualidad que se asemejan a las actuales. En aquellas épocas se catalogaba al Sida como peste rosa o como castigo por una sexualidad transgresora y se proponía la abstinencia sexual como remedio, o incluso desde algunos grupos gays proponían el cierre de los sitios donde se concurría para tener relaciones sexuales-, le siguió una contraofensiva desde diversos sectores (trabajadores de salud, movimientos feministas y etc.) que produjo que se empezara a hablar masivamente de sexualidad y en particular de sexualidades no tradicionales y no normalizadas, y también de la necesidad de uso del preservativo para poder continuar experimentando una vida sexual activa y placentera sin por eso ser vulnerable a la transmisión del virus.

Con los riesgos que suponen los encuentros sexuales en la pandemia que nos amenaza en estos momentos se han emitido recomendaciones de organismos sanitarios que dicen que, en pos de evitar los encuentros entre personas que no conviven, se “autorizan” y prescriben las videollamadas, el sexo virtual, el sexting y una práctica históricamente proscripta: la masturbación. En primer lugar, notemos que, en rigor, esto no es “nuevo”, en toda sociedad hay prácticas sexuales que se permiten y otras que están vedadas. En otro sentido, lo “nuevo” es que prácticas que no solo han sido proscriptas sino también castigadas, ahora son “recomendadas”.

A partir de la epidemia del SIDA hubo transformaciones en la subjetividad ¿Qué efectos subjetivos se producen cuando se intenta encauzar la sexualidad por ciertos carriles, es decir, a través de ciertas formas normalizadas de placer?: obviamente la primera respuesta es: se promovió la transgresión a lo decretado, ya que de eso se trata parece la búsqueda del placer: rozar los límites de lo prohibido.

Hablemos de sexualidad: La sexualidad humana está presente siempre, de un modo u otro en cada instante de la vida, en los vínculos que construimos, en nuestros momentos de mayor goce y a veces también en los de mayor sufrimiento. Tiene que ver con los espacios sociales más importantes que creamos en el devenir de nuestra existencia: la pareja, los hijos, la familia. Somos seres sexuales, pero a diferencia de nuestros primos los mamíferos superiores, nuestra sexualidad es eminentemente simbólica: a través de ella construirnos gran parte de nuestra imagen de nosotros mismos y de la de los demás. La sexualidad, en fin, nos acompaña desde el primero hasta el último día de nuestra vida.

“La sexualidad es la integración de los elementos somáticos, emocionales, intelectuales y sociales del ser sexual por medios que sean positivamente enriquecedores y que potencien en las personas, la comunicación y el amor”

Como seres sociales que somos, muchos miedos de los que tenemos forman parte de intentar no sentirnos rechazados, aislados y raros. Para ello, acatamos y transmitimos mediante la comunicación, los mensajes que hemos interiorizado, convirtiéndolos en valores y normas de conducta. El cómo vive la sexualidad una población específica es fruto de la socialización.

A modo de conclusión podemos decir que la pandemia es una situación novedosa que nos atraviesa a todos; es disruptiva y genera temores, incertidumbres y aumento de la ansiedad, al estar en un estado de alerta y amenaza permanente. El aumento del estrés provoca la disminución del deseo y un aumento de la ansiedad, lo que también baja las ganas de tener relaciones sexuales, lo que lleva -a su vez- a la disminución del placer. Por lo que se forma un círculo vicioso: al disminuir el placer, aumenta más la tensión”.

En cuanto al estrés, desgraciadamente el factor que lo motiva aún sigue presente, provocando cambios emocionales bruscos, ansiedad, viencia de vacío y depresión, afectando por supuesto las funciones sexuales que han provocado la disminución del deseo pero, es bueno explicar en algunos casos de aumento de la actividad sexual, ésta no estaría ligada a un aumento del deseo sino motivada por elevado nivel de ansiedad que, al realizar una descarga sexual para bajar el estrés y el vacío emocional ( sería una forma de actuación por adicción, a veces va acompañada de ingesta de alcohol )

La necesaria cuarentena y el distanciamiento social, con los cuales nos cuidamos de que el otro no nos contagie, atraviesa la subjetividad de tal manera que simbólicamente va a continuar. La pandemia en algún momento va a terminar, pero sus marcas van a continuar. El peligro es que el barbijo también tape nuestra subjetividad en el encuentro con el otro; que afiance la ruptura del lazo social, en especial ante la crisis social, política y económica. De allí la importancia de generar un pensamiento crítico que se sostenga en una práctica que permita producir comunidad.