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El mes de la Biblia y el balde agrietado

Para los católicos, septiembre es el mes de la Biblia. En este contexto, el Pbro. Jorge H Leiva, nos comparte una historia.

Para los católicos, septiembre es el mes de la Biblia. Comparto con ustedes (con algunas variantes), queridos lectores, un cuento que circula en las redes.

Cuenta una historia que un anciano monje vivía en el desierto con un joven novicio.

Y como los monjes acostumbran a leer diariamente la Sagrada Escritura y a “rumiarla” a lo largo de la jornada, un día el joven monje dijo: - maestro, yo intento leer la Biblia, me gusta mucho, pero no la entiendo y lo poco que logro entender se me olvida enseguida. ¿Por qué necesitamos leer la Biblia? ¿Qué tiene de bueno?

El viejo que escuchaba, mientras echaba carbón en la estufa, respondió: - Querido hijo, toma el canasto de carbón ve al río y tráemelo lleno de agua.

El muchacho obedeció, aunque toda el agua se perdió antes de que él pudiera volver a la casa.

El anciano dijo: - Tendrás que caminar más rápido y lo envió nuevamente al río con el canasto del carbón para hacer un nuevo intento.

Esta vez el joven corrió todo lo que pudo, pero de nuevo el canasto estaba vacío antes de que llegar. Al llegar de nuevo con el canasto vacío, dijo: - ¡Mire maestro, es inútil! - ¿Por qué piensas que es inútil?, le preguntó el anciano. Mira dentro del canasto, ¿no ves algo diferente? El muchacho miró el canasto y no vio nada especial, pero de pronto se dio cuenta de que en lugar de estar sucio y lleno de restos de carbón, estaba muy limpio.

-Hijo, le dijo el experimentado hombre de Dios, esto es lo que pasa cuando tú lees la Biblia; tal vez no puedes entender o recordarlo todo, pero a medida que la vas leyendo la lectura te limpia por dentro. Hasta acá el cuento-parábola.

En la antigüedad, los sujetos en medio de las comunidades se reconocían a sí mismo y en unidad con sus comunidades y civilizaciones gracias a los grandes relatos mítico-simbólicos. Los rituales comunitarios daban unidad a los grupos desde la memoria. Luego, en la Edad Media del cristianismo, el relato cristiano daba sentido a todo. En siglo XX, los grandes relatos estatales vinieron a suplir al “relato eclesiástico”.

Pero llegó el fracaso rotundo de las guerras y de la caída de los grandes proyectos. Hoy estamos regidos -quizá sin darnos cuenta- por el “argumento del consumo” que tiene como trasfondo el neoliberalismo. La propaganda unida a la red de internet rige gran parte de nuestros comportamientos: ya no tenemos las palabras de la Biblia, sino de la información y la propaganda mediática. Necesitamos crear nuevos relatos en medio de esta realidad tan distinta que nos toca vivir.

La lectura orante de la Escritura, hecha a la luz de la Tradición eclesial de dos mil años es -para los creyentes- el centro de esa “purificación en el agua de la Palabra y el Espíritu”, la continua creación del sentido de la vida. Será tedioso en principio para los ciudadanos del siglo XXI volver a cargar de agua un balde que está manchado.

Pero como para el monjecito del cuento será necesario reiniciar con paciencia el camino hacia el “Río de Agua Viva”: sabemos que nuestro balde está agrietado, pero de tanto cargar agua se irá purificando. ¡Cuánto necesitamos ser “discípulos de la Palabra” para tener pureza del corazón, para celebrarla en comunidad y para vivirla en la vida diaria!

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