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José, el trabajo y la justicia social

Hoy 1º de Mayo se celebra en todo el mundo el Día del Trabajador. Por tal motivo, el Pbro. Jorge H. Leiva escribió unas palabras al respecto.

El día 1° de Mayo es el día de los trabajadores. El origen de esta conmemoración tuvo lugar en la era industrial cuando en la segunda mitad del siglo XIX los obreros comenzaron a repensar su situación frente a los vertiginosos cambios en la realidad del trabajo humano.

León XIII en 1891 escribió la primera encíclica social de la Iglesia: Fue una carta abierta dirigida a todos los obispos y catedráticos, que versaba sobre las condiciones de las clases trabajadoras. Luego el Papa Pío XII instituyó la fiesta ante un grupo de obreros reunidos en la Plaza de San Pedro del Vaticano en 1955. En la carta del papa Francisco sobre el año destinado a San José se ve muy bien la importancia del trabajo en la vida del hombre y de las comunidades: “Un aspecto que caracteriza a san José y que se ha destacado desde la época de la primera Encíclica social, la Rerum novarum de León XIII, es su relación con el trabajo.

San José era un carpintero que trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia. De él, Jesús aprendió el valor, la dignidad y la alegría de lo que significa comer el pan que es fruto del propio trabajo.

En nuestra época actual, en la que el trabajo parece haber vuelto a representar una urgente cuestión social y el desempleo alcanza a veces niveles impresionantes, aun en aquellas naciones en las que durante décadas se ha experimentado un cierto bienestar, es necesario, con una conciencia renovada, comprender el significado del trabajo que da dignidad y del que nuestro santo es un patrono ejemplar.

El trabajo se convierte en participación en la obra misma de la salvación, en oportunidad para acelerar el advenimiento del Reino, para desarrollar las propias potencialidades y cualidades, poniéndolas al servicio de la sociedad y de la comunión. El trabajo se convierte en ocasión de realización no sólo para uno mismo, sino, sobre todo, para ese núcleo original de la sociedad que es la familia. Una familia que carece de trabajo está más expuesta a dificultades, tensiones, fracturas e incluso a la desesperada y desesperante tentación de la disolución. ¿Cómo podríamos hablar de dignidad humana sin comprometernos para que todos y cada uno tengan la posibilidad de un sustento digno? La persona que trabaja, cualquiera que sea su tarea, colabora con Dios mismo, se convierte un poco en creador del mundo que nos rodea.

La crisis de nuestro tiempo, que es una crisis económica, social, cultural y espiritual, puede representar para todos un llamado a redescubrir el significado, la importancia y la necesidad del trabajo para dar lugar a una nueva “normalidad” en la que nadie quede excluido. La obra de san José nos recuerda que el mismo Dios hecho hombre no desdeñó el trabajo.

La pérdida de trabajo que afecta a tantos hermanos y hermanas, y que ha aumentado en los últimos tiempos debido a la pandemia de Covid-19, debe ser un llamado a revisar nuestras prioridades. Imploremos a san José obrero para que encontremos caminos que nos lleven a decir: ¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!” Hasta aquí el texto del sucesor de Pedro.

Para terminar nos viene bien algo de la poesía de la liturgia: “Llamando a trabajo al mundo/ la aurora de la mañana,/ saluda al son del martillo/ la casa nazaretana. /Salve, padre de familia,/de cuyas manos sudadas/ el Artífice divino copió labor artesana/ (…) Quita violencias y engaños y hurtos al pobre en ganancias, baste a todos el vivir con una sencilla holganza”.

¡Feliz día para todos los trabajadores!