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Entrar a salir

Cuando el año va a “entrar a salir” (como decía Yupanqui en tono jocoso), los Católicos miramos al Niño Dios en la asombrosa pobreza de un establo que es, recordemos, un espacio en el que se encierra a los animales para que pasen la noche. Desde esa escena comprendemos aquello que bellamente decían los padres del Concilio: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (…) Él “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación (…) El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre”.

Al concluir un año es bueno tener una memoria agradecida: No tiene valor alguno tejer una cadena de lamentos, ya que esa sería una visión muy egocéntrica y desesperanzada de nuestra parte. Por ejemplo: no está bien decir que este fue un año malo y digno de ser olvidado porque lo vivimos en permanente emergencia sanitaria o porque se nos murió un ser querido. No olvidemos que en todos los años de nuestras vidas, desde que estábamos en el vientre materno, transitamos por diversas emergencias. Está en nuestra libre voluntad discernir, desde la Verdad, cómo hacemos para transformar esas emergencias en oportunidades y aprendizajes.

El papa Francisco, al recordar en este tiempo a San José, habla de “la valentía creativa”; y es que no basta ser fuerte: hay que ser también sagaz para transformar la dificultad en oportunidad. Ahora bien, concluir un año significa también ser consciente de que no siempre aprovechamos ese don maravilloso que es el tiempo, quizá con ilusiones de una existencia sin límite. Lo dijo muy bien San Agustín, el santo obispo de Hipona: “Temo la gracia de Dios que pasa y tal vez no vuelva…”. Pensemos entonces en las veces que hemos dejado pasar los momentos presentes como espacios de encuentro con Dios y los hermanos y hemos permanecido en el “desencuentro” (¡Eso es el pecado!).

Por último, concluir un año significa también pedir nuevas gracias para el tiempo que viene, lo cual no significa tener una mirada mágica suplicando y deseando “buena suerte”, como si soñáramos un mundo con ilusiones nacidas de la consigna “pare de sufrir” o “llame ya y sea feliz”. En este sentido, me viene a la memoria un texto de la liturgia de la mañana: “Tal vez me esperen horas de desierto/amargas y sedientas, mas yo sé/ que, si vienes conmigo de camino,/ jamás yo tendré sed”.

Entramos a salir para entrar en un nuevo tiempo bendecido. Nos dice el papa pensando en la vida de José de Nazaret: “Si a veces pareciera que Dios no nos ayuda, no significa que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar”.

¡Que la Navidad y el Año Nuevo sea un tiempo para planear, inventar, encontrar!

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