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El elogio de la demora

Recuerdo que cuando éramos chicos, con otros gurises, escuchábamos esta canción con música de Miguel Martínez y letra de Julio Meirama (dos entrerrianos)

“Cuando voy de tardecita/ con mi ni pingo para el pago/ donde vive mi gurisa/ de ojos grandes bien cambá/ Campo afuera cielo abierto busco el rumbo del ponente y el camino se hace largo por las ganas de llegar (… ) mi gurisa ya está pronto/ con el mate y la sonrisa /así siento cuerpo adentro/ la hermosura de llegar/ Lo aseguro yo que cruzo vuelta a vuelta el Gualeguay”.

Siempre me llamó la atención cómo toda la letra habla de un encuentro amoroso “demorado” por la distancia y enriquecido por la espera y el deseo no cumplido inmediatamente. Parece ser que lo que hacía crecer el amor en el paisano que cruzaba “vuelta a vuelta” el Gualeguay era tener que esperar que el encuentro con la amada se llevara a cabo. Para gustar de su ser querido, aquel paisano tenía que “pregustar” de tal manera que la dilación del cumplimiento de aquel deseo hacía acrecentar el amor, el deseo y, por tanto, la alegría del encuentro y la “hermosura de llegar” (expresados en términos de la estética).

De la misma manera, los “ojos grandes bien cambá” (bien negros) vivían primero en la imaginación del enamorado de tal modo que “cuerpo adentro” experimentaba el gozo que ya desde lejos aumentaba cuando visualizaba “el mate y la sonrisa”. Así, el peregrino gusta del santuario porque lo imagina de lejos; el que está embarcado varias semanas disfruta mucho más la alegría de llegar porque sus seres queridos están primero en la memoria amante antes que en la presencia y porque la distancia provoca una espera más intensa. Por otro lado, dicen algunos que la digestión de una buena comida comienza cuando los aromas empiezan a dejar correr la saliva de tal modo que la “comida ligera” pareciera no ser propiamente humana.

Mientras que, cuando en el siglo XIX apareció el vapor, las distancias se acortaron, pues a mayor velocidad menos tiempo para recorrer caminos. Con un automóvil, el paisano de la canción de Meirama hubiera llegado antes al rancho de la muchacha, pero quizá no hubiera sentido un amor tan grande por falta de tiempo para “demorarse” en la imagen de la amada. Para ella, era preferible que “el camino se hiciera largo”. También el Principito delante de su rosa decía: “El tiempo que has perdido por tu rosa hace que tu rosa sea más importante”. En este caso, por falta de velocidad el paisano de la canción perdió tiempo, pero pudo percibir mejor la importancia “de su rosa”. Perdió tiempo, pero ganó intensidad en el amor. Lo vemos, por ejemplo, ahora con el regreso de los niños a la escuela y a la catequesis: El tiempo en el que los chicos se demoran en la contemplación de los saberes y en la experiencia comunitaria y personal de Dios hace que la verdad y la fraternidad irrumpan en ellos no como un mero relámpago momentáneo, sino como un “acontecimiento” porque aquello en lo que se demoran “acontece” y queda grabado “cuerpo adentro” con el olor de las aulas, el color de las pizarras y los juegos de los patios.

El peregrino -como el enamorado- tiene un solo punto que da sentido a todos los puntos y que da unidad a un relato de amor como los puntos sucesivos hacen una línea; el alumno y el catequizando tiene una sucesión de puntos vitales que trazan un recorrido, una peregrinación. Sin la posibilidad de detenernos para unir los puntos y narrar, es imposible que haya historia y sin historia no hay personalidad ni comunidad.

Este es el drama de la velocidad en la actualidad: no hay tiempo demorado en la contemplación que genera la narración de una historia. Conviene que ciertos caminos se hagan largos para acrecentar las ganas de llegar. “Lo aseguro yo que cruzo vuelta a vuelta el Gualeguay”.

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