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Héctor Acosta, "Ruso" el zapatero

El pasado domingo falleció el "Ruso", el zapatero que desempeñaba sus labores en el Mercado Modelo, y que era zapatero hacía más de 50 años.

En este marco, les compartimos una nota que le realizamos hace dos años, acerca de su oficio, lugares de trabajo, los cambios en los materiales y anécdotas.

Empecé a trabajar en el oficio a los 19 años; ya hace 51 que estoy en esta tarea”, comienza diciendo Acosta. “Empecé con el señor Muñoz que tenía su taller frente al banco de Entre Ríos; no sabía nada de arreglar zapatos y aprendí con él; estuve ahí cerca de 12 años. Cuando Aquiles González puso la zapatillería, que estuvo ubicada en calle Maipú, me invitó a ser socio, así me podía independizar. Pusimos el taller hasta que le pidieron el local y nos abrimos cada cual para su lado”.

Más adelante nos habla de su independencia laboral: “A esa altura tenía 31 años, me ubiqué en un local en la calle Urquiza, frente a Empleados de Comercio, donde estuve unos 6 años. Ese lugar era de Sajnín y me lo pidieron; como no conseguía y ya había fallecido don José, me ubicaron en el que era su cuarto de revelado, por calle Rivadavia. Más adelante me anoticié del localcito que era de Novella, frente a la Escuela Chiclana; ahí estuve 21 años. Luego ya me vine a este local del Mercado, donde hace unos 10 años que estoy”.

Le preguntamos a H. Acosta sobre los trabajos que se hacían años atrás: “En este momento los trabajos que me traen son todos de pegado, todo cementado, todo viene de plástico, la suela prácticamente no existe más; se pega media suela de goma. Los estudiantes de educación física me traen zapatillas para pegar o cambiarles las gomas. Antes toda era suela, eran muy pocos los zapatos de goma o plástico. Había mucho trabajo, se podía hacer una mejor compostura”.

Sobre los clientes nos dice: “Con los arreglos la gente lo pide rápido, como también ocurre que uno lo hace y después no lo pasan a buscar. A veces los esperaba hasta altas horas de la noche porque me los habían pedido para ir al baile, y recién venían al sábado siguiente. Como también ocurre que vienen y uno no tuvo tiempo de hacerlo”.

Más adelante agrega: “Toda mi vida trabaje más o menos desde las 9 de la mañana, corrido hasta las 9 o 10 de la noche. Antes, cuando no había tanto “sabandija”, se trabajaba hasta la una o dos de la madrugada. Casi siempre traen los trabajos las mujeres de la familia y generalmente con apuro. Los hombres dicen “hacelo cuando podás”. Ahora me pregunto si no hay más estudiantes fuera de la ciudad, ya antes venía la gente a pedir turno porque venían los hijos de Buenos Aires que estaban estudiando y ahí tenía que venir hasta los domingos para que se llevaran los zapatos arreglados. También llevaba zapatos a domicilio, sobre todo cuando los necesitaban urgente al otro día temprano y los terminaba muy tarde”.

Ruso Acosta comparte una anécdota: “Me acuerdo es que tenía listo una arreglo de unos zapatos de mujer; vino el esposo a buscarlos, era de Médanos. Vio unos y me dijo “esos son, me los llevo”. No me fijé en el nombre porque lo vi muy seguro, pero no me di cuenta que había un par exactamente igual, de distinto número, uno era 36 y el otro 39. Cuando vino la otra señora a buscar sus zapatos, se los di y observa “esto es grande, no es mío”. ¡Qué macana!, dije yo, pero la tranquilicé porque sabía quien había llevados los otros y estaban seguros. Así fue a los pocos días el señor trajo los zapatos equivocados”.

Para finalizar recuerda: “En este lugar antes estuvieron los zapateros Manzo y luego Taborda; en la 25 estaba El Griego; éramos varios los del oficio. Ahora sólo quedamos tres o cuatro, pero creo que somos suficientes para la ciudad. El trabajo con suela que era el más lindo, ya no se hace. Eso se extraña. A veces tengo ganas de ir dejando, pero por ahora, mientras la salud me dé, voy a seguir”.