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La homosexualidad en las raíces Grecolatinas.

Por Ana María Zanini

“Si el sexo está reprimido, es decir, destinado a la prohibición, a la inexistencia y al mutismo, el solo hecho de hablar de él, y de hablar de su represión, posee como un aire de transgresión deliberada”. (M. Foucault).

Pretendo en esta nota investigar en la historiografía acerca de la sexualidad en la civilización, más precisamente tomando la homosexualidad como eje de indagación en Grecia y Roma. Cuenta la mitología griega que el seductor Zeus se enamoró tan ardientemente del joven Ganímedes que lo secuestró, lo llevó al Olimpo y lo convirtió en su amante. También Apolo sucumbió a la belleza de Jacinto, un adolescente mortal, a quien se entregó incondicionalmente. Aquiles y Patroclo fueron más que amigos durante la Guerra de Troya. En la realidad, fueron célebres las relaciones entre Alejandro Magno y Hefestión o entre Platón y varios de sus alumnos. Y ya en Roma, el amor entre el emperador Adriano y Antínoo, o el apodo de Julio César: "Hombre de todas las mujeres y mujer de todos los hombres".

En la Antigüedad, ni griegos ni romanos contaban con identidades sexuales definidas. Los primeros amaban la belleza, y los segundos, el placer, aunque tuviese que ser discreto. Además, ambas culturas fueron precedentes a la difusión del ideal moral judeocristiano de pecado, que criminalizó el erotismo en general y cualquier relación sexual sin la reproducción como fin. Se permitía la unión entre un maduro ciudadano y un adolescente, pues mantener una relación duradera más allá de la edad adulta significaba el escarnio público.

Estas relaciones eran complementarias al matrimonio o las visitas a los prostíbulos y eran consideradas puras y perfectas por los griegos ya que se basaban en la mutua admiración. Atenas es la ciudad que más fuentes nos ha proporcionado "para reconstruir su historia, pues su prestigio cultural y su poderío político y militar, hizo que las costumbres de los atenienses se convirtieran hasta cierto punto en el paradigma de todo lo griego. Lo que más ha llamado la atención es la normalidad con la que se asumían las prácticas homosexuales entre varones. En Atenas tenemos un ejemplo claro de que la sexualidad de un individuo no es constante, sino que cambia a lo largo de la vida del individuo, y de que ésta no condiciona de modo automático su identidad. Los griegos no eran homosexuales. Pero tampoco eran heterosexuales. El único término que existe en nuestra lengua para definir la identidad sexual de los atenienses es el de bisexual, aunque tampoco éste se ajuste a la perfección a la mentalidad antigua. En Atenas, a diferencia de las sociedades cristianas tradicionales, sexualidad y género eran dos elementos que estaban separados de forma nítida y clara y que no dependían el uno del otro.

No es infrecuente encontrarse, por otro lado, con la expresión “la mayoría de los griegos eran homosexuales”, algo que es por completo erróneo desde muchos puntos de vista. La sexualidad ha de ser entendida como la elección de una pareja sexual, como aquello que nos atrae sexualmente, sin que ello conlleve un tipo de rol en la sociedad (género) ni por supuesto tenga nada que ver con el sexo biológico. La sexualidad, además, puede cambiar en el tiempo o permanecer estable. Y este cambio puede darse por un proceso individual o por una presión social en la cultura que empuja al cambio, tal y como ocurría en la antigua Grecia.

En Roma, heredera de los ideales clásicos, la familia se convirtió en el núcleo de la sociedad y la homosexualidad se practicaba, pero de forma discreta. La prostitución masculina se generalizó. Era natural que un patricio acudiese a gozar tanto con jovencitas como con efebos. Era una forma más de obtener placer, sin ninguna carga moral. Tanto es así que los padres de la élite romana solían comprar un esclavo a sus hijos para que pudiese volcar en él los ardores adolescentes.

A partir del siglo XIV la homofobia se expande en la Cristiandad, juntamente con el antisemitismo, la caza a las brujas y la intolerancia contra los herejes. Tanto en España, cuanto en Portugal y sus colonias en el Nuevo Mundo, la Iglesia Católica, a través de los obispos y de la Inquisición, fueran las puntas de lanza en la persecución a las sexualidades disidentes de la moral oficial, sobre todo contra el amor entre personas del mismo sexo, llamado popularmente de "malo pecado" cumplida la penitencia dejaba de serlo. La fundamentación teológica, y también jurídica, de la homofobia en el mundo abrahámico - que reúne el judaísmo, cristianismo y islamismo- tiene como base algunos pocos versículos del Antiguo Testamento, y para los cristianos, ciertas discutibles pasajes de las Epístolas de San Pablo y San Pedro. Estos textos fueran utilizados durante siglos como argumentos sagrados e indiscutibles para condenar los "sodomitas" a castigos crueles, incluso la pena de muerte, y mientras desde los mediados del siglo XX respetados exegetas demostraran con sólidos argumentos etno-históricos la ilogicidad de estas condenas, probando cabalmente que la supuesta homofobia bíblica tenía como soporte malas traducciones, interpretaciones machistas y contradictorias de las enseñanzas del Hijo de Dios.

La palabra “sodomita” se atribuye al pueblo de Sodoma, una ciudad que, según el Antiguo Testamento de la Biblia, fue destruida junto a Gomorra.

Sodoma es mencionada expresamente hasta 46 veces en la Biblia (la primera en Génesis y la última en Apocalipsis, y representa la perversión humana en muchas formas, no solamente por la homosexualidad de sus habitantes, sino por muchas cosas, comenzando por el descaro de ufanarse de sus pecados. Así que, desde tiempos bíblicos, incluso mucho antes, la práctica de la homosexualidad es bien conocida y recogida por escritos de la época en cuestión. Se asegura que la lectura sexual de la historia bíblica de Sodoma no triunfó hasta el siglo XI, con la interpretación y lectura de la misma realizada por el teólogo Pedro Damián. Cabe decir que, fue justamente el poder civil el primero en castigar la homosexualidad (curioso, y no la iglesia) en una época en la que el ámbito eclesiástico se mostraba

con poco interés o una actitud casi nula hacia las prácticas homosexuales, debido a que, puede ser, quizás en sus propias instituciones había tal práctica.

La Inquisición, que fue el principal ejecutor de la represión sobre las gentes en épocas medievales, actuaba sin embargo como motor represor de la masa. El pueblo fue la primera y cimentada base sobre la que se levantaba el Santo Oficio de la Inquisición y la gran mayoría de condenas o actos sobre las gentes del mismo pueblo, llegándose incluso a condenar a altas clases sin distinción alguna.

Sorprende la pequeñísima producción teológica de la Iglesia Católica sobre la homosexualidad: no pasan de pocas decenas los principales escritos doctrinarios fundamentales consagrados específicamente al análisis exegético y teológico de la cuestión homosexual, el peccatum nefandum. Tema evitado, la iglesia continúa repitiendo la misma letanía de siglos pasados, tratando como tabú ciertos comportamientos humanos que la propia teología enseña que no pueden ser tratados como dogmas.

Será necesario profundizar y divulgar los estudios que desconstruyen la homofobia bíblica y teológica, estimulando debates y congresos demostrando también los errores de los homófobos cuando propugnan la inferioridad psicológica y la falta de ética en las relaciones homosexuales, demostrando incluso la positividad de las uniones del mismo sexo y de la adopción en el crecimiento cultural de la humanidad (FERNBACH, 1981)

Mucho tiempo, medible en siglos, llevó a la Iglesia la morigeracion de ésta tan extrema mirada. Por suerte y sintetizando en grado sumo el devenir histórico, ha sido nuestro Francisco, el primer Papa que ha expresado, y no sin costos internos, una perspectiva nueva, al asumir que los homosexuales también integran la familia cristiana.

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