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EL ODIO

Puede odiarse a personas o puede odiarse lo que ellas representan. Pueden odiarse pueblos e ideologías. Pueden odiarse incluso ideas. Se producen así demonizaciones del objeto, que es visto como algo esencialmente malo o que nos causa algún mal por su mera existencia.

La psicología define el odio como un sentimiento "profundo y duradero, intensa expresión de animosidad, ira y hostilidad hacia una persona, grupo u objeto".

Debido a que el odio se cree que es de larga duración, muchos psicólogos consideran que es más una actitud o disposición que un estado emocional temporal. Lo que todos los estudios coinciden en afirmar es que el odio es un sentir patológico y con consecuencias graves para aquel que lo siente y para aquellos a los que éste va dirigido. Sin embargo, no siempre es fácil reconocer a personas con emociones tan dañinas, dado que el odio favorece el desarrollo de capacidades para encubrir esa emoción. Pero también porque los que odian poseen mecanismos aún no suficientemente estudiados, que les permite llevar una vida normalizada cuando conviven con esa parte de la humanidad a la que no odian.

El museo del holocausto de EEUU en Washington contiene un álbum con fotos perteneciente a Karl Höcker, mano derecha jefe del campo de Auschwitz. En ellas se muestra la vida alegre y distendida de varios nazis tras una dura jornada de trabajo exterminando judíos. Lo más terrible de encajar es que esas imágenes muestran personas “aparentemente normales, amigables, incluso bondadosas”.

Nada en sus rostros muestra maldad esperada en seres que horas antes mataban despiadadamente. Quizás sea verdad. El daño generado por los que odian, no les impide gozar de otra vida llena amor, amistad o alegría. Qué paradoja. Es una lástima que muchas víctimas del odio no puedan decir lo mismo.

Thiebaut sostiene que los odios definen a los individuos, y los grupos en que se incluyen, al reflejar las marcas de “pertenencia social, de establecimiento jerárquico de los mejores y de los peores por medio de los gustos y de los hábitos”. El sostiene que “dime lo que odias y retratarás tus virtudes, el mejor rostro de tu identidad”.

Odiar a personas concretas –desearles un mal– sería algo malo, mientras que odiar conceptos abstractos podría ser aceptable, como por ejemplo en el caso de nociones tales como la “crueldad, el despotismo o la tiranía”.

Se da la paradoja de que, en ocasiones, expresamos los límites de nuestra identidad odiando determinados conceptos abstractos que consideramos detestables: “odiar cruelmente la crueldad, nos pone ante la paradoja de que nosotros mismos somos crueles cuando más la rechazamos”. Al odiar algo odioso, en cierta forma hacemos un ejercicio de negatividad que nos vincula con el objeto de nuestra crítica. Los odios públicos buscan causar mal a un colectivo concreto y suelen ser caldo de cultivo para diversas manifestaciones, como los delitos de odio o los genocidios. Aunque, en los casos extremos de lenguaje del odio, el derecho puede intervenir, la educación en derechos humanos es la clave para que las identidades y las alteridades tengan una relación armoniosa más allá del odio.

El odio no va dirigido a un objeto cualquiera, sino que afecta al sujeto mismo por la existencia de un vínculo estrecho entre este y ese objeto, no porque constituya una amenaza (¿odiamos a un criminal que, una vez, nos robó la cartera?), sino porque su existencia nos afecta esencialmente. El objeto de odio es, pues, significativo. El odio condiciona, marca, designa, nos fija a un objeto que pasa a ser parte de quien odia. Al que odia no le basta con la aniquilación de su objeto ni con su sufrimiento: puede incluso querer acabar con su estirpe y con su sangre para evitar que nada de él o de ello perviva. Que nada quede.

Thiebaut sostiene que “los odios políticos pueden nacer de un desprecio pero se consolidan porque lo odiado se entiende como amenaza, como un peligro que, a su vez, nos odia”. El odio es una emoción, que puede ser manipulada –especialmente por demagogos– y ha tenido históricamente gran poder movilizador. Los odios públicos buscan causar mal a un colectivo concreto y suelen ser caldo de cultivo para diversas manifestaciones, como los delitos de odio o los genocidios.

Aunque una larga tradición, de Aristóteles a Fromm pasando por Spinoza o por Hume, han hecho del odio una pasión asociada al amor, entendido como su contrario, el odio tiene más de “ira arraigada” como diría Cicerón (Odium est ira inveterada) y, como tal, ni está simétricamente contrapuesto al amor ni constituye un extremo. En el pensamiento griego, si algo se opone al Eros (Amor) es el Tanatos, la muerte, y esta poco tiene que ver con el odio, que, en griego, significa “lo que se aborrece”. Lo que todos los estudios coinciden en afirmar es que el odio es un sentir patológico y con consecuencias graves para aquel que lo siente y para aquellos a los que éste va dirigido. Pero lo cierto es que a pesar de conocer sobradamente sus consecuencias hoy el odio sigue alentándose. A veces de manera sutil. Sin embargo, no siempre es fácil reconocer a personas con emociones tan dañinas, dado que el odio favorece el desarrollo de capacidades para encubrir esa emoción. Pero también porque los que odian poseen mecanismos aún no suficientemente estudiados, que les permite llevar una vida normalizada cuando conviven con esa parte de la humanidad a la que no odian.

“El odio es un estado del yo que desea destruir la fuente de su infelicidad” Sigmund Freud