Locales | pecados capitales | Soberbia | El tiempo

Pecados capitales: La Soberbia

Por Ana María Zanini

Tal como les había propuesto el domingo anterior, transitaremos hoy, conociendo y conociéndonos a través de las pasiones humanas uno de los pecados capitales: la Soberbia.

Veremos algunas conceptualizaciones de este pecado desde el prisma de un gran filósofo del judaísmo como fue Baruch de Spinoza, a su vez, dentro del catolicismo tomaré a San Bernardo de Claraval, también Santo Tomás de Aquino y en la actualidad, el Papa Francisco. Desde la Literatura Dante Alighieri en su Divina Comedia, una mirada desde mi óptica Psicológica y, para finalizar con una breve alusión al mito griego de Aracne.

Dice Spinoza que la soberbia consiste en estimarse a uno mismo, por amor propio, en más de lo justo, opinión que el hombre soberbio se esforzará cuanto pueda en mantener; y, de esta suerte, los soberbios amarán la presencia de los parásitos o aduladores, y huirán de la presencia de los generosos, que los estiman en lo justo.

La soberbia se diferencia, pues, de la sobreestimación, en que ésta se refiere a un objeto exterior, y la soberbia, en cambio, se refiere al hombre mismo que se estima en más de lo justo. Además, así como la sobreestimación es un efecto o propiedad del amor, así la soberbia es un efecto o propiedad del amor propio, el cual puede definirse, por ello, a su vez, como clamor de sí mismo, o el contento de sí mismo, en cuanto afecta al hombre de tal modo que se estima a sí mismo en más de lo justo. Este afecto no tiene contrario, pues nadie se estima a sí mismo, por odio hacia sí mismo, en menos de lo justo; es más: nadie se estima a sí mismo en menos de lo justo por el hecho de imaginar que no puede esto o aquello. Pues el hombre imagina necesariamente todo cuanto imagina que no puede hacer, y esta imaginación lo conforma de tal manera que realmente no puede hacer lo que imagina que no puede. En tanto que imagina, en efecto, que no puede hacer tal o cual cosa, no se determina a hacerla y, consiguientemente, le es imposible hacerla.

San Bernardo de Claraval: La soberbia es el pecado capital que impide el propio conocimiento y el situarnos en el justo punto de la verdad. Para llegar al conocimiento de Dios (Verdad última en Filosofía) es necesario partir del propio conocimiento y no lo tendremos mientras no tengamos identificados los puntos de soberbia de nuestro propio yo. Conceptos interesantes del Santo, similares a los cuestionamientos que nos realizamos en una psicoterapia, donde es fundamental el interrogante por el ser socrático.

Tomás de Aquino indica que soberbio es el que tiene un amor desordenado hacia su propio bien por encima de otros bienes superiores. El sólo hecho de dudar si existen bienes superiores al propio ya es, pues, síntoma de este defecto. Es amor desordenado, porque como el soberbio no se conoce como quién es, sino que tiene un conocimiento de sí como de aquél que quiere ser, desea para él lo que no le es adecuado. Para consigo mismo la actitud soberbia lleva al convencimiento de que sin el propio criterio y experiencia difícilmente se acierta en un tema o se realiza algo con corrección. Manifestaciones suyas son la arrogancia y la jactancia, la primera, porque se siente pagado de sus propios éxitos por encima de su objetiva valía; la segunda, que puede ser de cualidades que no tiene o que tiene.

El Papa Francisco en reiteradas oportunidades alude a este pecado capital, me pareció pertinente usar sus palabras: “La actitud más peligrosa de toda vida cristiana ¿cuál es? Es la soberbia. Es la actitud de quien se coloca ante Dios pensando que siempre tiene las cuentas en orden con Él: el soberbio cree que hace todo bien. Como ese fariseo de la parábola, que en el templo cree que está rezando pero que, en realidad, se elogia ante Dios ‘Te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás”

En la Divina Comedia, obra maestra del Dante a la que aludimos en la nota anterior, este pecado capital es ubicado en el Purgatorio: en el primer círculo los orgullosos caminan inclinados por una carga grande de una roca inmensa y no pueden mirar hacia arriba hasta que no se dan cuenta de que tan grande es su pecado.

Llegamos así al propósito de desentrañar la soberbia desde el Psicoanálisis:

En la actualidad, algunos filósofos opinan que la soberbia pasa de ser un pecado a ser virtud, ser autosuficiente es la Biblia de la Posmodernidad. De esta manera la autoestima, se transforma en un concepto tan banalizado que solo sirve para tapar la verdadera reflexión acerca de uno mismo, corriendo tras de sus pulsiones inconscientes, que le son cada vez más desconocidas.

Hablemos de Narcisismo:

“Por Narciso se puede entender cualquier persona que recibe mucha vanagloria y presunción de sí mismo y de su hermosura o fortaleza o de otra gracia alguna, de tal manera que, a todos estimando en poco y menospreciándolos, cree no ser otra cosa buena salvo él solo, el cual amor propio es causa de perdición”. Juan Pérez de Moya (1585).

“Don Quijote, ofreciéndole la mano a Maritornes a través de un agujero en el muro: “Tomad, señora, mi mano o, por mejor decir, ese verdugo de los malhechores del mundo. No os la doy para que la beséis, sino para que miréis la contextura de sus nervios, la trabazón de sus músculos, la anchura y espaciosidad de sus venas”. Miguel de Cervantes (1605).

Para el psicoanálisis el amor al propio yo como instancia diferente a los objetos de amor exteriores es lo que Freud denominó narcisismo. Es interesante ir la referencia clásica del mito grecolatino de Narciso cuya versión más conocida es la de Las metamorfosis de Ovidio. El Narciso del mito grecolatino estaba dotado de una belleza excepcional y un orgullo desmesurado. El adivino Tiresias había anunciado de manera enigmática: “solo vivirá mucho tiempo si no se conoce a sí mismo”. De esta manera el maleficio de Ovidio va dirigido a aquel que ama su propia imagen. El mito de Narciso dice algo del carácter mortífero del ensimismamiento en la propia persona, en la propia imagen.

Si la soberbia era el pecado de creer que se puede vivir sin Dios, podríamos plantear que la promoción de la autoestima tiene que ver con creer que uno puede prescindir del inconsciente a la hora de enfrentarse al malestar. El hombre de nuestra época cree que es él quien maneja los hilos cuando no hace sino correr tras de sus pulsiones inconscientes, que cada vez le son más desconocidas, ocultas tras la idea de la autoestima.

La personalidad narcisista se caracteriza desde el punto de vista clínico por un tipo de relación con el prójimo presidida por la soberbia, la arrogancia y la altanería, tres rasgos que son expresión manifiesta de la sobrevalorización o idealización del Yo. A esta tríada –soberbia, arrogancia y altanería– le acompaña y complementa una actitud de desprecio y desvalorización de las demás personas. Por otra parte, desde el punto de vista dinámico y estructu­ral, este tipo de relación en el que se asocian la sobrevaloración de sí mismo y el desprecio de los demás, lleva implícita la presencia interna de un objeto idealizado con el que el Yo narcisista se identifica sintiéndose “grandioso” (de ahí la soberbia y la arrogan­cia). A estas características se refiere claramente la cita de Juan Pérez de Moya (1585): “de tal manera que, a todos estimando en poco y menospreciándolos, cree no ser otra cosa buena salvo él solo”; en tanto que la de Don Quijote habla de una consecuencia complementaria, que es la vanidad como necesidad y deseo de ser admirado: “de donde sacaréis qué tal debe ser la fuerza del brazo que tal mano tiene”.

Como dije terminaré citando el mito de Aracne .( Acerca de la Soberbia)

Edmon un tintorero había tenido una hija llamada Aracne, con el tiempo fue desarrollando habilidades en el taller de su padre perfeccionando el arte del tejido y el bordado, la gente se maravillaba con los trabajos de la joven, tanto así que empezaron a alabar sus elaboraciones como si fueran obras de una diosa misma.

Rápidamente empezó a llegar a los oídos de Aracne el rumor de la gente diciendo que ella era mejor para bordar que la misma diosa Athenea (diosa de la sabiduría), a su vez el rumor también llegó a los oídos de la diosa. La ira de la diosa Athenea aumentó cuando Aracne siendo poseída por la SOBERBIA (rasgo común en el ser humano) empezó a creerse mejor que la diosa.

Athenea descendió del Olimpo transformada en una anciana, le dio la oportunidad a Aracne de retractarse, le advirtió que no ofendiera a los dioses creyéndose mejor que ellos, sin embargo Aracne no hizo caso y se burló de la anciana diciendo que en una competencia ella le ganaría a la diosa.

Athenea enfurecida sale del disfraz de la anciana y se llevó a cabo el concurso de tejido y bordado. Athenea rememoró la batalla que tuvo con Poseidón por la ciudad de Athenas la cual ella ganó, y que en honor a ella le pusieron dicho nombre. Aracne embriagada de soberbia retrató 22 escenas donde los dioses practicaban sus infidelidades disfrazados como animales.

Finalizando el concurso Athenea admitió que Aracne era buena tejiendo, pero se enfadó por lo que ella había plasmado en su tela, furiosa rompió lo que Aracne había elaborado, de los golpes arrojados, también le dio a la joven sacándola de la soberbia y devolviéndola a la realidad. La joven con vergüenza se retiró, tratando de ahorcarse, Athenea apiadándose de la joven convirtió la soga en tela de araña y a Aracne la transformó en una ARAÑA.