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La política también es moral

Moral y política mantienen siempre y en todas partes una ineludible relación de hecho.

"El conjunto de reglas sobre lo bueno y lo malo a las que se someten las conductas privadas, las costumbres que reinan en una comunidad, se reflejan tanto en la política institucional como en los comportamientos públicos de las gentes. La política real, a su vez, engendra y fomenta actitudes, virtudes o vicios, creencias…, en definitiva, un ethos o un modo de ser colectivo” (Fuente: Aurelio Arteta, pensador y catedrático español de Filosofía Moral y Política en la Universidad del País Vasco).

A su vez, si la política supone en su definición la búsqueda del bien común, y por ello Platón la calificaba como la acción humana más elevada, no puede carecer de reglas y de moral (Fuente: Mario Antonio Sandoval para Prensa Libre https://www.prensalibre.com/opinion/relacion-entre-politica-y-moral/).

Querer separar la moral de los asuntos políticos cabe solamente en aquellas personalidades adherentes al proyecto gubernamental del oficialismo que pretenden justificar el lamentable y grave error del Presidente y toda la polémica alrededor del festejo de cumpleaños en la Quinta de Olivos. Una verdadera vergüenza institucional. Injustificable desde cualquier lado que se la mire.

En palabras del pensador alemán, Max Weber, el Presidente falló tanto en términos de político por vocación como en el plano de político por profesión. Esta ofensa a la ciudadanía argentina de parte de Alberto Fernández no sólo diluye su legitimidad moral, sino que también exhibe una vez más como la corporación política piensa que vive en un país diferente al resto.

El presidente explicitó algunas de sus peores características como líder. Cero empatía hacia vastos segmentos de la sociedad que tanto están sufriendo está crisis sanitaria y económica. Asimismo, nula ejemplaridad a la hora de respetar sus propios decretos. Por otra parte, escasa honradez y valentía al echar culpas hacia su compañera por la organización de la fiesta. El Presidente es él y, por ende, las responsabilidades institucionales revisten sobre su figura.

Es tiempo de que la sociedad civil demande y active en acciones democráticas el fin de los privilegios de la casta política. Una casta que, en el contexto de la pandemia del COVID-19, mostró algunas de sus peores versiones.

Al Presidente le queda la legitimidad formal del voto que le otorgó la ciudadanía. Sin embargo, su autoridad moral ya no existe. En este escenario, Fernández no tiene más posibilidades de dar pasos en falso. No sólo por la eficiencia de su gestión, sino por el correcto funcionamiento de nuestro sistema republicano en general.