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Pequeñas historias y corazones llenos de nombres

“Al final de la vida me preguntarán: ¿has amado?.../Y yo no diré nada./Mostraré las manos vacías/y el corazón lleno de nombres”.

A estas palabras las escribió el reconocido Obispo Pedro Casaldáliga, religioso y además escritor y poeta español y un defensor de los derechos de los menos favorecidos, quien vivió mucho tiempo en Brasil, donde falleció en agosto de este año 2020. Llama la atención cómo la emergencia sanitaria nos ha ayudado a replantear nuestros vínculos.

Nuestra necesidad de comunicarnos, de reunirnos no solo como familia sino también como pueblo, como comunidad religiosa. Y esto sucede porque sólo en una comunidad sabemos quiénes somos, sobre todo cuando en nuestra sinfonía aparecen afinados, de la mejor manera posible, el instrumento musical de la soledad con ese otro instrumento que se llama “encuentro”.

Esta necesidad de comunicación en los tres aspectos señalados con anterioridad, aparecen reflejados en los siguientes ejemplos: Daniel – un hombre de 40 años- no tenía colectivos para llegar desde Crespo al casamiento de su hermana menor que tenía lugar en Gualeguaychú. ¿Qué podía hacer ante esa imposibilidad? Él no quería dejar de compartir con su hermana y con su familia tan bendecido momento. Entonces, consiguió justo un camionero que iba hasta Mansilla y cargó en el camión la bicicleta; luego se fue en ella desde Mansilla hasta Gualeguaychú para estar cansado, pero contento en el Templo de Santa Teresita junto a su gente en la ceremonia nupcial.

Luego regresó con su bici al trabajo. Daniel tiene el corazón lleno de nombres. Por otro lado, Stella, que trabaja como enfermera en la selva del gran Buenos Aires, se levanta a las 5,30 hs. para llegar a la clínica a las 7, 30 h. De repente, en un día de descanso, sintió la profunda de necesidad de anotarse para ir a una parroquia a comulgar (luego de varios meses de cuarentena) y para ello debió viajar durante dos largas horas entre el laberinto de los barrios y ciudades hasta llegar a la catedral de San Isidro a la celebración de la liturgia. Luego, regresó para acompañar el dolor de hermanos llagados por la fragilidad de la existencia cotidiana, tendidos en camas parientes del Gólgota. Stella también tiene el corazón lleno de nombres.

Por último, Vanesa, quien es madre de 4 gurises, retomó con uno de ellos a la misa de los domingos en la parroquia del barrio y al salir de la celebración exclamó: “Qué lindo es volver”. Luego, regresó a las bellas y difíciles tareas de la vida matrimonial, familiar y laboral. Vanesa tiene el corazón lleno de nombres. Mis tres personajes se jugaron por tener el corazón lleno de nombres a través de ritos religiosos y fraternos altamente significativos para sus vidas: todas estas escenas estuvieron marcadas por la paciencia y la fortaleza; por el proyecto a largo plazo (quizá con un “plazo de eternidad”), anclado en la multitud de recuerdos propios de existencias en busca de sentido. Daniel, Stella y Vanesa tienen una existencia intensamente personal y comunitaria a la vez: con esos dos instrumentos tejen sus melodías. Tienen las manos vacías de tanto compartir con otros su vida, sus recursos y su amor, en el extremo sur del planeta, en recónditos caseríos periféricos del planeta.

Un día llegará el final para sus cansadas existencias. En medio de tanta fragilidad podrán mostrar sus manos gastadas y vacías de tanto dar y podrán abrir sus pechos para mostrar su corazón poblado de nombres, simplemente porque supieron olvidarse de sí mismos para atender al otro. Por estos pequeños grandes gestos es que en el mundo hay esperanza y hay alegría.