De la altura de La Paz a la calma de Gualeguay: La travesía de Laura Flores
Entre el calor litoraleño, el aprendizaje en las redacciones y una lucha inesperada contra los mosquitos, la joven boliviana se despidió de la ciudad tras un mes de intercambio. "Me llevo la calidez de la gente", confesó.
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Hay viajes que se miden en kilómetros y otros que se miden en sensaciones. Para Laura Flores, una estudiante paceña de 22 años, el mapa marcó una ruta de más de 2.500 kilómetros desde la árida altura de Bolivia hasta el verde húmedo de Entre Ríos. Pero al final de su estadía de un mes en Gualeguay, lo que más pesó en su valija no fue la ropa, sino el asombro por una tranquilidad que, en las grandes capitales, parece un mito.
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Laura llegó a nuestra ciudad a través de la ONG AIESEC, con el objetivo de realizar una pasantía profesional en las oficinas de El Debate – Pregón. Sin embargo, lo que comenzó como un desafío académico terminó siendo una inmersión profunda en la "identidad gualeya".
El choque de dos mundos: humedad, bichos y cortisona
La adaptación no fue solo cultural, sino también biológica. Acostumbrada al clima seco de La Paz, Laura descubrió en Gualeguay a un enemigo pequeño pero implacable: el mosquito litoraleño.
"Allá en Bolivia el clima es más seco y no hay tantos bichos", relató entre risas y resignación. Lo que empezó como una simple picadura derivó en una reacción alérgica que la llevó directo a la guardia médica. "Me tuvieron que inyectar cortisona. Yo no sabía que se podía ser alérgica a los mosquitos, fue algo totalmente nuevo para mí". En ese momento de vulnerabilidad, Laura descubrió el valor del entorno humano que la rodeaba: su familia de acogida, con Lorena y Ana a la cabeza, no dudaron en cuidarla como a una hija más.
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Una redacción entre tintas y bytes
En su paso por el diario, Laura se encontró con una sorpresa tecnológica. A pesar de la tradición que acarrea un medio gráfico, la joven destacó la modernización de los procesos locales. "El diario está muy por encima de mis expectativas por la tecnología que usan. Me sirvió mucho para soltarme, para dejar de ser tímida y abrirme a la gente", explicó.
Esa apertura se extendió a las calles. Laura recorrió el Parque Quintana, el Cementerio Municipal y se empapó de la fama de Gualeguay como cuna de artistas. "Me sorprendió que sea tan tranquilo, que puedas andar de noche sin miedo. Y lo hogareña que es la gente: te hacen preguntas, se interesan por vos, nunca me sentí incómoda".
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Compatriotas y despedidas
En sus caminatas, Laura también encontró pedacitos de su hogar. Gualeguay alberga a varios bolivianos que, como ella, algún día llegaron y decidieron quedarse. "Conocí a dos compatriotas, uno de Cochabamba y otro de Oruro. Me decían que acá es muy bonito y seguro, y que cuando llegás a un pueblo tan tranquilo, ya no extrañás tanto allá".
Sin embargo, para Laura, el llamado de su casa en La Paz es fuerte. Tras una serie de asados, reuniones semanales y "meetings" con los jóvenes de AIESEC, llegó el momento de la partida.
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El camino de regreso
El regreso fue una travesía en sí misma: un micro en la madrugada gualeya hacia Liniers, un reencuentro fugaz con familiares en Buenos Aires y, finalmente, un vuelo de cuatro horas para cruzar el continente de vuelta a las montañas.
"Me voy muy contenta, conocí gente muy linda y me apena no poder quedarme más", dijo con una mezcla de nostalgia y satisfacción. Se llevó consigo el sabor del Powerade que le daban para recuperarse, la calidez de la familia de Lorena y el orgullo de haber sido, por un mes, una gualeya por elección.