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Dando pasos hacia la resiliencia post-COVID

Una editorial escrita por el Dr. Bernardo "Cacho" Gandini

La subsistencia diaria sin bienestar no es resiliencia. La psicología y las ciencias sociales, definen la resiliencia como el adaptarse bien ante la adversidad, trauma, tragedia, amenazas o fuentes de estrés. La capacidad de resiliencia es inherente a todas las personas; se logra con esfuerzo y se mejora con la práctica. ¿Qué bienestar es lo suficientemente bueno para alcanzar el nivel de resiliencia?

La capacidad de recuperación consiste en adaptarse: Este es el primer elemento sobre el que debe sumarse el bienestar para constituir la resiliencia, proceso con niveles o etapas. Las comunidades y las personas que enfrentan bien, a las adversidades: Como guerra, hambre, pobreza, enfermedad o muerte, lo hacen utilizando los recursos de resiliencia, que es conveniente reconocerlos y aprender a utilizarlos.

No podemos modificar los acontecimientos o las adversidades que ocurren, pero sí podemos decidir las actitudes a tomar frente a ellos. ¿Qué cosas nos ayudan a ser resilientes? En este aspecto se reconocen los pilares de la resiliencia: -Aprendizaje continuo: Cada nueva experiencia se convierte en un aprendizaje y este debe integrarse a los existentes; de esta forma aprenden los adultos, para lo cual deben desaprender aquello que es conflictivo, y evita la integración de lo nuevo. -Generar futuro: Desde una mirada esperanzadora, rediseñando trabajos, emprendimientos, proyectos y liderazgos. -Expresar gratitud: La gratitud nos facilita ser más optimistas, ver el vaso medio lleno. -Conectar con la creatividad: Todas las actividades artísticas, manuales, como escribir y leer, nos ayudan a regularnos emocionalmente y a fortalecernos. -Cuidarnos: Hacer ejercicio regularmente, meditar y alimentarnos saludablemente: Mens sana in corpore sano. -Practicar el sentido del humor: Nos ayudará a liberarnos de las tensiones emocionales. - Integración a la comunidad: La resiliencia se teje en la relación con las demás personas, es una tarea colectiva. Los vínculos tejidos con resiliencia, nos permiten sobrellevar y superar los momentos más inciertos.

El ayudarse a uno mismo, siempre comienza ayudando a los demás. La capacidad de dar y de recibir afecto, es la principal fuente de resiliencia: Para eso hay que formar círculos de empatía, porque ellos nos permiten sentirnos seguros. En el voluntariado, se ha comprobado que donar dinero o pensar en donar dinero, libera sustancias químicas cerebrales que hacen sentirse bien y activan las áreas estimulada por placeres, como la comida y el sexo; los estudios en voluntarios, muestran niveles más bajos de cortisol, hormona del estrés, los días que trabajan en ese rol.

Esta pandemia, dejará aprendizajes y probabilidades de recuperación. La resiliencia es un hábito que nos ayudará a convivir con incertidumbre e improvisar caminos, generar futuro, tejer nuevas redes y convertir las crisis en oportunidades, de crecimiento y fortalecimiento de nuestras estructuras internas o del yo,

“Un buen profesor tiene que ser capaz de ponerse en
el lugar de quienes encuentran difícil avanzar”
Eliphas Levi