Cuando una obra empieza mucho antes del primer ladrillo
Hay profesiones que se eligen. Otras, simplemente, aparecen mucho antes de que uno pueda ponerles nombre. Para el arquitecto Guido Solari, la arquitectura comenzó cuando todavía era un chico de nueve o diez años y acompañaba a su padre a una obra en una quinta de Gualeguay. Mientras otros veían una construcción, él se detenía a observar cómo nacía una pared, cómo se preparaban los cimientos o cómo un terreno vacío empezaba, lentamente, a convertirse en un hogar.
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Casi cuatro décadas después de recibirse, esa curiosidad infantil sigue siendo el motor de una profesión que define, sin dudar, como una pasión.
En el marco del Día del Arquitecto, celebrado el 1° de julio, Solari recibió a El Debate Pregón en el estudio Solari Michell Arquitectura para hablar de una carrera que, asegura, lo sigue entusiasmando como el primer día.
"El año que viene cumplo 40 años de profesión", comenta con orgullo.
Como ya es costumbre, la fecha la celebró junto a colegas, entre una cena y las conversaciones que solo quienes comparten el mismo oficio parecen entender: los desafíos diarios, las satisfacciones de una obra terminada y las historias que se acumulan con el paso de los años.
Una vocación que nació en la infancia
Aunque hoy resulta natural verlo dedicado a la arquitectura, el camino no parecía tan claro cuando terminó la escuela secundaria.
"Mi padre pensaba que iba a estudiar para contador", recuerda entre sonrisas.
Sin embargo, dos años antes de egresar ya había tomado la decisión que marcaría su vida. Aquellas visitas a la obra durante la infancia habían dejado una huella más profunda de lo que imaginaba. Con el tiempo, incluso su padre terminó convirtiéndose en uno de sus principales apoyos para alcanzar el título.
Una profesión que se construye en equipo
Para Solari, la arquitectura nunca fue un trabajo individual. Detrás de cada proyecto existe una red de personas que hace posible que una idea sobre un plano termine convertida en un espacio habitable.
"Nosotros lo creamos, lo ideamos, pero hay un equipo multidisciplinario detrás. El profesional tiene que coordinar y planificar para que todo salga lo mejor posible", explica.
Esa mirada colectiva es, para él, una de las mayores responsabilidades del arquitecto. Porque diseñar no alcanza; también hay que conducir procesos, resolver imprevistos y lograr que decenas de personas trabajen con un mismo objetivo.
La tecnología transformó la manera de proyectar
En casi cuarenta años de trayectoria, fue testigo de una transformación profunda de la profesión. Recuerda que, cuando se recibió, los planos se dibujaban a mano, con lápiz, tinta y papel. Cada modificación implicaba volver a empezar.
Hoy, la tecnología cambió por completo esa dinámica.
"Ahora tenés la computadora, copiás, pegás, guardás los archivos y además estás permanentemente informado sobre materiales y nuevas herramientas. Esto abre muchísimas posibilidades", señala.
Aunque la esencia del oficio permanece, la forma de ejercerlo evolucionó al ritmo de los avances tecnológicos, permitiendo nuevos modos de proyectar, representar y construir.
El desafío más recordado
Al mirar hacia atrás, entre tantas obras realizadas, hay una que sobresale por encima del resto. No tanto por el diseño, sino por todo lo que implicó llevarla adelante.
Fue una construcción en un campo de Gualeguaychú, donde debía coordinar a unas cuarenta personas en un lugar de difícil acceso y con frecuentes inundaciones.
"Más que por la ejecución, fue un desafío desde la logística", recuerda.
Historias como esa forman parte de una carrera construida proyecto tras proyecto, donde cada obra deja una enseñanza distinta.
La pasión que sigue intacta
Al finalizar la charla, el arquitecto aprovecha la ocasión para enviar un saludo a quienes comparten la profesión, tanto en Gualeguay como en distintos puntos del país.
Más allá de los planos, los cálculos y las estructuras, Guido Solari sigue viendo la arquitectura con los mismos ojos de aquel chico que se maravillaba observando cómo un muro comenzaba a levantarse.
Porque, para él, antes de existir una casa, un edificio o una obra, siempre hay algo que se construye primero: la pasión por imaginar lo que todavía no existe.