EL RENACER DE LAS TABLAS EN UN ESPACIO MUY SINGULAR
“Podrías creer que el arte es como un espejo sobre la superficie del pulgar que gira pequeño entre ideogramas luminosos.” Alfredo Veiravé.
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Gualeguay se prepara para un hito cultural que promete transformar su fisonomía artística, sumando un nuevo espacio teatral a la ciudad: la inauguración de la sala de teatro Hacheuno este sábado 30 de mayo.
Más que la apertura de un nuevo espacio, este proyecto representa un puente tendido sobre más de un siglo de silencio, devolviendo el pulso dramático a un sitio que guarda en sus cimientos una de las historias más conmovedoras del patrimonio local.
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UN GIGANTE QUE SE HIZO CENIZAS
El terreno donde hoy se levanta Hacheuno fue, hace más de cien años, el hogar del antiguo Teatro Nacional. Aquella estructura, mayormente de madera, era el orgullo de una ciudad que veía en el arte la máxima expresión del progreso.
Nuestro historiador Humberto Pedro Vico afirma que los años 1887 y 1888 fueron excepcionales en la vida de Gualeguay, tanto por las obras públicas que se iniciaron en esos años, como la cárcel y el mercado de abasto, como también por una serie de realizaciones emprendidas por los vecinos, entre las que sobresale la construcción del Teatro Nacional.
Se menciona en algunas fuentes que Gualeguay había tenido un teatro llamado Rocamora, que para el año 1888 estaba en tan malas condiciones que su propietario decidió demolerlo. Se desconocen detalles acerca de dicho teatro, pero justamente a raíz de esta situación es que entre algunos ciudadanos destacados de la ciudad surge la idea de construir un teatro que tuviera las condiciones necesarias de “comodidad y elegancia” para una ciudad progresista.
Se formó entonces una comisión cooperadora que gestionó la emisión de bonos por $ 40.000 (costo estimado de la obra) y que propuso la suscripción de acciones entre los vecinos, también solicitó ayuda al gobierno comunal. Probablemente se haya procedido también con la venta anticipada de palcos, algo que era común en aquellas épocas. El lugar estaba ubicado en lo que hoy es calle San Antonio sur, a mano derecha y pocos metros de la actual Chacabuco.
Rápidamente el accionar de los gualeyos dio sus frutos. Se adjudicó la construcción a don Pedro Coudannes, comerciante local que anexo al teatro tenía un hotel. La ubicación era céntrica, pero no se distinguía demasiado de los demás frentes, e incluso se agregaron luego en el piso superior nuevas habitaciones al hotel que estaba anexo.
La construcción fue erigida y decorada por europeos residentes en la ciudad: Agustín Ántola, italiano, se hizo cargo de la construcción y el pintor suizo Costantino Brignoni de la decoración de los cielorrasos. Los mármoles de los escalones y las balaustradas de los palcos se trajeron de Buenos Aires. La construcción se completó en ocho meses.
Fue inaugurado con una fiesta, “que fue un gran acontecimiento social”. La espera estuvo animada por la banda municipal, y al levantarse el telón se entonaron las estrofas del Himno Nacional Argentino, dando una nota de solemnidad al acto. Siguieron los discursos del presidente de la Comisión del Teatro, y de un representante de la comuna. Luego una compañía de zarzuelas llegada de Buenos Aires presentó dos piezas de repertorio clásico: Marina y ChateauMargaux.
No hay casi información sobre la forma de administración del teatro, o sobre quien era el propietario efectivo del mismo. Pero si se sabe a través de los diarios como el Debate que en ese lugar se llevaron a cabo reuniones de vecinos, funciones de gala, fiestas, funciones de beneficencia, celebraciones y hasta bailes de carnaval. Además de las múltiples compañías dramáticas, cómicas, líricas, de ópera y zarzuela, y demás espectáculos que allí se presentaron. Para actuar en el teatro llegaban desde Buenos Aires o incluso de ciudades vecinas como Paraná, Gualeguaychú, Rosario Tala o Victoria, compañías que traían no solo su elenco de actores, sino los decorados y la propia orquesta, incorporando a veces músicos locales. Publicitaban sus programas a través de la prensa local y de la distribución de volantes.
Se solían ofrecer abonos a varias funciones, o bien entradas para cada espectáculo. Muchas veces para comprometer a los vecinos, se dedicaba una función a beneficio de alguna institución local, a la que se le entregaba un porcentaje de las entradas vendidas. Hay crónicas de la época que hablan de que el calor, el frío o la lluvia podían conspirar contra la intención de los gualeyos de llegar hasta el teatro. También a veces se superponían eventos al aire libre como en la retreta de la plaza, lo que limitaba la presencia de público en el teatro.
Desde 1907 además hubo proyecciones de cine a cargo de diversas empresas, al igual que había sucedido en otros teatros y confiterías del país. Para los propietarios significaba la oportunidad de obtener ingresos extra cuando no había presentaciones de otro tipo. Para la gente de la ciudad era una diversión accesible a precio menor. Si bien las filmaciones eran mudas, en blanco y negro o pintadas, iban acompañadas de intervalos musicales y otros entretenimientos, además de la música que acompañaba a las proyecciones.
El insuficiente mantenimiento era una constante que aquejaba con frecuencia a los teatros, y el Nacional no fue la excepción. Hay crónicas periodísticas que hablan de “nuestro destartalado coliseo”. También se habla de la falta de higiene y deterioro del escenario.
La fatalidad llegó de la mano de la modernidad, en marzo de 1910, durante una función de cine, una chispa en la cabina de proyección, seguramente originada en las cintas de celuloide que eran altamente inflamables, generó un incendio que se extendió por toda la sala. Unos sesenta espectadores, al advertir el humo, se precipitaron desde los palcos y plateas, logrando salir sanos y salvos. En una Gualeguay que aún no contaba con cuerpo de bomberos, las campanas de la iglesia San Antonio dieron la alarma. Los vecinos, así como empleados de la policía y la municipalidad, en un acto de desesperación formaron cadenas humanas con baldes de agua intentando frenar el avance del fuego, sobre todo a los edificios contiguos. En pocas horas, el Teatro Nacional quedó reducido a cenizas y recuerdos.
Desaparecía así el “único punto con que contábamos para reuniones o fiestas de cualquier índole”, así como representaciones de las compañías que lo frecuentaban, y otros usos. Y es que el teatro para aquellas incipientes ciudades tenía un valor simbólico muy importante, era status y progreso. La construcción de un teatro era la prueba de que una ciudad había “llegado” a la madurez civilizatoria. Se buscaba imitar los modelos europeos y la platea era un lugar de estricta jerarquía social.
Alicia Bernasconi relata que el Teatro Nacional de Gualeguay formaba parte de un circuito cultural donde las compañías europeas desembarcaban con la misma pompa que en Buenos Aires. El teatro era el lugar donde la sociedad gualeya se miraba a sí misma, un espacio de ostentación pero también de profunda aspiración intelectual. Su destrucción no solo fue una pérdida material, sino una herida en la identidad de una ciudad que se sentía vanguardia en el interior del país. En su investigación “Historia de dos ciudades. Los teatros de San Nicolás y Gualeguay”, la historiadora nos dice que estos teatros del litoral rioplatense no eran meros edificios, sino "templos de la civilización".
EL TEATRO HOY: DEL “PROGRESO” A LA “RESISTENCIA”
Existe una diferencia fundamental entre la importancia de aquellos teatros antiguos y la función de salas como Hache1 en la actualidad:
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En la Gualeguay contemporánea, el teatro es un espacio de encuentro democrático y expresión colectiva. Salas como Hacheuno, al igual que Liebre de Marzo, Teatro Italia y otros espacios culturales de la ciudad, ya no buscan replicar la opulencia de la Belle Époque, sino ofrecer un refugio para la experimentación, el teatro independiente y la formación de nuevos actores, espectadores y artistas. La función actual es la de “centro cultural vivo”, donde el arte es una herramienta de cohesión y reflexión crítica.
Encuentro que el espíritu de esta nueva sala resuena en las palabras que alguna vez describieron nuestra esencia, podría decirse que cada gualeyo es el paisaje que camina, que cada persona es la tierra y el río…
“De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!”
La relación de Gualeguay con su paisaje ha sido inmortalizada por una de sus plumas más célebres (Juan L. Ortiz). Sus versos nos definen como gualeyos, como alguien que lleva su entorno a cuestas, que en definitiva es lo que sucede cada vez que un actor sube a un escenario.
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Para cerrar decir, que con la inauguración de la sala Hache1 Gualeguay no solo gana un teatro, recupera un pedazo de su alma que creía perdido entre las cenizas del tiempo.Si el antiguo Teatro Nacional sucumbió ante la fragilidad de la madera y el celuloide, este nuevo proyecto se debe levantar sobre la solidez de la memoria colectiva, la resiliencia y la cultura. Las campanas de la iglesia ya no suenan para alertar sobre el fuego, sino para celebrar que, cien años después, el telón vuelve a subir. Hache1 es, en definitiva, la comunidad de Gualeguay ganando un nuevo motor cultural para sus generaciones futuras.
¡Muchos éxitos Johanna Buiatti y familia!