“El bar de los recuerdos”: la historia de Hubertina Hereñú y los años que marcaron a un barrio
Un testimonio que mantiene viva la memoria de Gualeguay.
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Un nombre que guarda memoria
Hubertina Hereñú —“con h al empezar y sin acento”, aclara con precisión en medio de la entrevista para el Debate Pregón— es hoy una de las voces vivas de una época que dejó huella en la identidad de Gualeguay. Su relato, cargado de detalles, nombres y escenas cotidianas, permite reconstruir no solo la historia de un comercio, sino también la de una comunidad entera.
Su nombre, cuenta, deriva de “Huberto”, y su vida quedó profundamente ligada a un espacio que trascendió lo comercial: el recordado bar y ramos generales de la familia Hereñú.
1968: el inicio de una historia familiar
El 23 de diciembre de 1968, a un día de la Navidad, nacía el emprendimiento que marcaría a toda una generación. Fue impulsado por tres hermanos: Aníbal Eduardo, Anatolio Rubén Obdulio y Hubertina Aide Hereñú.
El comercio, conocido como “Los Tres Hermanos”, se encontraba en la esquina de Avenida Presidente Illia y Urquiza, un punto estratégico donde convergía gran parte de la vida social y laboral del barrio.
Un barrio con identidad y movimiento
En aquellos años, la zona estaba profundamente ligada a la vida de chacra, la actividad del Puerto Ruíz y el movimiento del ferrocarril. Desde temprano, el bar abría sus puertas para recibir a trabajadores de distintos sectores.
“Había gente de la isla, del campo, del puerto, de Vialidad, del ferrocarril… era un movimiento constante”, recuerda Hubertina.
Más que un comercio: un punto de encuentro
El bar y ramos generales no solo abastecía a las familias, sino que se convirtió en un verdadero centro de reunión. Allí coincidían vecinos y trabajadores que encontraban, además de productos, un espacio de charla, descanso y compañía.
Entre los clientes habituales, Hubertina recuerda con especial claridad a familias y apellidos que marcaron la vida del lugar: Aguiar, Montero, Moreyra, Segovia, Camalé, Azorín, Cosso, Nosiglia, Ferrando, Cogorno, González, Alessandri, entre tantos otros.
“Muchos venían todos los días, otros pasaban seguido… eran parte de la casa”, señala.
Costumbres, sabores y vida cotidiana
El bar ofrecía una amplia variedad de productos: desde bebidas tradicionales como anís, ginebra, caña, Cinzano y Gancia, hasta preparaciones caseras como la grapa con miel.
También funcionaba como ramos generales, vendiendo mercadería para el día a día y productos esenciales como el kerosene, muy utilizado en esa época donde muchas familias utilizaban lámparas, calentadores y heladeras a combustible.
En invierno predominaban las bebidas fuertes; en verano, la cerveza se vendía en grandes cantidades, especialmente para reuniones y celebraciones.
Música y encuentros que marcaron época
Uno de los recuerdos más presentes es el de la música. El chamamé y los ritmos tradicionales acompañaban las jornadas, primero desde un tocadiscos y luego con pasacassettes.
“A la gente le encantaba. Venían y pedían: ‘poné música, gordo’”, recuerda entre sonrisas.
Las jornadas se extendían durante horas. Algunos clientes pasaban la mañana entera, entre conversaciones, partidas improvisadas y encuentros que hoy forman parte de la memoria colectiva.
El bar era también refugio para quienes vivían solos o buscaban un espacio de encuentro, generando un clima familiar y cercano.
Escenas de otra época
Las postales eran típicas de aquellos años: caballos atados al costado del local, trabajadores que llegaban desde temprano, clientes que pasaban horas conversando y otros que se acercaban antes o después de sus jornadas laborales.
Algunos compraban para toda la semana o incluso para el mes, especialmente quienes vivían más alejados.
Trabajo intenso y respeto
Las jornadas eran largas, especialmente en fechas festivas. “Para las fiestas trabajábamos sin parar”, recuerda.
El orden se mantenía gracias a reglas claras: “Siempre había alguno que se pasaba, pero se lo hacía retirar dos palabras y se iba”, Había respeto”, explica.
Cambios y transformaciones
Con el paso del tiempo, el barrio fue cambiando y el local también debió adaptarse. La incorporación de la ochava en la esquina respondió a disposiciones municipales que buscaban mejorar la visibilidad.
Ese cambio simboliza el avance urbano y el fin de una etapa con características propias.
El cierre de una historia, el inicio del recuerdo
Con los años, la sociedad familiar se fue modificando. Uno de los hermanos se retiró, y posteriormente Hubertina también se desvinculó al formar su familia.
Aun así, su vida estuvo marcada por el comercio: “Trabajé 53 años atendiendo al público”, destaca.
La memoria que permanece
Hoy, aunque el bar ya no funciona, sigue presente en la memoria colectiva. Muchos vecinos aún recuerdan aquellos años y se acercan a saludarla.
“Dicen que fue una época inolvidable”, comenta.
Gratitud y legado
Hubertina cierra su relato con agradecimiento: “Estoy muy agradecida con toda la gente. Fueron años muy lindos, quedaron buenos recuerdos”.
La historia del bar Hereñú no es solo la de un negocio, sino la de un tiempo en el que el barrio se construía desde la cercanía, el encuentro y la vida compartida.