Fundación
La niebla besaba el monte. El cejo era un poncho humoso sobre el río y el aire un olor salvaje. En la tierra de los pájaros de agua, el día cantaba con la claridad de escama, camalote, barro y arena.
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Las almas colonas, guarecidas y aquerenciadas en la tupida selva, llegaron a tiro de sus caballos. Enseres en sus carros, caminando la huella de un mañana en el inhóspito cielo.
El fogoso y húmedo estío desangró la savia con hachas y machetes. Los llegados del monte legaron su sudor en la epopeya de alzar la primera catedral. El dragón comisionado del virrey conquistó la ribera con el pago del habra. Se dibujó el damero fundacional y dio a luz la princesa del Gualeguay Grande.
La Clepsidra del río modeló la arena. Limos y lujanenses son testigos del silencio eterno de los abuelos. Los centauros armados esparcieron cenizas montoneras en el agua límpida de los afluentes. El trueno de la pólvora, el acero frente a la flecha y boleadora, desgaja la muerte en el cerro y fantasmas en Cayastá.
Estrellas del sur, testigos silenciosos, sobrellevan la historia y la memoria del agua.
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