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ESPACIO DE PSICOLOGIA: hoy la alegría

Cómo prometí en la anterior entrega, en la cual nos adentramos en el mundo de lo emocional, ahora veremos la primera emoción particular, la alegría.

La alegría, a la cuál llamamos jubilo, entusiasmo, gozo, y, a diferencia de la felicidad es de corta duración.

Esta emoción es una de las llamadas primarias o básicas, dentro de las emociones complejas que somos capaces de sentir. Entre sus funciones está la de adaptación al medio o circunstancias, o sea una función adaptativa que se llama afiliación deseo de tener amigos, establecer relaciones recíprocas, o cooperar con los demás y esforzarse por resolver diferencias. Debemos hacer que las emociones trabajen para nosotros, utilizándolas de manera que nos ayuden a guiar la conducta y los procesos de pensamiento, a fin de alcanzar el bienestar personal. La alegría es opuesta en muchos aspectos a la tristeza, suele ir acompañada de una gran carga de energía que nos da unas ganas enormes de ponernos a hacer cosas. Es contagiosa y desgraciadamente la aprovechamos poco. Ha sido la gran víctima de esa corriente que afirma que las emociones deben expresarse lo menos posible Es una emoción expansiva que se necesita expresar y compartir con los demás. Optimiza la respuesta cognitiva: que es la creatividad, la memoria, el aprendizaje. Y ayuda en la superación del miedo. Siempre hay que estar atentos a los espejismos de la felicidad. La alegría tiene fuerza expansiva, pero no exaltación, ni exuberancia de palabras, gestos o hilaridad excesiva.

En la filosofía antigua, la alegría se compara con el término que significa "delirio" o "locura", comentado en el Fedro de Platón, como presencia de lo divino como flujo transformador y energizante; concepto relacionado con el entusiasmo. Ya en el mundo romano, Cicerón da una definición más cercana al significado actual: «la alegría es un estado del alma que, confrontado con la posesión de un bien, no pierde su serenidad».

En la filosofía moderna, por ejemplo, Spinoza agrupa a la alegría junto a la tristeza y el deseo, como una de las tres emociones básicas de los seres humanos, de forma que el resto de los sentimientos (amor, odio, esperanza, miedo, etc.) se definen como formas particulares de alegría o tristeza. Asimismo, Spinoza define la alegría como «el paso del hombre de una perfección menor a una mayor», como un aumento del poder del hombre, como esfuerzo de perseverar en la existencia.

En la filosofía contemporánea, Nietzsche asocia la alegría con la capacidad de superar la existencia y su carácter trágico, como una expresión de la voluntad de poder que supone ser alegre a pesar de los sufrimientos de la vida, sin refugiarse en una felicidad ilusoria. Unido a lo religioso, podemos decir que esta emoción ha sido

considerada por muchos como una de las pasiones del alma. Para San Agustín se trataba de un estado en el cual el alma se halla, "colmada", "en exaltación y triunfo", es decir, es un estado de plenitud. Henri Bergson dijo: "la naturaleza nos advierte mediante un indicio preciso de que hemos alcanzado nuestro destino. Ese indicio es la alegría. Digo la alegría y no el placer. El placer no es sino un artificio imaginado por la naturaleza.”

Habría que explicarlo diciendo que hay momentos en los cuales avizoramos nuestro destino, cuando despertamos a nuestra conciencia y entonces brota la alegría en la forma del júbilo explosivo, como el caso de Arquímedes, o en la creación literaria o artística o en las experiencias de éxtasis místicos. En la iconografía clásica, la Alegría se representa como una mujer que sostiene un cuerno de la abundancia como símbolo de felicidad.

Tema común a todas las culturas, en la historia musical de Occidente, la alegría va de lo religioso a la literatura con una de las obras más conocidas es la Oda a la alegría, musicado por Beethoven en la Novena Sinfonía.

En su libro Felicidad Auténtica, Martín Seligman propone una combinación de 3 aspectos para tener felicidad : la vida placentera: el placer en este componente es por lo general gratificación inmediata que es meramente subjetiva, diferente para cada persona y se habitúan a ella fácilmente.

La vida comprometida: se busca un estado de flujo en el cual la persona encuentra que estas actividades son altamente satisfactorias y nos llevan a ser quienes aspiramos ser en la vida, utilizando nuestros recursos y capacidades para lograr un objetivo determinado.

La vida con significado: es estar al servicio de algo más grande que sí mismo.

Y Silo, uno de los filósofos de la corriente humanista, destaca la experiencia de la alegría afirmándola como una actitud básica y general sobre la vida, para luego proponer la superación de las antinomias y dicotomías históricas entre “cuerpo” y “espíritu” y también entre “humanidad” y “naturaleza”, uniendo a estas manifestaciones en la experiencia de un mismo “amor”. Porque se trata de la compensación de la valoración del sufrimiento y la negación de la vida que subyace por siglos en toda la cultura occidental, heredera a su vez de culturas en Europa y en todo Occidente a través del cristianismo. En síntesis, la alegría es la antítesis y la superación del sustrato sufriente de raíz cristiana.

Para concluir les aviso que el próximo domingo trataremos el asco, cómo emoción peculiar, y les dejo un estremecedor pensamiento de nuestro Jorge Luis Borges: "He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados. Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida, para la tierra, el agua, el aire, el fuego. Los defraudé. No fui feliz.” (Jorge Luis Borges)