Ávala tras el mar. El músico del País Vasco a Gualeguay
Quien me contó esta historieta, trabajó en la comuna en el advenimiento de la nueva democracia en 1983. Su ingreso fue por un compañero de promoción, concejal electo, pues necesitaban cubrir el puesto de Prensa y Difusión en el primer gobierno después de la dictadura.
:format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/05/gari_baldi_musico_vasco.jpeg)
Allí conoció a una compañera que había arribado de algún lugar de Buenos Aires con su familia. En el segundo período radical le acercó una carta enviada desde un Centro Vasco de Zárate, provincia de Bs.As. No hay certezas si la misiva llegó a la “muni” o a la sede de SEGUAY donde ella cumplía horario, inmueble legado por el generoso “Ratón” Hartkopf. Solicitaban información sobre un músico vasco, compositor radicado en el pueblo ya fallecido, cuya obra supuestamente descansaba en los anaqueles de Tribunales, legados en custodia antes de fallecer. Ambos ignoraban al referido de la epístola. Su nombre: Germán María Landazábal Garagalza.
La obsesiva curiosidad de la historia pueblerina lo llevó a dilucidar la historia del músico vasco. Recabó información y comenzó a deshilar el entramado: un hijo “natural”, una posibilidad de hallar la obra y que los derechos de autor y difusión contribuyeran a las arcas de la tesorería municipal según un abogado allegado al ejecutivo. Fueron charlas de pasillo en la casa comunal y ningún integrante del gobierno se encargó del asunto, diluyéndose entre “dimes y diretes”.
Sucedido el conocimiento del forastero arraigado –me siguió relatando-, continuó tras las huellas y volvió la mitología del paquete de partituras con sus opus de puño y letra.
Ya había detectado fisonómicamente al supuesto hijo “natural” y tuvo la oportunidad de cruzar unas palabras, preguntándole si conocía un músico español radicado y fallecido en el pueblo. Puso cara de “yo no sé” e hizo” mutis por el foro”. La historieta se hacía más atractiva.
Siguió abocándose al derrotero del misterioso vasco-gualeyo y encontró oralidades de su participación en cines de aquella época, películas mudas en blanco y negro como pianista ilustrando el celuloide -lo que hoy se denomina música incidental, improvisando sonoramente el argumento-, tertulias domingueras en casa de estancieros vascos y profesor de piano en su inaugurada residencia.
El siguiente itinerario de la investigación fue tratar de dilucidar el porqué de la elección de este sitio perdido en el mapamundi como su lugar en el mundo.
Llegó en 1923, suponiendo el informante que fue un autoexiliado del “franquismo” o huyendo de sus propios fantasmas. Pero la historia devela aquel año como fundamental del siglo XX con la llegada al poder –tras un golpe de estado- de Miguel Primo de Rivera de la derecha española y no del Gral. Franco en 1936. Intuyó que el exilio se debió al temor de persecución ideológica, pero abandonó la vaga conjetura.
Al Gualeguay Grande llegaron numerosas familias de origen vasco en los siglos XVIII y XIX, cuyos apellidos permanecen hoy en día. Otra fuente nonagenaria le dijo que ya vivían unas primas vascas llegadas desde hacía tiempo a la aldea con nombre de río.
Ambas teorías podían echar luz en la elección de su destino.
Otra circunstancia ocurrió cuando el famoso arpista español Nicanor Zabaleta llegó al pueblo para ofrecer un concierto dentro de su gira internacional. Una selecta comitiva se reunió en el andén de la estación del ferrocarril para darle la bienvenida. Cuando llegó la locomotora atrasando su paso por los rieles, el músico descendió de uno de los pocos vagones con su equipaje y su instrumento. Zabaleta, agradecido por el recibimiento, dentro de la escueta comitiva reconoció a uno de los anfitriones. Sorprendido, exclamó: “-¡Maestro Landazábal!”, y lo abrazó como a un viejo conocido ante la mirada atónita de la breve muchedumbre que se miraba perpleja, observando al visitante y al vasco ese que nadie sabía de donde ni cómo ni por qué había recalado en la villa.
Nunca supo ni se sabe de la existencia de la obra. El informante también se enteró que llegaron vascuences rastreando el tesoro musical y cultural. La imaginación lo llevó a suponer que su hijo las vendió al mejor postor ignorando el legado artístico-cultural., o que tal vez se las llevó el vasco a su tumba. El misterio sigue intacto.
En su pueblo natal, Salvatierra de Álava en el País Vasco, hay una asociación cultural y musical con el nombre “Germán María Landazábal Garagalza”, en reconocimiento a la talentosa trayectoria del hijo ilustre. Aquí, en su otro pueblo donde vivió ignorado por “motus-propio” y feneció en 1953 –como sucede normal o naturalmente en este lugar que él eligió y puja en evitar sus memorias-, me pregunto: ¿Habrá una lápida que identifique el descanso de sus huesos?
En la administración del cementerio no figura en las actas el nombre del vasco. Pero, supuestamente, su osamenta descansa en el Panteón Español de acuerdo al obituario publicado en un diario local de 1953 con el que se lo despidió.
Tal vez, junto a los restos en su sepulcro de madera, las hojas pentagramadas con su obra duerman el sueño eterno extinguiéndose con el tiempo, convirtiéndose en polvo como parte de la materia y pasión de su existencia terrenal.